lunes, 30 de julio de 2007

Borges: el impostor inverosímil


Por Iván Oñate


Hace muchos años, entre asombrado y feliz, leí una referencia sobre Borges que con el paso del tiempo empezó a ser abominable. Se trataba de aquella anécdota donde Georgie, a la edad de nueve años, traduce el Príncipe Feliz de Oscar Wilde y lo difunden las páginas dominicales de un periódico de Buenos Aires. Esa misma tarde, la plana mayor de la intelectualidad porteña, periódico en mano y cálidas felicitaciones en el pecho, se enrumba hacia Serrano 2135, la casa de los Borges en Palermo. Lo singular del caso, es que todos los visitantes estaban convencidos de que el traductor era el padre: el señor Jorge Guillermo Borges, y de ninguna manera ese niño de flequillo y pantalones cortos que, en ese mismo momento, jugaba con su hermana Norah a dibujar tigres en un cuaderno. Desde entonces, desde la lectura de aquel equívoco, siempre imaginé el ruborizado esfuerzo del señor Borges por despejar la confusión; por ver desvanecida la piadosa incredulidad en las caras de los amigos y parientes. Lo imaginé, repitiendo una y otra vez que el traductor era su hijo, hasta que por fin (extenuado de tanta explicación), se encierra en un preocupado silencio. Silencio que, en su soledad central, equivalía a aceptar que era el traductor de Wilde. Sospecho que en ese momento, ignorante todavía, el señor Jorge Guillermo Borges se acogía a uno de los postulados fundamentales que en el futuro sostendría su hijo: en el eterno retorno de los tiempos, todo humano terminará siendo todos y, por lo mismo, él también terminaría traduciendo a Wilde.

Sobra decir que en los despreocupados e insolentes años de la juventud, era de rigor genético estar parcializado con este crío de traje marinero y ojos melancólicos como lo muestran los daguerrotipos de la época. No obstante, el tiempo se ha encargado de hacernos aceptar (a mí, como a tantos otros convertidos en padres), que nuestro verdadero destino estaba muy lejos de parecerse al de este niño prodigio; pero sí (y por eso abominable) al del obligado impostor: el otro Borges.

Más allá del fervor inicial y del desaliento posterior que produce esta anécdota, creo encontrar en ella el origen de uno de los juegos más ingeniosos que Borges supo llevar hasta los lindes más insospechados de su arte. En adelante, se obstinará en desaparecer; en ocultar su presencia tras nombres apócrifos o, más sutil y familiar, en inventar otro Borges. "Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica". Efectivamente, desde sus años iniciales, todo lo que Borges toque, todo lo que trabajosamente mire o escuche, se transformará en literatura. En la inquisición de una sospechosa (por no decir afrentosa) realidad, que cede su lugar y substancia al imperio del lenguaje. Lenguaje, con el que supo forjarse un mundo y una mitología muy personal: un absoluto solamente limitado por la verosimilitud de su estética.

Ciertamente, por el prestigio y dones que Borges otorga a la palabra sobre la realidad, se le ha reprochado convertir la filosofía, la ciencia y la religión, en puro artificio verbal: en geometrías del estilo. Es célebre aquel párrafo, donde se lamenta de no haber incluído en una de sus antologías fantásticas a los nombres más severos de la filosofía; de haber omitido a "los insospechados y mayores maestros del género: Parménides, Platón, Juan Escoto Erígena, Alberto Magno, Spinoza, Leibnitz, Kant, Francis Bradley". Así mismo (por su desmesurado afán de síntesis, de despachar el fragor de una batalla o el destino de un hombre con la sola intervención de un adjetivo), se le ha acusado de su falta de pasión, de nervio y sangre en su escritura. Se le ha reclamado de no exorcizar sus demonios; de carecer las virtudes y la altura de un maldito que se sabe condenado a la nada. Presumo que no es así. Lo que pasa es que Borges sabía demasiado. Tanto, que no podía abandonarse a las angustias de la nada. ¿Siendo sabio, se puede ser maldito? ¿Se puede, con afectada desesperación, descender hasta los abismos del remordimiento y esconder la cara en el barro de la culpa? Imposible. De ahí, su escepticismo. La sosegada convicción de que era indigno tanto de la Gloria como del Infierno.

Indignidad y escepticismo que, sin lugar a dudas, nacen de su particular concepción del tiempo. Mejor dicho, de sus refutaciones al tiempo. Para este hombre; para este Homero moderno que con su ciego bastón solía recorrer las calles de Buenos Aires, el pasado y el futuro no existen; tal vez el ilusorio presente. Entonces, ¿hay cabida para los tiempos del maldito: la esperanza y el remordimiento?

Por otra parte, esta negación del tiempo (que Aristóteles lo concebía como subalterno del movimiento), va a marcar y definir su estética. Como poeta que es, Borges busca la síntesis. Sus argumentos y personajes no se fatigan con los ripios de la novelística. No se esfuerza en decorar recámaras, o en las supercherías de la acción y el psicologismo. Intemporales, los conflictos borgeanos conocen una sola dimensión: la del presente. Duración instantánea pero ilimitada que abarca todas las edades; todos los atributos, y todas las carencias.

"Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca

Aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach".

Hasta no hace mucho, yo no lograba explicarme el por qué me era difícil recordar con precisión los argumentos de sus cuentos. De tantas relecturas, sólo me quedaba el vago resplandor de una lucha arquetípica. Al leer la difundida crítica de Sábato (Sobre los dos Borges), he creído encontrar la respuesta: "Al convertirse en pura geometría, el cuento ingresa en el reino de la eternidad. Y cuando lo leemos, ese museo de formas perpetuas asume un simulacro de tiempo, prestado por nosotros mismos, los lectores; y en el momento que la lectura termina, las sombras de la eternidad vuelven a posarse sobre criminales y policías".

Es de suponer que debido a ese préstamo, las relecturas de Borges siempre suscitan interpretaciones disímiles y hasta divergentes. Constataciones abominables o fervores por siempre perplejos. Todo dependerá de la altivez o humillación de nuestra circunstancia. Quizás por eso, en los años de juventud, era fácil suponer que con mucho empeño y algo de suerte, algún día llegaríamos a igualar una de sus páginas. No ha ocurrido así. Cada relectura, pareciera estar hecha para la enumeración de nuestras imposibilidades y torpezas. Sin embargo, en este borrador incesante que es la existencia, todavía cabe una esperanza. Algún día podremos escribir todas las obras, viviremos todos los amores y conoceremos todos los destinos. A condición, claro está, de cumplir un modesto requisito señalado por el mismo Borges: ser inmortales.

jueves, 26 de julio de 2007

Versos de un joven poeta mexicano


Víctor Argüelles Ángeles (Tuxpan, Veracruz, México, 1973) Poeta y Artista plástico con Licenciatura en Artes Plásticas por la Universidad Veracruzana. Ha publicado su obra poética en varios medios impresos de México. Como artista plástico ha participado en varias exposiciones individuales y colectivas. Actualmente colabora en el espacio cultural “El taller” Arte y galería (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas) como instructor de dibujo de figura humana y promotor cultural y en el periódico cultural “La manzana” de Guadalajara, Jalisco, México.

SELVA VIENTRE

Ojos al revés, ellos te ven tendida al horizonte de una sábana

te cubren con los dedos, escarban tu herida de musgos ebrios

hilaza rubia, selva acalorada que habita en tu vientre.

LANZAS

Sobre los hombros ha descendido la tarde

las tintas de color sepia son regadas en el cielo

traspasan a los árboles esas lanzas de luz.

SIN ALAS

Desnudo

cubierto por un pequeñísimo

resto de sombra

atravieso la ráfaga de sueños

desnudo

me detengo

sospecho que algo falta para seguir midiendo el aire.

INTERIOR DEL POEMA

Rumor del día que se dice con sombras

las viejas nubes se alborotan

mudan su blancura a ese traje gris

que colgó en días anteriores.

Se oye pasear a los gatos

un árbol de algodones camina solo,

exhibe sus colores.

Hurgo en mi interior,

una red de palabras

atrapa el nuevo pensamiento,

me dirijo a la humedad de saliva

de su boca

limpio su piel de escamas.

abajo reconozco un poco de mi.

TE LLAMO

Te llamo, te busco, un grito delgado, maullido de gato

en el silencio se atora,

una palabra que no maduró

se cae de mi boca,

nadie la agarra y se quiebra en el aire.

Te llamo, te busco, pero tantas calles se oponen

a que tu escuches mi nombre.

lunes, 23 de julio de 2007

ENTREVISTA A JULIO ESPINOSA GUERRA*


Por Augusto Rodríguez

Julio Espinosa Guerra (Santiago de Chile, 1974) es un incansable poeta, narrador y editor de la revista Heterogénea. Vive desde el año 2001 en Madrid, España. Esta breve entrevista pretende conocer un poco más al hombre, al poeta, al creador; sobre todo conocer sus visiones como escritor sudamericano, pero que vive insertado en otra vorágine, tal vez más desafiante y enriquecedora como lo es vivir en Europa.

Julio, vamos al principio, cuéntame: ¿cómo nace el amor a la poesía? ¿Cuál es el rol del poeta en la sociedad?

Amor a la poesía, amor a la poesía... Lo leo y, Augusto, no me convenzo. Yo no tengo idea si amo a la poesía. Lo que tengo claro es que me permite decir cosas que de otra manera serían imposible, cosas que, al verbalizarlas, me traerían problemas o el calificativo de “loco”. Algunas veces aborrezco lo que resulta en el papel y otras, me trae de cabeza, pero esa mirada romanticona del poeta amando a la poesía no la tengo, en absoluto.

En cuanto al rol del poeta en la sociedad, ninguno. El poeta puede servir de florero en reuniones de la alta sociedad, o en el cartel de algún colegio privado, de alguna universidad privada. Pero el poeta no sirve para nada. Acaso, como medio para la subsistencia de la poesía. Porque si algo puede llegar a tener interés algún día es la poesía, ese algo que se dice tartamudeando y casi siempre sin certeza. Pero el poeta, el poeta es o debería ser un cero a la izquierda, perderse entre las páginas de sus propios libros, no ser más que las letras de su biobibliografía en la solapa.

Sé que vives en España desde el 2001, ¿por qué te fuiste de tu país? ¿Qué pasaba allí en ese entonces? ¿Qué cosas positivas y negativas ha traído para ti vivir en España y sobre todo para tu creación poética?

No tengo muy claro por qué salí de mi país. Será porque desde niño escuché hablar de la Revolución Francesa y de algo que mi padre llamaba “Cultura”, así, con mayúscula, y que al final no existía o era el grafitti hecho por unos muchachos sobre el metro de Madrid. También fue por un poco de asco al panorama poético de mi país, donde, evidentemente, no tenía ninguna cabida. Quizá sucedía lo mismo que ahora: becas manipuladas, amiguismos, los mismos apareciendo y volviendo a aparecer en los diarios, un mercado editorial enano e impenetrable y un gallinero muy pequeño para tanto gallo de pelea. Es decir, me salí de un ambiente donde todos se estaban sacando la cresta, porque no me convencía andar compitiendo con nadie. En Chile, para que sepas, a todos los creadores se les ha metido en la cabeza que la teoría del libre mercado también es aplicable a la creación y, además, se creen los supermanes de la poesía mundial. Imagínate qué desfile de egos. Eso produce nauseas y arcadas. O por lo menos a mí me las produce. Por eso me fui. Me “piré”, como se dice en España.

En cuanto a las cosas positivas de España o, mejor dicho, de Madrid, es que aquí soy nadie y, de alguna manera, pude reinventarme. Indudablemente el llegar a conocer a Andrés Fisher, un poeta excelente de la generación post'87 chilena, pero totalmente desconocido en el país, me marcó. Su poesía es la más concreta del período, la más esencialista e indudablemente acercarme a esa mirada me permitió replantearme lo que yo entendía por poesía: fuera prosaísmo, fuera grandilocuencia, fuera palabra de puro empaque, tan reconocida últimamente por las Américas. Más vale decir lo justo y no pasarse. Madrid me ha enseñado eso y no creerme tanto el cuento del poeta y más el de la poesía. Aquí, al ser un desconocido, o eres humilde o tu ego termina por mandarte al psiquiátrico o al suicidio.

En una entrevista hablabas de una tal “guerrilla literaria” y de los “amiguismos”, ¿cuéntame un poco más sobre eso?

Mira, lo que yo manejo es ya antiguo y no vale la pena reabrir heridas. Ahora bien, es cosa de abrir la página www.letras.s5.com y mirar lo que pasa con las becas a la creación literaria que “da” el estado y te darás cuenta de lo que está sucediendo. Lo que pasa es que ahora la cosa es a lo bestia. Miro el asunto y me río, porque están reclamando una serie de señores y señoras (me refiero a los más viejos) que hicieron exactamente lo mismo cuando les tocó estar en el poder o en jurados de concursos. La cosa es bastante miserable, no porque los poetas lo sean ni porque lo hayan denunciado, que eso está bien, sino porque, si lees cada carta, casi todos reclaman que sus proyectos han sido los mejores, que ellos sí merecían el dinero y los otros no. Entonces se da la paradoja de la corrupción a nivel de estado (que es claramente cierta) y el esperpento del ego de los escritores, mostrándose en estado puro. No hay mesura. Esto, pero a nivel cotidiano, es a lo que yo me refería. Eso sí, si lo piensas fríamente es natural que así suceda: en un país tan chico y con tanto poeta, nunca habrá cabida para todos. La única manera de hacer poesía más o menos tranquilo, es arrimándose al poder (estado, universidad o prensa) o trabajando en el anonimato, como Ennio Moltedo. Pero si se elige esta última alternativa, ¿cómo sobrevivir?

¿Háblame de tu propio proceso a la hora de escribir poesía, a la hora de enfrentarte a la hoja en blanco?

La hoja en blanco es una patraña. No existe. La única hoja en blanco es, a veces, la mirada o la cabeza del creador. El mejor consejo es no sentarse a escribir a no ser que se tengan las ideas claras o, por lo menos, las imágenes claras. Eso de la musa que lleva la mano es una mentira grotesca y el que crea en ello, mejor que deje de escribir. No hay que darle muchas vueltas al asunto: no escribirás nada por arte de magia, así que ahórrate tiempo si no sabes a qué te vas a referir cuando te sientes frente al papel, sea del color que sea.

Una cosa positiva es pensar sobre aquello que se quiere escribir. Pero no escribir poemas en la cabeza, que eso es una pérdida de tiempo y palabras, sino reflexionar sobre lo que se quiere decir, hacerlo hasta el hartazgo. Llegará un momento en que tendrás madurada la poética que refleja el tema que te preocupa. Entonces será hora de sentarse y anotar, concretizando y dejando fuera las pajas mentales, las palabras abstractas y los lugares comunes, como esto de “la página en blanco”. Después la cosa es simple: quitar, quitar, quitar. Al final tendrás un puñado de palabras, que seguro no dice lo que querías decir, pero se le aproxima.

Has sido premiado con el IX Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz con tu libro NN, cuéntanos algo sobre este poemario

Uf, qué quieres que te diga. El proceso es el de arriba. La preocupación central está en que las palabras cotidianas no dicen ni de cerca todo lo que se puede decir y, además, el sistema social está lleno de tabúes y olvidos, premeditados o casuales. Por lo tanto, NN intenta llegar a eso que no está dicho. Es una poética de lo que existe, pero está innombrado. De allí a explicarlo más extensamente, creo que es desvirtuar el texto mismo. Ya sabes, el poema se sostiene solo o no se sostiene.

Has sido muy crítico con ciertos poetas jóvenes de España y de tu país natal. Sobre todo con el tema de los premios literarios: ¿Crees en los premios? ¿Qué opinas de ellos? ¿Crees que nos están viendo la cara a todos?

Mira, hay concursos y concursos. En España seguro que hay premios honestos, o ciertas ediciones de los que han sido más corruptos que pueden ser honestas. Lo malo es que pagan justos por pecadores (vaya lugarazo común, ¿no?) y entonces uno no sabe a qué atenerse.

Estoy seguro que nos están viendo la cara, pero el asunto es más profundo todavía. La pregunta es: ¿si estoy de jurado en un concurso y un amigo manda su libro, acaso no pelearé para que él se lleve el premio? Es bien difícil la respuesta, más todavía si el que mandó el libro y su amigo en el jurado creen que la obra o el poeta es bueno, digno de ser premiado. Claro, ese pre-juicio puede cegar a dicho jurado frente a una obra mejor que la de su amigo y alguien se verá afectado por un juicio injusto.

El problema no es que esto suceda una vez con un poeta aislado, sino que se repita o sea evidente la mala calidad de la obra premiada o haya una conjura desde el comienzo para apoyar una sola obra, haciendo la vista gorda frente al resto.

Por lo demás, los realmente corruptos no son los poetas que se llevan estos premios, sino que los jurados. Evidentemente que si yo soy fulanito de tal y me ofrecen un premio de seis mil euros, con edición en España, voy a decir, “Bueno, ya” y voy a regocijar a mi ego saliendo en la mayoría de los periódicos de mi país. Pero en él no hay corrupción, porque en el pedir y en el intentarlo, no hay engaño. En cambio, el jurado que no ha cumplido su labor y ha votado por su hijo, su hermano, su amigo del alma, su discípulo, ése, ése es el corrupto y es al que habría que juzgar más duramente.

Si tuvieras que dar un consejo a alguien que recién empieza a escribir y que desea escribir sobre todo poesía hoy en día, ¿qué le dirías?

No tengo ni idea. Seguramente la cosa es que lea, escriba y corrija... Y que se posicione frente a su obra y la de los demás. No valen mucho las obras de los poetas camaleones, las obras de esos que quieren estar bien con todo el mundo, con todas las poéticas.

¿Qué poetas son tus referentes y tus autores de cabecera?

Heinrich Böll, Albert Camus, Manuel Rojas, Rotko, Andrés Fisher, Benito del Pliego, Gonzalo Millán, Da Vinci, Virilio, el Paz ensayista, la Bauhaus, Bergman, Sharon Olds, Anne Carson, Brodsky, Esperanza López Parada, Gamoneda, Buñuel, la Nouvelle Vague, Víctor Erice, Montale, Jorge Oteiza, Matsuo Basho, Chillida, Chirico, Zurita y todo aquel que, da alguna manera, trabaje con el vacío.

¿Cómo ves la poesía chilena actual y la de este continente con respecto a España?

Las comparaciones son odiosas y lo sabes. Yo hace mucho no vivo en Chile y nunca he sido un viajero de las Américas. Por lo tanto, comparar no puedo ni debo. Algo tengo que decir con respecto a España y es que hay una serie de creadores que se conocen poco o nada en Latinoamérica y que son muy importantes. Los mejores poetas españoles no son los que lleva el Instituto Cervantes a Nueva York, ni tampoco los que se pasean por Casa de América. Los mejores están en la trastienda, como Chantal Maillard, Olvido García Valdés, Manuel Rico, Miguel Casado, Andrés Sánchez Robayna, Esperanza López Parada, Antonio Gamoneda, entre otros. Y además están los jóvenes, como Patricia Esteban, Sandra Santana, Julio Reija, Mariano Peyrou, Carlos Pardo, Josep M. Rodríguez, Miguel Ángel Gara, Luis Luna y algunos más que están haciendo cosas realmente interesantes y que por fin quiebran esa normalización del discurso poético impuesto por la Poesía de la Experiencia, que no es más que una nueva norma lingüística, un discurso ya agotado, que en su momento sirvió, pero ahora no es más que un cadaver tirado en la playa, repitiéndose una y otra vez a sí mismo, anquilosado a una serie de lugares comunes y visiones de mundo hace ya tiempo superados.

¿Sé que impulsas la revista Heterogénea, háblame de este proyecto? ¿Qué tan importante son estas revistas literarias impresas o virtuales hoy en día?

La verdad es que no sé si es importante o no. La hago porque hay una serie de poesía invisible por ahí y la finalidad es sacarla a la luz, siempre y cuando sea de calidad. Lo malo es que todo pasa por mi criterio y a veces uno puede ser muy descriteriado. Eso sí, ten por seguro que no pondré poemas de amigos por ser amigos, ni porque alguien me vaya a abrir las puertas de su universidad. La idea es hacer un camino paralelo a la oficialidad, a lo que “existe”, a lo que “se ve”. De alguna manera es una revista de trinchera, pero que sólo publica textos de autores con poéticas claras y que realmente son alternativas al discurso oficial.

En cuanto a la existencia de revistas, bueno, es una cosa incierta. El objetivo es que alguien las lea hoy o pasado mañana. Quizá algún ejemplar útil queda para dentro de diez años. Al fin de cuentas, la cosa es “hacer algo” y no dejar que los espacios los domine solamente el canon institucionalizado. Eso sería nuestra perdición.

Conozco tu novela El día que fue ayer. ¿Cuéntame sobre tu incursión en la narrativa? ¿Y en qué proyectos andas trabajando actualmente?

Llevo escribiendo narrativa tantos años como poesía, pero me ha sido menos satisfactoria. El día que fue ayer es del 97 y recién salió el 2006. A pesar de haber sido finalista del Herralde, el premio de Anagrama, no conseguí que me la sacaran en la península. Salió en Chile, en una editorial digna pero pequeña, que cada vez hace un mejor trabajo. Tengo una segunda, ya concluida, pero que está a punto de irse a la basura. Lo bueno del computador es que al no quedar restos de ella, no me avergonzaré en mi tumba si es que alguien desea “recuperarla”.

Ahora mismo estoy escribiendo una novela infantil y me pondré a trabajar en otra, ya para adultos, que toca el tema de la memoria y de vivir lo inesperado, pero desde un punto de vista totalmente cotidiano y, por lo tanto, casi intrascendente. Es trabajar lo mismo que en la poesía, pero en vez de detenerme en ciertos aspectos para profundizar, cuento cómo esos vacíos del decir y el ser configuran la cotidianidad del ser humano, su historia. Porque, si te das cuenta, la mayor parte del tiempo es puro vacío, vacío lleno de cosas y aparentemente sin nada substancial en medio. Yo creo que sí que hay algo que late dentro de ese vacío al que nadie le presta atención y sobre eso quiero hablar.

*Julio Espinosa Guerra (Santiago, Chile, 1974). Poeta y narrador, ha publicado los libros “Cuando la rosa aún no existía” (1996), “La soledad del encuentro” (1999), “Las metamorfosis de un animal sin paraíso” (Premio de Poesía “Villa de Leganés”, España, Editorial LF, 2004), “Antología: la poesía chilena del siglo XX” (Visor Editores, 2005) y “El día que fue ayer” (2006, novela). Además ha obtenido las becas de la Fundación Pablo Neruda (Santiago, 1998) y de creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile (Santiago, 2000). En la actualidad dicta diversos talleres de poesía y creación literaria para la Escuela de Escritores de Madrid y dirige la revista gratuita de poesía “Heterogénea”. Su nuevo libro de poemas: “NN”, donde lleva a cabo una reflexión sobre la relación entre palabra y realidad, acaba de ser galardonado con el IX Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz y será publicado en México. Desde el año 2001 reside en España.

jueves, 19 de julio de 2007

El lector sordo

Por Iván Égüez

Ahora se habla de comportamiento lector y no de hábito de lec­tu­ra porque los hábitos –cuando hacen al monje– son mecá­ni­cos, son actos reflejos más que reflexivos. Ese lector compul­sivo, cercano a la bibliomanía más que a la com­pren­sión lectora, es un lector apurado, no placentero. Alguien que lee sólo por enterarse de qué trata algo, o lee todo al pie de la letra es, al menos, un lector incom­pleto. Si carece de sensibilidad literaria siempre será un lector sordo, casi ciego y quasi mudo, porque no sabrá que la lite­ra­tura es una ma­nera de decir tres o cuatro cosas en una.

La lectura de la literatura nos permite mejorar la calidad de la lec­tura en general, es la madre de todas las lecturas por­que nos hace gozar de la lengua en todo su esplendor, pero, sobre todo, porque nos acerca a la signi­ficación del texto más allá del sentido lato de las palabras. Nos en­trena para la com­prensión ca­bal de cualquier otro texto en con­tra de la linealidad del len­guaje, del autori­taris­mo y el Po­der, pues, en el seno de esa ideología en acto, llamada lenguaje, es donde se libra una íntima batalla como repre­sen­tación de la vida escindida esquizo­fré­­ni­camente entre lo vertical, prag­má­ti­co, material y econó­mico por un lado, y lo intui­tivo, es­pon­táneo, impon­de­rable e in­tan­­gible, por otro.

En pos de ese ciudadano lector, activo, creativo, solidario, vamos a esta­ble­cer el ADN de su contrario, del que ejerce la lec­tura incompleta, apu­ra­da, sorda, al tiempo que rigurosa. Tan pedestre y rígida que, como todo rigor, tie­ne algo de rigor mortis:

En la lectura y en el amor es muy prác­tico.

Es un tragón de páginas, es decir de hojas. No le importa devo­rarlas hervidas o crudas, aliñadas o insípidas, frescas o guar­dadas. No las mastica. Las nece­sita para calmar su ansie­dad y su fama de lector percudido. ¿Qué es eso que ha oído por ahí acerca del lector tran­quilo, rumiante, placentero? A él le da igual un soufflé de maca­damias o esos alimentos que vienen en bolitas que parecen de chivo. De am­bos le interesa el nú­mero de calorias que engu­lle, lo cual, desde luego, no es lo mismo que el condumio. Odia el condumio de las pala­bras, las insinuaciones, las segundas intenciones. En la lectura y en el amor es muy prác­tico, siem­­pre le gusta ir al grano. De un brinco despacha el asunto.

Si es una novela sin diálogos y con muchas descripciones, prefiere un resumen de la obra. O alguien que le cuente el final. Si el argumento es la his­to­ria cronológica de los aconte­ci­mien­tos ¿por qué los escritores no la es­criben siempre cronoló­gica­mente y se ahorran el trabajo de tramar su desor­den? Con eso sólo consiguen confundir al lector.

Prefiere las novelas que en su pórtico llevan la adver­ten­cia de que los hechos sucedieron tal cual. O las que pro­claman: “Todo pa­recido es pura coinci­dencia”. Tambièn las que admiten que los nom­bres de los protagonistas han sido cam­biados por razones ob­vias. Pero a éstas las lee con beneficio de inventario, hasta que él pueda averiguar a quién se refiere el autor. Es que tiene una manía con “la verdad de los hechos” y con los libros en clave: cree que los acon­tecimientos verdaderos son los que salen en los periódicos. Es inca­paz de creer en otras verdades que no sean las que todos repiten y forman la sagrada opinion pública.

No le interesan las palabras sino los hechos.

Los hechos, no las especulaciones ni los detalles. Le da igual la cró­ni­ca roja de una anciana asesinada por joven pandillero que Cri­men y castigo, de Dostoyewski.

No, no le da igual, ¿para qué hablar del alma del victima­rio, de su conciencia, de su enfren­tamiento con Dios? Basta sa­ber cuántas puñaladas le asestó. Si huyó o no huyó, si fue a la cár­cel o no. Todo lo demás es superfluo. No le gustan las espe­cu­laciones ni los detalles que no sean el crimen mismo. No entiende que entre la crónica roja –que relata únicamente el hecho crimino­so– y el sórdido e invisible fermen­tarse de las causas y efectos debe haber algunas diferencias.

Lo que él no conoce, simplemente no existe.

Desde su maniqueísmo se confunde con lo que afirma John Barth en un libro que han puesto a su alcance: “La vio­la­ción, la tortura y el te­rror no son más que palabras, lo real son los detalles”. ¿Quién es John Barth? Él (con mayúscula) no ha oído hablar de él (con mi­nús­cula). Él –que lee todos los libros que caen en su mano, todos los titu­lares de los periódicos entre semana y todos los periódicos los domin­gos de cabo a rabo, las revistas, desde las de medicina pre pagada hasta las de mecá­nica popular, los libros de todas las casas de la cul­tura, to­dos los boletines de prensa ­y las reseñas de las edito­riales, las hojas dominicales de los centros comerciales o de las iglesias– no ha oído hablar de ese John Barth, aunque digan que es uno de los es­cri­tores nortea­mericanos más importantes de las últimas décadas. No le bus­ca en el internet porque ahí está todo el mundo, el que es y no es. Si él no lo conoce, simplemente no existe.

Es racionalista y se avergüenza de las emociones.

Es tal su insensibilidad literaria que es incapaz de aceptar las realida­des vir­tuales o imaginarias. No cree en el piso de vero­si­mili­tud en el que se sostiene cada historia. Se considera un hombre bien informado y ningún novelista puede pasarle gato por liebre. Si Reme­dios, la bella, levita, él suspende la lectura y se demuestra a sí mismo que es im­po­sible que un humano se eleve aunque sea con el pensa­miento. LQQD. Sería benigno si pensara que sólo la crónica merece ser leída al pie de la letra, pero lo malo es que cuando se pone a leer los desvaríos de los poetas o las divagaciones de un blog literario, también los lee al pie de la letra, los lee palabra por palabra, diccio­nario en mano y, por ello mismo, no los comprende. ¡Qué falta le hacen los cuadros si­nóp­ticos! Es que cuando se siente en la máxima vena de lec­tura, le da por la poe­sía; mas, para ella carece de oído, de cora­zón, de libido. Se malgasta la maestría ante unos oídos que permanecen sordos, sin percatarse que cada autor, cada texto, es una propuesta de vida, por tanto también de ritmo, de ese tempo molto vivace, o piu andante sostenuto, o allegro non troppo ma con brio, o allegretto e grazioso, presto, majestuoso.

Nietzche, en Pueblos y patrias, dice que los alemanes podrían definir al libro como algo imposible de bailar. «¡Y no digamos ya del alemán que lee libros! ¿De qué forma tan indo­lente, tan a desgana y tan mal los lee? ¡Qué pocos alemanes saben y se precian de saber que en toda buena frase hay un arte, un arte que trata de ser captado, al igual que una frase trata de ser entendida! Basta con no captar el ritmo de una frase, por ejemplo, para que dicha frase no se llegue a comprender. (…) El alemán no lee en voz alta, no lee para el oído, sino sólo con los ojos: lee con los oídos tapados. Los antiguos cuando leían se recitaban para sí mis­mos. En esa época las leyes del estilo escrito eran incluso las mismas que las del estilo oral, y ambas dependian, por una parte, del asom­broso de­sa­rrollo y refinamiento alcanzados por el sentido del oído y por la laringe, y, por otra, de la fuerza, resistencia y potencia de los pulmo­nes antiguos. Entendían que un período constituye, antes que nada, un todo fisiológico en el sentido de que queda contenido en una sola respiración.»

Para quien tiene un tercer oído, leer mal sig­nificaría una enorme tortura. Para quien tiene la oreja en el pecho como en el poema de Morábito, la vida es más vida:

dos orejas: una para oír a los vivos

otra para oír a los muertos

las dos abiertas día y noche

las dos cerradas a nuestros sueños

para oír el silencio no te tapes las orejas

oirás la sangre que corre por tus venas

para oír el silencio aguza los oídos

escúchalo una vez y no vuelvas a oìrlo

si te tapas la oreja izquierda oirás el infierno

si te tapas la derecha oirás… no te digo

había una tercera oreja pero no cabía en la cara

la ocultamos en el pecho y comenzó a latir

está rodeada de oscuridad

es la única oreja que el aire no engaña

es la oreja que nos salva de ser sordos

cuando allá arriba nos fallan las orejas

Para lo que sí tiene orejas es para los juicios que emiten esos lectores «infrecuen­tes» –los devotos de un reducido santoral literario fraguado no sólo en años de lectura, también en noches de insomnio y calendario lunar; los que no han dejado de releer un libro preferido; los que han logrado cotejar tra­duc­ciones; los que siempre leen desde el desafío o ubican lo que leen en el contexto res­pectivo– de ese modo se convierte en lector de oídas, quasi de señas, en repetidor de jui­cios ajenos. Por eso mismo los tras­mite fríos, con la frialdad de un ventrí­locuo, sin la pa­sión de quienes aventura­ron un relámpago bohemio –sagaz, burlón o lapi­dario– equivalente a todo un curso de crítica literaria.

Es fanático del estilo y del virtuosismo literario.

Otras veces está en vena de corrector de estilo. No se preocupa de entender lo que lee, pero es un cazador implacable. Pobre del autor que haya puesto un punto seguido en vez de un punto y coma. ¡A la carcel de papel!, pero si de él dependiera le enviara sólo a la cárcel y se ahorraría el papel. Se declara fanático del estilo y con eso desca­li­fica a casi toda la memoria literaria. Su equivalente en música sería fanático del estilo ¿de Beethoven, de Mozart, de Gershwin, de Schom­­berg, de esas cuatro escobas parlantes llamadas Beatles? No. Por aho­ra está de moda el rock barrial y la tecnocumbia. Su ruido no le permite escuchar hacia atrás. O hacia los lados, así éstos ocupen la expla­nada entera. Todo lo reduce a su gra­mática labial, tan parti­cu­lar como el tipo de lectura que ejerce. Si alguien le dice que es el sapo del gazapo, cree que es un elogio poético por lo bien que le suena. Es que de niño le hicieron aprender recita­ciones caco­fónicas y letras de him­nos provinciales.

En realidad no le importa el estilo porque el estilo es él. O el de él. A veces amanerado. Un estilo como el de Borges, direc­to, pre­ciso, con escasos adjetivos que cuan­do los usa sólo es para deslum­brarnos por su cruda pro­piedad, le parece seco y sin gracia. Si leyera Seda o Sin sangre, de Alessandro Baricco, le acusaría de tele­grafista. Otras veces, por el contrario, formado él en ese ahorro de palabras de los niños reprimidos, García Már­quez le parecerá no sólo des­len­gua­do sino un botarate de pala­bras, Car­pentier aburrido, incom­pren­si­ble. Confunde la prosa con el lenguaje. No repara en el ritmo ni en el tempo de cada quien. Por eso Nietzche se admiraba: «Esto es lo que pensé al ver cómo confundían entre sí a dos grandes maestros de la prosa; en el primero de ellos, las palabras van cayen­do gota a gota, lentas y frías, como si proce­dieran de la parte supe­rior de una húme­da cueva –narra sofocando su sonido y su eco–; el segundo maneja su lengua como una flexible espada, experimen­tando desde el brazo hasta los dedos de los pies el peligroso gozo de la vibrante hoja, su­ma­mente afilada, que ansía morder, silbar, cor­tar…»

¡Si sólo admitiera que el estilo no es virtuosismo literario sino el reflejo de la persona­lidad de cada quien, eso que debe mostrar que el escritor cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente!

No distingue entre autor y narrador y es moralista con las palabras.

Cree que los escritores han sopor­tado o gozado de todas las peri­pe­cias y hazañas que cuentan en sus novelas. Su incapa­cidad li­te­raria le impide imaginar que alguien viva de las mentiras que ima­gina. Para quien es tan apegado a la verdad de los hechos, resulta una falta de ética engañar al lector con falsos acontecimientos o in­trigas que no sean veraces. No sabe que el escritor se guía por la ver­dad de los sueños. Mejor no leerlos, prefiere oír noticias. O leer libros con men­saje y moraleja porque cree que la educación en valores es algo reci­tativo. ¿El valor es un valor? ¿Y la timidez? Se sonroja –de ira, no de timidez– cuando lee una pelea entre estibadores y el uno le dice al otro:

–!Hijueputa¡

Esto no puede darse a leer a adolescentes, dice.

Es mora­lista con las palabras, hubiera preferido que el car­gador le espetara al otro (o a él mismo, al fin y al cabo es un giro elegante):

–Vástago de hetaira.

Pero eso sería falsear la voz del personaje. Peor que si le saliera un gallo falsete a Pavaroti. Y en la novela la voz es la manera de ser del personaje, lo que le diferencia de los otros. Mas, cuando está malgenio o borracho, le dice en tono descome­dido a su mujer sapos y culebras delante de los niños. El tono es el horizonte de cada novela, de cada quien. No basta tener la historia, hay que encontrar el tono, Salta­montes.

Es soberbio pero se conforma con los cielos prometidos por el catecismo editorial de Paulo Coelho o con las ofertas sedantes de Cuautémoc Sánchez; es pobre pero a veces se siente un e-lector y vota por el hombre de las ha­rinas, el más rico del país. Es que prefiere libros de auto ayuda o de esa ciencia solterona llamada astrología, en vez de leer a Mafalda que dice: “Na­die amasa una fortuna sin hacer harina a los demás”.

Es datólogo, memorista.

A veces se aprende de memoria las solapas, las fechas de las prime­ras edicio­nes, los gustos de los autores, los países que visitaron, al­gu­na frase feliz o anécdota célebre. Para sus citas a veces pone en su boca frases del autor o en boca del autor frases de los personajes. Más que leer­los le gusta picotearlos, pisotear­los, lo importante es in­tervenir en alguna con­versación literaria y, mucho mejor, si se puede hablar mal del que está en la picota, en el descuere de la envidia. Es datólogo, memorista, no lector placentero. Es un cotilla ingenioso aun­­que recurrente. Como un presentador de artistas prepara frases inmortales, pero pasado el momento son cursis como las de todo ven­dedor. Quisiera que lo llamen bibliófilo o que le nombren miembro de alguna acade­mia, de cualquiera. Fuerte el aplauso.

Lee todo el tiempo pero no distingue entre el tiempo real y el tiempo literario.

Pasto de la publicidad por la lectura rápida (time is money), hace caso omiso de la puntuación. Su taquicardia lectora no repara en que el escritor a veces sueña en que esa coma es imprescindibe o que ningún hie­rro puede penetrar el corazón con tanta fuerza como un punto colocado en el sitio pre­ciso, al decir de Babel.

Prefiere lo vertiginoso, ¡el cólera lector!, pasar fugazmente por el texto pa­ra evitar que el texto pase por él. Si el autor es con­siderado y sabe que el lector tiene que acabar rápido el libro, debe cir­cuns­cri­birse a contarle acontecimientos rápidos, algo resumido, pa­la­­bre­ja que también signi­fica dos veces sumido, en la facilidad por ejem­plo. Lee todo el tiempo pero no distingue entre el tiem­po real y el tiempo literario, por eso no tolera que Michel Buttor se demore veinte páginas en describir cómo un perso­na­je baja por las escaleras que él, velocípedo viviente, se demoraría máximo diez segun­dos sin rodar. Y cinco rodando.

9) Busca certezas finales felices y se toma el poder en las tablas.

Odia la ambigüedad, la ironía, el humor, las frases que le hacen per­der tiempo porque le ponen a pensar. Él busca certezas, no dudas.

También es un panegirista de los happy end. Es natural que que­rramos que los dramas novelescos tengan un final feliz, en fin de cuentas es un goce indirecto que no sólo consolida a la literatura en el espesor humano de lo que ésta cuenta, sino en la humanidad que los lectores dotamos a esos personajes que nos retratan, al punto de ha­cer del libro un espejo de papel. Pero el asunto no es ese. ¿Busca fina­les felices porque se infecta de feli­cidad, del mismo modo que las feas cri­tican a las candidatas a Miss Universo o los po­bres censuran los gustos de los millonarios? No. Busca finales felices porque estos ya vienen envasados y él no tiene que prepararlos (confron­tar­los) en la mente. Ni en la vida. Con su conformismo bas­ta, con la felicidad prestada es suficiente. Por eso prefiere la palabra catarsis a la palabra distanciamiento (brechtiano), la pobrecita que se casa con un millona­rio o el revolucionario que se toma el poder en las tablas. La tra­gedia literaria no va con él. La del país tampoco.

¿Que le han dejado los libros?

Cuando en la calle o en el bar alguien le encuesta:

–¿Cómo se define usted, como un mal lector, un lector regu­lar, un buen lector o un muy buen lector, él contesta:

Como un lector excelente.

Ante la pregunta:

–¿Qué le han dejado los libros?, él se siente incriminado y, desde su labrado ego, responde lineal, instantáneo:

–Los libros no me han dejado. ¡A los libros los he dejado yo!


miércoles, 18 de julio de 2007

“Pirata viejo” de Santiago Páez


Por
Augusto Rodríguez


Prolífico novelista

La primera vez que escuché y supe sobre la existencia de este autor ecuatoriano fue a través de sus cuentos de ciencia ficción del libro Profundo en la galaxia, donde un muy animado y estimado profesor y posteriormente amigo llamado Erwin Buendía (+) -tal vez uno de sus mejores lectores- nos narraba en un curso especial sobre ciencia ficción ecuatoriana e internacional, las peripecias de estos relatos. Sobre sus alcances, sus búsquedas y aciertos, y como de algun modo u otro, Santiago Páez (Quito, 1958), era ya un autor de culto y de incesantes lecturas en pequeños grupos de lectores alrededor del país.

Desde ese entonces siempre tuve curiosidad por saber y por conocer un poco más sobre la literatura y la vida de este autor ecuatoriano tan enigmático. Ya al conocerlo posteriormente me doy cuenta que estamos a un gran escritor pero humilde y trabajador; un hombre sin poses, sin máscaras y sin “laureles” estúpidos, tan clásicos en nuestro país.

A Santiago Páez no le interesa ser patriarca de nada, ni dueño de fincas en la literatura, ni que lo vendan como producto de marketing, ni andar ganando premios de novelas que nunca se publicarán; hay que ser claro: a Santiago Páez sólo le interesa escribir buenas novelas, con personajes creíbles, con historias creíbles pero sobre todo con la imperiosidad necesidad de narrar y crear desde la imaginación más pura y profunda. Repito su gran territorio es la imaginación en la mejor literatura.

Pirata viejo es la última novela de este incansable y prolífico novelista, el más caudaloso de su generación. Ha publicado nueve novelas, un libro de cuentos y un relato infantil. Su obra se caracteriza por una búsqueda incesante en cuanto a temas e historias a la hora de escribir.

Ha creado narraciones de ciencia ficción, policiales, históricas y con esta obra (Pirata viejo) incursiona en el relato -novela corta- humorístico. Su tetralogía novelística Crónicas del Breve Reino, publicada el año pasado, ha sido considerada por la crítica ecuatoriana como el proyecto literario más ambicioso de los últimos tiempos en el Ecuador.

Entre sus obras destacadas encontramos por ejemplo: Profundo en la galaxia (1994, cuento), La reina mora (1997, novela), Condena Madre (2000, novela), Crónicas del Breve Reino (2006, novela).


El lobo viejo y la presa no tan ingenua


Conociendo de antemano la obra de Santiago Páez, podría decir que esta novela corta Pirata viejo es un nuevo reto que el autor se ha trazado en su propio trabajo y que ha salido muy bien librado. Pirata viejo es una divertida historia de un gigoló aristocrático y ya maduro (Félix Garzón y Polanco) que ha subsistido engañando a mujeres y sacándole las últimas monedas para su beneficio personal.

Pero se da cuenta que a estas alturas de su vida, y ya un poco anciano y viendo que el cuerpo no desea más batallas; piensa y siente que se la tiene que jugar al todo o nada y así se lanza al que sería su última gran empresa de seducción.

Por otro lado, encontramos a su presa (Lindsay) que es una mujer viuda, de gran contextura gruesa, amante del color fucsia y de los viajes, que sólo quiere olvidar a su difunto esposo, y a costas de su reciente herencia, desea con los ojos cerrados irse a la aventura de recorrer el país y tal vez echarse sus últimas canas al aire.

La historia se inicia con Félix Garzón y Polanco que vive en un pequeño cuarto en una pensión de mala muerte, sin dinero, condenado a la miseria y al abandono. Es un aristócrata venido a menos.

Sus últimas esperanzas son las cartas y los telegramas que publica en los diarios locales, con el sueño de que alguna viuda o millonaria lo saque de su pobreza, a cambio de un poco de compañía, amor y fidelidad. Y en este caso, al parecer la campana de la suerte sonó.

Una viuda le escribe un telegrama desde Ibarra diciéndole que la vaya a visitar para irse de viaje por el país. Garzón y Polanco con su único traje y con dos pastillas de Viagra en el bolsillo del pantalón, se enrumba a Ibarra, con la esperanza de encontrar en Lindsay la vía de escape para su bienestar personal, económico y sentimental.

Ella lo recibe de la mejor manera en su hogar y decide viajar con Garzón y Polanco como su chofer personal por la ciudad de Quito y posteriormente por muchos rincones y ciudades de nuestro Ecuador… (el resto queda a la imaginación de los lectores).

Sin duda, Pirata viejo es una novela que se lee de un sólo tirón, está narrada con una gran dosis de humor, de velocidad, pero sobre todo con una gran ternura. Estoy seguro que muchos lectores disfrutarán de esta historia, que repito está muy bien narrada, por personajes creíbles, entretenidos, cotidianos.

Y estoy seguro que el desenlace para muchos no será el típico final feliz, pues los invito a subirse a este carro que manejará Félix Garzón y Polanco en compañía de Lindsay por el Ecuador entero. Les prometo que no se dormirán en el camino, todo lo contrario, se reirán como muy pocas veces lo han hecho en sus vidas.

Para terminar esta breve reseña de Pirata viejo de Santiago Páez sólo quiero transcribir su Advertencia inicial:

“Los personajes imaginarios de esta novela existen, caminan nuestras calles, beben café en mesas cercanas a las que ocupamos en los restaurantes y suspiran en la oscuridad, tras nuestras butacas, en los cines. A veces, nos ven andar o beber café, y en ocasiones nos han escuchado suspirar en los cines. Ellos suponen que nosotros somos los personajes imaginarios”.

lunes, 16 de julio de 2007

“TODOS ALGUNA VEZ FUIMOS MESÍAS HORAS Y HORAS ENSAYANDO PALABRAS QUE SORPRENDERÍAN AL MUNDO”

Por Hernán Ortiz González,

Santiago de Chile

Durante la lectura de ISLA DESERTORES, primera obra publicada de Salvador Gaete, no puedo quedar ajeno a las complicidades que el texto propone. Valiéndose de imágenes superpuestas, el hablante es capaz de trasladarnos hacia instantes olvidados que se dejan caer con fuerza por medio de versos perfectamente limpios. Quizá ahí el mayor mérito de Gaete: reducir el lenguaje a la simplicidad y trabajar con la imaginación. Es una propuesta que no se arma de dificultades; no hay trabas para abordar las once creaciones que componen el libro. Se trata, entonces, de un poemario capaz de sorprendernos con palabras desprendidas de lo más íntimo, donde lo público y lo privado logran fundirse en un diálogo de sensibilidades compenetradas.

Escenas cargadas de erotismo conforman un panorama teñido de humor fantástico: Sueño con asistentes sociales/ me hacen visitas a la cama/ trepan por las sábanas como en una película de Drácula (…) juego que soy un niño durmiendo en el vientre de mi madre/ me acarician el cabello/ beba señor no se preocupe/ pero nosotras no queremos ser su madre/ dicen ellas mientras anotan mi vida en sus carpetas. El registro de lo que podría ser una fantasía es el recurso empleado por el poeta.

Un trabajo sencillamente conmovedor es “Yo crecí mirándote a los ojos”. Aquí, el hablante retrocede en el tiempo para enfrentar la epónima figura del padre; lo hace a través de diálogos fotográficos que crean conciencia e, inclusive, hieren. El protagonista del poema refuta, increpa, pero la experiencia y sabiduría terminan venciendo en un duelo lleno de amor y aceptación. El tema de la herencia de vida, como también la derrota de algunos ideales, son los que Gaete desarrolla con grandes resultados:

Yo crecí mirándote a los ojos/ primero tímidamente como se debe mirar a un padre/ luego desafiante/ como se debe amar a un padre/ en silencio se fue forjando el hierro esperando la reprimenda/ no señor, Ud. está equivocado/ cuántas veces ensayé esa respuesta/ sólo lograba mantener los ojos firmes (…) viéndome humillado por el silencio.

Si bien es cierto ISLA DESERTORES es un libro pequeño, de sólo 34 páginas (pertenece a la colección de bolsillo “Rieles”), su mensaje logra aportar a la renovación de la poesía escrita en Chile. No basta con emitir comentarios favorables a la obra de Salvador Gaete, pues estamos en presencia de un poemario que busca lectores, que abre infinitas posibilidades de imaginación y, por supuesto, de crítica. Con once trabajos Gaete logra sorprender al mundo, ensayando palabras que se inmiscuyen desafiantes en el imaginario de Chile y Latinoamérica.

martes, 3 de julio de 2007

Presentación de Revista El Quirófano en la Expolibro 2007

II Feria Internacional del libro en Ecuador, Expolibro 2007

Viernes 6 de julio

Plaza Central, Palacio de Cristal del Malecón 2000

15:00

Participarán:

El narrador Miguel Antonio Chávez

El artista argentino Jorge Aparixio

El Editor de la revista, Augusto Rodríguez



Los lectores opinan sobre la revista El Quirófano:



“¡Enhorabuena muchachos! Guayaquil los ha estado esperando por más de treinta años. Qué alegría me dio enterarme de su iniciativa y luego deleitarme con su fresca y comprometida revista. Yo soy una enamorada de todas las bellas artes y es fantástico que gente bien loca como ustedes, se lance a la necedad de promoverlas. Les auguro mucho éxito y el entusiasmo de tantos guayaquileños, que como yo, sienten en las páginas de su publicación, resonancias de sus propias almas. ¡Adelante! Aquí tienen una segura subscriptora”.

Mabel González Cogliano

“El Quirófano empezó con pocas páginas, apenas 16, y en papel bond blanco y negro, pero su contenido se da algunos lujos: abre con un estupendo artículo de Leonardo Valencia-titulado El hombre con atributos-sigue con TLC y Literatura, dos motivos más para aumentar mi insomnio, del “Busetero de papel” Miguel Antonio Chávez, y con la poesía insinuante de Roy Sigüenza. Se destaca la entrevista al Viejo Napo, el popular cantautor Héctor Napolitano, titulada con una de sus frases “Insignes”: ¡Que se dejen de huevadas! (así dice él). Por su parte, Freddy Russo habla de los orígenes del reggae y de Bob Marley, para afianzar el empeño de difundir entre nosotros las raíces afrocaribeñas. Solange Rodríguez nos habla de Anais y yo (refiriéndose a la escritora erótica francesa Anais Nin) y con ello despierta el interés por ir a buscarla en las librerías. Esperemos que esta publicación le llegue. Para que no sigamos diciendo que en Ecuador no hay revistas de cultura”.

Lola Márquez

Revista Vistazo

“Me ha gustado la revista El quirófano. Es cuidadosa, tiene una buena diagramación... y no es costosa, para nada. Tú esfuerzo y el de todo el equipo que colabora contigo con El Quirófano, es de aplauso y yo me sumo con los míos. Con un abrazo, grato y cálido”.

Roy Sigüenza

“Los felicito por la revista y pueden contar conmigo para lo que necesiten”.

Miguel Donoso Gutiérrez

“Augusto: Qué dinamismo el tuyo y el de los amigos, para remover la actividad literaria; me alegra saber que todo avanza. Buena suerte”.

Ramiro Oviedo

Boulogne-Sur Mer, Francia

“Está muy chévere la revista. Me encanta. La seguiré leyendo”.

Héctor Napolitano

“La revista pinta muy bien: buenos temas, me gusta el diseño. Y, sobre todo, me alegro saber que alguien como tú le está dando con ñeque al asunto: estaba hueco el espacio que estás llenando”.

David G. Barreto

Ann Arbor, EE. UU.

“Celebro mucho la iniciativa de la revista, es fabuloso que se puedan gestar cosas así de importantes culturalmente. No todos los intentos han salido con un primer número con la calidad del quirófano”.

Diego Cazar

“Los escritos son cortos y profundos. De puntazos transparentes que no buscan acomodarse y es importante mantener independencia. Por ese arrojo los felicito y digo que me muero de ganas por decir algo sobre los Agregados Culturales y políticas culturales, ya que ahora los artistas pueden estar golpeando con carpeta en mano la puerta del Ministerio de Cultura naciente, del MAAC u otros puestos, olvidando que los artistas no trabajamos por pedido de clientes. Gracias por salir a la luz. ¡Cuenten conmigo!”.


Patricia León G.

“En este segundo número El Quirófano (revista sobre arte y literatura), sigue la misma línea trazada por su anterior producto: textos en torno al campo musical, reseñas de libros, creación literaria, entrevistas, y la continuación de un claro objetivo: lograr que la literatura ecuatoriana y el arte sobre todo sea narrado desde otras voces, visto con otros enfoques. Escritores como Edwin Madrid, Fernando Iturburu, Fernando Nieto Cadena, Jorge Enrique Adoum, Carolina Patiño, Víctor Vimos, Augusto Rodríguez -editor del medio-, entre otros, logran lo propuesto. Una revista que si continúa con el ritmo y paciencia en el trabajo de fondo que sus trabajos denotan, pronto podría ser el nuevo medio impreso literario y cultural referente de un Ecuador donde el cementerio de revistas de esta clase es considerable y alarmante”.

Alexis Cuzme

“Tuve hace unas pocas semanas atrás la oportunidad de tener la revista en mis manos por primera vez, me parece genial la idea de publicarla todos los meses ya que así podemos estar al día de las noticias culturales tanto aquí en Guayaquil como en otros lados, quisiera además de antemano felicitar a Augusto por dar espacio a los poetas a que expresen sus ideas. En efecto me encantaría saber cómo puedo obtenerla siempre, no sé qué medio la distribuye...por favor háganmelo saber...”

Jessica Pin Acosta

“Nos llega a nuestra redacción la revista ecuatoriana El Quirófano en su segunda entrega la cual nos hace contemplar el impulso serio y constante de su director Augusto Rodríguez entregándonos un producto cultural de calidad y a la vez abriendo un espacio para la literatura y el arte creativo en general de Ecuador y Latinoamérica. La presente edición de este número abre con su editorial "Literatura y arte al quirófano", la cual nos habla de la fugacidad de las revistas literarias y también nos hace comprender el porqué de tal nombre el de la revista, ese decir el Quirófano. Más adelante tenemos una entrevista a Luis Perico Ortiz hecha por el poeta Fernando Iturburu. También un artículo titulado: "La Cultura ¿Un juego de perturbados mentales?" escrito por Edwin Madrid. Jorge Enrique Adoum, nos entrega su artículo mordaz artículo titulado: "Este país no tiene idea de lo que es una política cultural". También, nos deleita esta edición con una interesante inyección poética y narrativa entre los que destacamos: "Mujercitas", de Carolina Patiño, La poesía Irreverente de Eduardo Morán y los Microcuentos y los Microrelatos de Víctor vimos y Andrés Neuman, respectivamente. En suma esta nueva edición de la independiente y valiente Quirófano, nos llena de satisfacción y fuerza para seguir con la lucha eterna de abrir espacios eficientes para la literatura, el arte y la cultura, que jamás podrán ser silenciadas por la indiferencia y el olvido”.

Paolo Astorga

Revista Remolinos de Lima, Perú