lunes, 28 de mayo de 2007

EL REGGAE: ORÍGENES DE UNA PASIÓN CARIBEÑA


Música de Jamaica. Del Caribe. De los ghettos londinenses. Es el canto del regreso al África, a las raíces perdidas. Aquí está su verdadera historia.

Por Freddy Russo

La palabra reggae parece provenir del término raggamufin, que significa desarrapados, desposeídos o simplemente, en lengua cafre, reggae. El grupo Los Maytals, con la canción “Do the Raggay” (Haz el Raggay) se adjudica la invención del nombre reggae. Pero más allá de la polémica etimológica, la evolución de la estructura musical del reggae comienza a plasmarse en los años 40, cuando la influencia de la música afroamericana se hizo sentir en Jamaica. El blues, el boggie woogie y, sobre todo, el rythm & blues, encontraron en el jamaiquino una identidad de ritmo, de sangre y de raza. Toda aquella música negra se escuchaba en radios, sitios públicos y emisoras sintonizadas en onda corta desde los estados del sur de Norteamérica. La primera fusión de esta música negra con la percusión jamaiquina y el mento o ritmo de calipso de Trinidad, fue el ska. Cantantes y músicos jóvenes como Don Drummond, Prince Buster, Owen Grey, Alton Ellis y Jimmy Cliff, provenientes de las barriadas pobres de Kingston, hicieron las primeras grabaciones basadas en composiciones de inspiración filosófica rastafari, cuyo mensaje contenía parte de la doctrina para la liberación de Marcus Garvey. (El término rastafari procede de Ras Tafari, nombre del ex emperador de Etiopía, Haile Selassie, antes de su coronación en 1930, y constituye un fenómeno político, musical y religioso a la vez, inspirado por Garvey, fundador de la Asociación Universal para el Mejoramiento de los Negros, UNIA, por sus siglas en inglés). El primer grupo en grabar fue “Los Skatalites”, liderado por el trombonista Don Drummond, conocido popularmente como “El Santo” –primer Mesías de la música de la isla y muerto en la cárcel por asesinar a su mujer-. El tema “Independence Ska” traía un ritmo invertido, lánguido y armonioso, muy afín con el momento político de Jamaica, que iba a proclamar su independencia de Inglaterra en 1962. En los años 60 el ska hizo vibrar la isla con el golpeteo lento y profundo del bajo. Era como un llamado de tambor africano para despertar a sus hermanos de raza a la rebelión. Pero fueron los ambiciosos empresarios Ken Khouri, Eddie Seaga, y especialmente Clement Dodd –que habían asumido el monopolio de la producción de discos-, quienes reclutaron a buscavidas, trapicheros, trovadores y fumones de los ghettos de Kingston, para formar numerosos conjuntos como los Dragoniers, los Hep Tones, los Burning Spear, los Blues Busters y muchos más, que empezaron a hacer una música suave, plácida y paradisíaca, sin estridencias ni lamentaciones, capaz de transportar al turista anglo-americano al mundo cálido, agradable y relajado del Caribe. Temas como “Desayuno en la cama”, “Tu amor es maravilloso” y “La isla del sol” de los Dragoniers, grabados en la “Onda Jamaicana”, fueron los primeros éxitos comerciales, complacientes y serviles. “Las Noches de los Campeones” (sitio nocturno de diversión para turistas) fue el centro magnético que reunía a una docena de grupos skatalitas. La gran estrella del ska fue el rastafari Jimmy Cliff, bajado de las colinas de la bahía de Montego. Cliff pasó su juventud deambulando por los hoteles de Kingston, hasta que un día tuvo suerte: encontró por casualidad un “padrino” que lo apoyó para grabar su primera canción triunfal, “Hurricane Hattie”, dejando atrás a sus competidores, como el cantante chino Leslie Kong, e incluso a su seguidor, el joven Bob Marley, que andaba buscando un estilo propio. Después de filmar su explosiva película autobiográfica “The Harder”, Cliff fue conocido en toda la isla por su fuerte denuncia contra empresarios blancos que oprimían y explotaban a cientos de músicos jóvenes. El tema “Caiga quien caiga”: “Me dicen que tengo un pastel en el cielo / esperándome cuando muera /. Pero entre el día que naces y mueres / ellos no parecen oír tus lamentos...” echó fuego contra la “Onda Jamaicana”, convirtiéndose en una especie de himno de los oprimidos, rastas y skatalitas. Esta canción desató una serie de prohibiciones, persecuciones y asesinatos, por lo que Jimmy Cliff tuvo que abandonar Jamaica en 1973, dejando una estela de sentimiento de rebelión, libertad y amor. Bob Marley y la fiebre del reggae Bob Marley, nacido en el pueblito de Saint Ann en fecha imprecisa del año 1945, fue hijo de un oficial del ejército británico que sólo vio al pequeño dos veces en su vida. Su madre, una mujer negra que cantaba en la playa con las olas, le entonaba canciones de cuna mientras le acariciaba las sortijas de su cabello lunar. De chico, Bob sintonizaba las emisoras de Nueva Orleáns y escuchaba a Brook Benton, Chuck Berry, Fats Domino, Elvis Presley y al pianista de jazz Nat King Cole. Pero quedó impresionado por los cantantes jamaiquinos Desmond Dekker y Jimmy Cliff, que influyeron decisivamente en él. El maestro Joe Higgs completó su formación, ayudándole incluso a arreglar y producir sus primeros discos. Fue después de escuchar a Ray Charles, y sobre todo a Los Drifters, que decidió conformar un grupo vocal más grande que el que tenía, integrado por dos coristas de ébano, Beverly y Cherry, acompañadas por el guitarrista Peter Tosh y los percusionistas Bubby Livinston y Junior Braithwaite. Ahora incluyó, además, a los hermanos Barrett, Carly en la batería y Aston en el bajo. Esto le dio una fuerza mágica. La fusión del ska con los “realets” o coro femenino –herencia del soul-, una guitarra de rock y el ritmo de calipso de la isla de Trinidad, resultó la amalgama perfecta que Bob Marley impuso como patrón para hacer buen reggae. Para los rastafari, en cambio, el reggae es la mezcla del dios Jah, el ghetto, el sufrimiento, la “hierba”, el destino común, la verdad y el ritmo. Los Wailing Wailers (“Los Chicos Duros del Quejido”) se convirtieron entonces en el mejor grupo vocal de Jamaica, sin subestimar a buenos competidores como los Toots & Maytals. A partir de aquella fusión, la fama de Bob Marley creció inmensamente a pesar de las diversas prisiones temporales que sufrió por adicción y posesión de droga. Por el año 1975, el semanario musical británico Melody Maker –de mayor venta en el mundo-, le dedicó la portada y un reportaje donde lo presentaban como una superestrella. Marley con los Wailers grabó más de doce volúmenes de larga duración, entre los cuales se destacan “Rasta Revolution” (1974), “Exodus” (1077) y “Uprising” (1980), considerados clásicos dentro de la música reggae y pop en general. Marley nunca desligó su música de la política de su país y de su raza. Temas como “Yo disparé al sheriff”, “África Unida”, “Natty Dread” y “Comeciante de esclavos” revelan un pensamiento rastafari y contestatario en contra de la política racista de los blancos gobernantes de su isla. Marley decía: “Nunca dejes que un político te haga un favor. Lo que ellos quieren es tenerte controlado”. Su adhesión a la causa independentista de –en aquel entonces- la nueva nación africana de Zimbabwe, fue muy notable cuando apareció en un concierto en vivo para celebrar el nacimiento de esa nueva república. Los numerosos festivales, viajes y conciertos en Londres, Oslo, Bruselas, Boston, Estocolmo, Paris, Nueva York y otras ciudades del mundo, fueron minando sus fuerzas. Un cáncer incurable afectó definitivamente su salud. Después de un concierto en el Madison Square Garden de Nueva York, Bob sufrió un fulminante colapso y urgentemente fue internado en un hospital. Dos meses más tarde, el 11 de mayo de 1981, ese cafre con luz de estrella polar que había nacido en un lupanar de Jamaica, moría dejando un ritmo vivo, excitante y sensual. En el funeral de Bob, la música de un piano, un saxo y un coro de corazones femeninos desnudaban el alma de cuanto negro había venido a despedirle, a darle las gracias por haberles ayudado a padecer la vida con ritmo.

Anaïs y yo (una historia de amor)


Por Solange Rodríguez

Conocí a Anaïs en febrero del 2001 cuando entré a “Snaf”, una librería situada en la gran vía de Zaragoza y la vi quieta, frente a mí, menuda, pretenciosa, terriblemente estética. Confieso que buscaba literatura erótica para calmar los recientes tiempos austeros de sensaciones, usando la imaginación. Hacía frío, tenía hambre, estaba sola; me pasaba la tarde leyendo en cafés y cenando gaseosas de lata. En España todo era anormal y yo confiaba en la bondad de los desconocidos todos los días. De Anaïs me gustaron de inmediato su encendida boca menuda y su infantilidad, ella me sonrío desde la carátula del libro “Incesto” y el título terminó de despertar mi interés. La tomé a pesar de las tres mil quinientas pesetas que me costó. Esa noche también hubo gaseosa, pero fue acompañada. Exploré a Anaïs desde un discurso confesional y sobre la marcha me enteré que había comprado el tomo número tres de sus diarios íntimos; la escuché decirme cosas esenciales, hablar de conmociones que yo misma había experimentado alguna vez pero que no sabía si tenían nombre, ella también las reconocía como suyas y las describía con lirismo y pasión. Tenía, por ejemplo, esa encantadora erotomanía que la hacía imaginar como una mujer en perenne celo, en equilibrio entre la divinidad y la perdición. Anaïs me contaba, a través de apuntes fechados, de su relación con Henry Miller, de su matrimonio con un banquero sereno, de su veneración por el psiquiatra Otto Rank y de su curiosidad por el cuerpo de June, la esposa de Miller. Ficcionalizó su entorno… Al leerla, al volverse de palabras, me pareció una mujer lúcida, crucificada y completa…bueno, sobrecogida como estaba, me enamoré. Empecé a llevarla conmigo a todos lados, a cuanto cine, estación o tasca entraba, Anaïs iba de mi brazo; me quedaba hasta la madrugada conociéndola, recorriendo las líneas más emocionantes de su vida, criticándola duramente y después, perdonando su cursilería, justificándola debido a su excesiva feminidad, mi feminidad. Ella, como toda mujer que se sabe digna de atención, estuvo a punto de arruinarme. Mi escasa vida social se deterioró porque yo prefería quedarme en el piso con ella, convertida en su cómplice de aventuras y como con ese gesto aún no la convencía de mi fidelidad, tuve que ir hasta “Snaf”, otra vez, para comprar un segundo tomo del diario que me costó tanto que consideré la posibilidad de mudarme a un sitio más económico. Como respuesta a su estimulación sensitiva empecé a escribir cartas a amigos lejanos. Anaïs me hizo fluir (ella diría que fluyó la miel) y luego de las sesiones íntimas yo me sentía etérea, leve, atemporal y eso era lo que transmitía a mis receptores. Estaba loca de felicidad porque era como tener un rostro ajeno y al fin haber encontrado un espejo. Ella me abandonó en la estación de Barajas, en el trasbordo entre Zaragoza y Madrid. Me quedé dormida con su libro en el regazo y este cayó al suelo sin darme cuenta. Así nos separamos, era la primera vez que lloraba en mi vida por haber perdido una lectura y la primera vez que me arrastré entre hileras de asientos en la madrugada, buscando algo. Anaïs, providencial y perversa, se había ido. Hice sola el trayecto hasta mi ciudad, nostálgica y traicionada, pero luego la bienvenida, la realidad y otros textos emocionantes me dieron esperanza, pero está de más decir que nunca la olvidé. Tiempo después conseguí otra vez el libro en Guayaquil, amigos que conocieron de mi afición me hicieron llegar partes de su obra, pequeños cuentos, libros menores, malos chismes y ella y yo nos reencontramos sin entusiasmo. Nuestra historia ya había superado las mejores épocas y solo quedaba recordar. La tengo a la mano, a veces, en noches igual de secas y solitarias. La tomo e intento emocionarme como antes con sus palabras dramáticas y dolorosas. A veces lo logro y busco mi diario: quejoso, romántico, insignificante e intento explicarme a mí misma que la vida muchas veces es la mejor literatura. Para Anaïs, la bien amada, estas palabras por los cien años de su nacimiento de alguien quien está aprendiendo aún como ser mujer.

miércoles, 23 de mayo de 2007

El hombre con atributos



Por Leonardo Valencia

Un verano, en un pueblo de la Toscana, el poeta polaco Adam Zagajewski escucha un concierto de cámara de una obra de Mozart. La interpretación es impecable pero los aplausos resultan apáticos y el poeta reacciona. ¿Por qué esa respuesta poco entusiasta del público por una pieza tocada con maestría? Esta pregunta sencilla es el detonante del cuestionamiento que Zagajewski trata de responder en su recopilación de ensayos estratégicamente articulados bajo el título En defensa del fervor (El Acantilado, 2005). Conocíamos ya su prosa sugerente en el ensayo, En la belleza ajena (Pre-textos, 2003). En aquel libro el placer de su lectura estaba dispuesto como un recorrido sinuoso por la percepción del poeta en fragmentos dispersos a modo de un diario sin cronología, no menos reveladores, y en esta “defensa del fervor” Zagajewski apunta a un cometido argumental donde reflexión y semblanzas se combinan para tratar de responder a una dicotomía que el siglo XXI no resuelve: la necesidad de mirar lo concreto, la desconfianza frente a los grandes relatos, el abuso de la ironía, y la noción de pérdida espiritual, de urgencia por una dimensión profunda paralela a una elevación del lenguaje literario. El nexo entre estos dos polos lo recorre Zagajewski a partir de la poesía y la condición de lo sublime desde su educación sentimental bajo los desaparecidos regímenes totalitarios de Europa del Este.
Es importante notar que Zagajewski insista en los recorridos sinuosos: señala de entrada los ámbitos en los que ha vivido (Liov, Cracovia, París y Estados Unidos). En este sentido, forma parte de aquel grupo humano que Todorov denominó el hombre desplazado, título de uno de sus ensayos más personales sobre la constitución espiritual de un hombre exiliado que ya no puede volver. Precisamente Todorov citaba en El hombre desplazado a Kasimierz Brandys, otro escritor polaco residente en París, que planteaba el dilema político entre los escritores del Este y los de Occidente: “La opresión te vuelve loco, pero la libertad te vuelve idiota”. Zagajewski es más sutil y su defensa del fervor recurre a términos menos políticos, aunque sí históricos, con un alcance espiritual mayor y con una diferencia: vuelve insistentemente a Polonia y su tradición con la mirada de alguien que supera las discusiones internas con la serenidad de una distancia rigurosa y, al mismo tiempo, cálida y cercana. Una cierta pulsión clásica hay en el poeta aunque sin olvidar su paso por una serie de infiernos históricos y de periferia que elegantemente disimula y que son los que le permiten la síntesis de su perspectiva comparada.
De hecho, este ensayo tiene la ventaja de revisar una literatura rica en intercambios culturales como la polaca, y en sus tensos dilemas que importan tanto hoy: la asunción o decantación de las tradiciones en un mundo globalizado que se configura sin centro estable. Zagajewski no es un neoconservador ni un nostálgico, sino que busca la sintesís de un nuevo reto poético, de allí que su mirada plantea si es posible superar el escepticismo contemporáneo, sus necesarias pero demasiado fáciles ironías, y recuperar una dimensión más intensa y auténtica, la necesidad del enigma, pero cuidándose de no incurrir en la grandilocuencia y los riesgos patéticos y simplificadores de las tendencias reaccionarias o la ingenuidad lírica.
“Cada época tiene su dicción”, señala Zagajewski, y en cuanto poeta observa qué dicción tiene la poesía en un mundo que tiende a uniformizar la cultura y el lenguaje. Su particular defensa de la poesía retoma el título provocador del artículo de Gombrowicz, “Contra los poetas”, y habla a su vez “Contra la poesía”. Pero no sólo contra ella, o mejor dicho, contra los lirismos azucarados de una poesía sin resonancias mayores, entregada a la fatuidad, sino contra la ligereza postmoderna, la banalidad sin memoria y la comodidad de réditos inmediatos por seguir las corrientes de época superficiales sin ningún discernimiento, y sobre todo sin espíritu de disidencia y sin un registro de humor con mayor calado. El suave poeta termina siendo enérgico y en su reproche, aunque esté específicamente dirigido a cierta poesía, no deja de entreverse una alusión a otras expresiones: “Sólo me enoja la poesía pequeña y pusilánime, obtusa y rastrera, una poesía que escucha servilmente lo que le sopla el espíritu de la época, aquel burócrata desidioso que revolotea a ras de tierra envuelto en una nube sucia de ilusiones”.
Señalo que no sólo se refiere a la poesía porque también son otras las figuras que aborda. Su ensayo sobre Cioran lo títula “La poesía y la duda”, y los novelistas que trata, además de Gombrowicz, incluyen al irónico humanista Thomas Mann, a Jünger y Dostoievski. Es de Thomas Mann de quien retoma el duelo intelectual entre Settembrini y Naphta en La montaña mágica, esta novela que reta el confort de la legibilidad contemporánea pero que no abandona nuestros problemas fundamentales. Al parecer seguimos siendo una especie de Hans Castorp que, tantos años después de haber abandonado el sanatorio de Davos y luego de atravesar la Segunda Guerra Mundial, ha optado por dar mayor ránking de audiencia a los Settembrini de las columnas de los periódicos de gran tirada y las entrevistas de televisión, pero que sigue necesitando a los Naphta de revistas marginales que sacuden con visiones realmente incorrectas, cargadas de una dimensión espiritual demoníaca. Es justamente esa perspectiva de superar el amarillismo, y su inmediato envejecimiento, lo que Zagajewski traslada del enfoque poético a la reflexión sobre nuestra época. No es gratuito que el adjetivo “amarillismo” implique sensacionalismo, éxito fácil y rápida decadencia otoñal. El poeta advierte que la banalidad chistosa, efectista o calculadora se teñirá de un envejecimiento rápido, y que, como la poesía, que decanta lo esencial frente a lo secundario y fungible, la reflexión en torno al fervor y lo sublime no debe desaparecer porque es parte de nuestra naturaleza dual.
La respuesta de Zagajewski no es rotunda, ni mucho menos, es más bien tensa, plagada de dudas, pero quizá en esa duda es donde encuentra una oportunidad que no quiere dejar escapar. Así revisa de manera provocativa la figura de Nietzsche –el más atrevido de los filósofos del estilo y el más manipulado- y la de tres artistas y poetas polacos: Czpaski, Zbigniew Herbert y Czeslaw Milosz. En todos ellos encuentra que convive una dualidad: una dimensión humana muy concreta –como en la descripción de Czpaski repartiendo por París los pequeños encargos de sus amigos y cultivando su capacidad de admiración - y una necesidad de misticismo, de un misterio ocasional que lo lleva a revisar de nuevo los conceptos de inspiración y de estilo sublime.
Infiltrado en Occidente, y con una experiencia vital donde el contraste de épocas, regímenes y lenguas permiten una posible convicción que no se diluya en una monotonía nihilista “a la Houellebecq”, Zagajewski forma parte de una última generación de escritores de Europa del Este que funcionan como alarmas de sensatez pero también como puentes de flujo constante que rehuyen la rendición espiritual de Occidente. Esta ductilidad mental y su plasticidad admirable –no puedo menos que celebrar la precisión de la prosa de Zagajewski, por sí sola un argumento- son reservas necesarias y provocadoras para asumir con equilibrio el bombardeo de discursos políticos y culturales polarizados y autodeclarados triunfantes. Hay atributos que a lo mejor no sabemos o no queremos reconocer y a los que no damos nuestro voto de confianza. Suena moderno ser un hombre sin atributos y sin convicción, pero el show retórico dura sólo quince minutos y necesitamos de concreciones menos efectistas y, por qué no, diferir los fáciles placeres y los chisporroteos de un lenguaje devaluado y funcional. Ni escéptico ni apasionado, Zagajewski pone en jaque los emblemáticos versos de Yeats cuando éste decía que los mejores carecen de convicción mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad. En defensa del fervor rescata las convicciones de la crítica histórica y la sensibilidad y nos alerta para no abandonar a lo pueril el territorio del lenguaje y las pasiones.

Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969). Es autor del libro de cuentos La luna nómada (1995) y de las novelas El desterrado (2000) y El libro flotante de Caytran Dölphin (2006).

ROY SIGUENZA O EL CANTO AL DESEO


(Portovelo, El Oro, 1958) Ha publicado los poemarios: Cabeza quemada, Tabla de mareas, Ocúpate de la noche y La hierba del cielo. Es uno de los poetas ecuatorianos más importantes de las últimas décadas. Más allá de que asume como pocos su identidad sexual; su poesía es un canto al deseo, al cuerpo, al silencio, a la ternura y a la desolación. Su poesía está llena de imágenes y de sensaciones simplemente inolvidables.


PIRATERÍA


Iré, qué importa.
Caballo sea la
noche.


EN EL HOTEL

I

Una cama es todo lo que hay aquí
sobre ella innumerables cuerpos se recuerdan

II

“Está prohibido escribir en las paredes”
señalaba un edicto en la pared del cuarto,
“todo lo demás está permitido”,
le agregamos él y yo, riéndonos

III

Alguien estuvo antes de mí
en este cuarto
solo
y supo
que alguien estuvo antes de él
en este cuarto

solo

FELICIDAD

Bebimos cerveza
de a poquito
(tomémosla como si fuera vino,
te propuse)
tú dijiste que la bosta de vaca
elevaba
(la fumamos)

estaba claro que los dos buscábamos
abandonar este mundo.

MARES DEL SUR

Para L. David

Las estrellas perdidas que viajan en los barcos,
son para ti.

Las Jibias hechas de nada o de lenguas quemadas,
son para ti.

Las piras de sal que arden al viento en noches
de naufragio,
son para ti.

El frágil cuerpo de un bañista envenenado por la espuma,
es para ti,

muchacho que las aguas pronuncian una y otra vez.

martes, 22 de mayo de 2007

Literatura y arte al quirófano



Augusto Rodríguez
Director-editor del quirófano

Releyendo un artículo publicado en el año 2004 por el diario EL UNIVERSO sobre las vidas intermitentes de las revistas culturales, me encontré de golpe una vez más con la gran problemática y triste realidad sobre el tema de las revistas literarias. Y sí, muchas nacen con grandes augurios pero de a poco fallecen de muerte lenta. La gran mayoría llegan al número 5 y de ahí no pasan. Cito un párrafo de este artículo donde se intenta dar varias definiciones sobre lo que es una revista cultural, y dice así: “Es un segunda vista de un acontecimiento; es un examen crítico de una creación; es una puesta en posición de los hechos, casi militar, para que alguien los examine; es un espectáculo, solamente que no está compuesto de distintos cuadros o escenas sueltas, sino de distintos artículos autónomos”.

En la actualidad hay pocas revistas culturales en el país. Sigue saliendo cuando pueden las revistas El Búho, País Secreto, Anaconda, Eskeletra (está por volver a salir), pero es triste constatar que todas estas revistas se financian y salen en la ciudad de Quito. Por desgracia en Guayaquil ninguna de este tipo. La única revista que cumple la función de dar espacio al arte, la literatura, el cine, la poesía, la música es la revista Podium (que dirige muy acertadamente el crítico, escritor e intelectual ecuatoriano Carlos Calderón Chico) pero es ante todo una revista académica que tiene también otras prioridades, necesidades y tiempo. Llevado por esa necesidad (llamémoslo capricho y voluntad) es que acaba de nacer El quirófano (revista sobre arte y literatura) que intenta condensar el pensamiento de los creadores guayaquileños y ecuatorianos tanto los que viven en el país o como los que viven en el extranjero. Y para eso he reunido un grupo de escritores para que me acompañen en esta iniciativa, y por supuesto me asesoren y sobre todo colaboren como lo son: Leonardo Valencia, Solange Rodríguez, Fernando Cazón Vera, Rafael Díaz Icaza, Miguel Antonio Chávez, Ramiro Oviedo, Carmen Váscones, Diego Cazar, Fernando Nieto Cadena, Fernando Itúrburu, Edwin Madrid, Aleyda Quevedo, Xavier Oquendo, Iván Oñate y Alex Tupiza. Todos ellos, como muchos sabrán, son destacados escritores del país.

Muchos se preguntarán por qué se llama el quirófano esta revista, las interpretaciones pueden ser varias pero yo sólo les puedo decir que si no leemos, no incentivamos nuestro espíritu, no desarrollamos un pensamiento crítico o no cuestionamos el mundo que vivimos, estamos en posibilidad de caer en estado de descomposición y de simplemente morirnos. Por eso es hora de que agarremos el bisturí y tratemos de revivir al enfermo que está en estado de emergencia o en terapia intensiva. Porque sino el enfermo se nos morirá y nosotros sólo seremos aves de rapiñas de este país, de su arte, de su gente y su cultura que se está dividiendo y fragmentado en una forma muy peligrosa y no sé cual puede ser el desenlace final, pero me temo que no será nada digno de admirar.