jueves, 30 de agosto de 2007

La poesía de Augusto Rodríguez*


Por Fernando Nieto Cadena

Hace un año, más o menos, al revisar por internet los diarios de Ecuador, me enteré que en Guayaquil había un grupo de escritores jóvenes que realizaba una serie de eventos para darse a conocer. Después, por culpa de Fernando Itúrburu, inicié diversos contactos con algunos de los integrantes de Buseta de papel, sobre todo con Augusto Rodríguez y un poco menos con Miguel Antonio Chávez.

Hace unos meses Augusto me pasa un archivo con su poemario Cantos contra un dinosaurio ebrio, que leí como si se tratara de reconstruir unos cuantos puentes levadizos entre aquellos que fuimos y seguimos siendo y quienes ahora son y buscan ser y hacer mucho más de lo que nosotros pudimos, no quisimos o supimos hacer.

La primera lectura me condujo a un callejón sin salida por lo que debí repasar y releer con menos calentura emocional el poemario para pretender un acercamiento con algún grado de certeza que, sin dejar la subjetividad de lado, rozara lo objetivo para disimular eso que parece una maldición gitana, uno lee sólo lo que quiere leer y no lo que el texto pretende decir.

Mi resbalón inicial fue por encontrar mecánicamente un nexo directo entre lo que quiso ser Sicoseo y lo que es Buseta de papel. Me lo expliqué como un salto de Sicoseo a Buseta que convertía en tierra de nadie o mucho peor, en tierra baldía lo que iba entre 1980 y 2005, algo así como veinticinco años de silencio oprobioso. Regresé sobre lo pensado. Tengo la sospecha que no se trata de ningún salto. Lo veo más bien como una línea cada vez mejorada y ampliada que resume una serie de referentes que caracterizan con mayor dinamismo y amplitud de horizontes a la gente de Buseta frente a los que tuvimos los de Sicoseo. Nuestros referentes no eran tan amplios y diversos ni teníamos tanta comunicación como es posible tenerla hoy.

Sin embargo -o por eso mismo- los textos que he leído de algunos integrantes de Buseta me resultan familiares en el sentido de más de una coincidencia en algunos referentes, en ciertos rasgos estilísticos -el manejo ahora tal vez un poco más intelectualizado de la ironía. Por fortuna para el presente, lo que les diferencia y distancia de lo que pretendimos hacer alrededor del mítico Sicoseo es cualitativa y cuantitativamente superior.

No sé hasta qué punto a través de la poesía de Augusto Rodríguez pueda inferirse que podría decir lo mismo sobre los poetas de su grupo y de su generación, sobre todo por las limitaciones inevitables al estar por mucho tiempo distanciado del quehacer literario ecuatoriano. Tal vez por eso el trabajo de textos breves me sorprenda por esa presunta graciosa levedad que tiene el lugar común de lo breve mientras más breve doblemente bueno que en el caso de estos Cantos me indujeron a una expectativa distinta. Pensé encontrar un epígrafe del viejo mozuelo Ezra Pound y otro de Tito Monterroso -por aquello del dinosaurio que ya no estaba ahí porque se fue a la cantina de enfrente.

Lo de cantos tiene más que ver -según yo- con los retorcidos cármenes catulianos que con los cantares poundianos. Lo epigramático no deja de meter las narices para condimentar en contrapunto lo irónico con las apariciones cultistas revestidas de sarcasmo, pocas pero expresivas como en el poema Trabajar Cansa: ¿quién me regalará pronto/ un poco de veneno/ para beber antes que llegue el fin? que en apariencia lo sitúa en el fértil terreno de los decapitados para desembocar en el desenfado, diría el creyente, blasfematorio: nació el Mesías, /que María fue una virgen/ y que José no era un proxeneta/ escogido al azar. (Belén Fue un Lugar Ficticio).

Las lecturas totémicas nutricias son visibles. En este breve poemario Leopoldo Panero, Charles Bukowski y Ezra Pound marcan el tono junto a otras presencias, por ahí encuentro un regusto a Jacinto Santos Verduga, el que ruega que se vuelva loco el barbero cuando le está afeitando y la navaja pasa a la altura de la yugular. Pero no se trata de convertir esto en un revoltijo de presuntas o reales influencias sino de festejar el insomne vagabundeo de la palabra para refocilarse en la recreación de las verdades comunes que la rutina establece como valores esenciales de la humanidad, el tan llevado y traído y manoseado amor por ejemplo.

El vagabundeo de la palabra no llega a la carnavalización de la ídem. Todavía se mueve (según un buen chiste -boutade escribirían los inefables exquisitos del avatar enardecido- llegó a ser o devino una corriente lírica do manso lame el caudaloso Guayas) dentro de lo que alguien ha dicho sesudamente y sin reírse de una reconfortante fantasmal poesía malcriada (¡ah los benefactores perpetuos del manual carreñista -no carroñista- de las buenas conciencias poéticas!) que navega o navegó por la planicie nativa.

Si de membretar se trata, prefiero pensar más que en una poesía malcriada en una poesía donde la palabra se convierte en ese linyera que arrastramos algunos poetas en el condominio de nuestra susceptibilidad poética. Ese linyera que sigue sin tener norte ni guía porque el mundo sigue siendo inhóspito como ya lo atestiguaron entre otros Hölderlin y Brecht, por si alguna duda restaba de que estos tiempos nuestros son bárbaros y sangrientos pero románticamente poéticos (lo de romántico -en su acepción verdadera no en la vulgar acepción de los perezosos mentales- es mi aporte al ¿aforismo? de un lejano Ernesto Cardenal en un reviejo ejemplar de El Corno Emplumado).

Como a los poetas sólo hay que creerles cuando escriben porque lo que escriben es verdad, creo lo que me confidencia Augusto Rodríguez en sus Cantos contra un dinosaurio ebrio. Sobre todo creo en su poesía y espero que sea una voz entre otras voces que han emprendido este viejo oficio de incertidumbres de ser poeta en un Guayaquil empecinado en renovarse como ciudad (una ciudad que ya no es la ciudad que nostalgizo) pero que sigue siendo fiel a una perenne tradición-identidad aún por descubrir y por alcanzar. Ahora con el vagabundeo de una palabra, la de Augusto Rodríguez, ensimismada en verter sobre el papel la pus existencial de quien sabe que desde el mismo nacimiento hemos empezado a morir sin atenuantes. Lo cual si bien es ya un lugar común no por eso podrá consolarnos. Lo demás lo dirá ese fraterno hipócrita lector que todos llevamos dentro. Y ya.

Isla, ciudad y puerto del Carmen, Campeche, México.

*(Prólogo del libro Cantos contra un dinosaurio ebrio,
La Garúa
, 2007, Barcelona, España)

lunes, 27 de agosto de 2007

Las falsas actitudes del agua de Andrea Cabel*


Por Raúl Zurita


Las falsas actitudes del agua de Andrea Cabel es uno de los libros más reveladores de la reciente poesía latinoamericana. Su rigor, su sentido de la estructura, su indagación en las formas, hacen que esta obra escape a lo que usualmente se entiende por poemario, una colección de poemas más o menos afines, para constituirse en cambio en un texto donde el notable conjunto produce un efecto, un golpe total, que no es exactamente la suma de sus partes. Es esa conciencia del libro como un todo lo que primero sorprende de Las falsas actitudes del agua y que lo separa radicalmente de toneladas de poesía que persisten en la gastada estética de los poemas aislados. Un libro que es entonces una indagación en las zonas más expuestas y abiertas de la poesía hoy y que no se resigna a reiterar lo sabido.

Es en ese sentido que el libro de Andrea Cabel se sitúa en la frontera de la poesía que los nuevos jóvenes vienen abriendo hoy. Lo mejor de ellos nos muestra obras hondamente situadas, expuestas, que no caen en el formalismo ni en el simple experimentalismo, porque están arrasadas de vida, de visión y de dolor, de tumefacción, pero que al mismo tiempo han comprendido que esos testimonios no son nada si no se les inventa una estructura, un orden, una nueva forma. Eso es una característica de las y los mejores poetas que han venido emergiendo en el nuevo siglo. Pero, con todo, no es usual que alguien que escribe alcance tan tempranamente el hondor y la lucidez artística que nos muestra este libro. Andrea Cabel viene a confirmar, y de manera sobresaliente, el hecho de que la poesía en nuestros países, pobres, marginados, arrasados de injusticias, continúa siendo un arte profundamente vivo y la vanguardia de todas las escrituras. Las falsas actitudes del agua es una elocuente muestra de esto.

Porque lo extraordinario es que esta obra no se queda en la construcción sino que en la vida. Su desgarro es conmovedor precisamente porque ha sido capaz de encontrar e inventar las modalidades de su “explosión de gritos”, de su angustia, de su certeza. Los nuevos grandes poetas latinoamericanos que han venido surgiendo en los últimos años en Perú, en Chile, en Nicaragua, en México, tienen ahora en Andrea Cabel a uno de sus nuevos estandartes. Mientras los nuevos poetas, hombres y mujeres, continúen ejerciendo su tarea con esta verdad, con esta inteligencia poética, con este riesgo, la poesía continuará siendo el arte del futuro.


Santiago de Chile, mayo, 2007

*Andrea Cabel García (Lima, Perú, 1982) Bachiller en Linguística y Literatura por la PUCP. Sus poemas han sido traducidos al inglés y al catalán. Ha participado del proyecto Panamericana [Poetes americanes nascudes a partir de 1976] de la revista SèrieAlfafulls temporals d'art i literatura (Valencia-España). Asimismo, ha sido publicada en la muestra poética del grupo Claroscuro (Lima-Peru), en la Antología de Poesía hispanoamericana de la revista Noise (Australia), y en la Antologia "18 poetas hispanoamericanos" de la editorial Zignos (Lima). Publica en diversas revistas del medio nacional e internacional. Su primer libro "Las falsas actitudes del agua" -1era Edición- fue ganador del primer premio del concurso Esquina de Papel, organizado por la embajada de España y la Municipalidad de Lima. Actualmente escribe reseñas literarias en el suplemento El Dominical del diario El Comercio. Es asistente de docencia de los cursos de Teatro y de Poesía en la Facultad de EEGGLL de la PUCP. Su poemario "Las falsas actitudes del agua" cuenta con una segunda edición, publicada en Lima, julio 2007, por la Editora Mesa Redonda. Asimismo, es miembro del comité editorial de la revista La siega (Barcelona) Revista de Literatura, arte y cultura: www.lasiega.org.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Cantos contra un dinosaurio ebrio o todos los animales



Ya está circulando el nuevo poemario de Augusto Rodríguez denominado Cantos contra un dinosaurio ebrio. Cuarto libro de su autor con que cierra el cuarteto de todos los animales. Antes fueron Mientras ella mata mosquitos, Animales salvajes y La bestia que me habita.

Cantos contra un dinosaurio ebrio en el año 2005 obtuvo una Mención de Honor en el V Concurso Nacional de Poesía “César Dávila Andrade”. Siendo jurado en ese entonces: el crítico chileno Dr. Gilberto Triviños (presidente) y los poetas ecuatorianos Edwin Madrid y Cristóbal Zapata.

Este nuevo poemario de Rodríguez ha sido publicado por la Editorial La Garúa, de Barcelona, España. Cuenta con un prólogo del reconocido escritor y poeta ecuatoriano Fernando Nieto Cadena, radicado en México. La Editorial La Garúa es una Editorial Española que se especializa en Poesía. Entre sus últimos libros publicados se encuentran a importantísimos escritores españoles como Leopoldo María Panero, Màrius Sampere, Ana Isabel Conejo y la poeta francesa Anise Koltz.

Creemos que el presente poemario abrirá nuevas puertas para que la poesía ecuatoriana se siga leyendo y publicando en España (como fue el caso de la obra del poeta quieño Edwin Madrid, ganador del Casa de América 2004).



Comentarios sobre Cantos contra un dinosaurio ebrio:

“Augusto Rodríguez escribe con rabia e ironiza con dolor. Dando otra vuelta de tuerca al malditismo dirty, nutriéndose de un escepticismo no por radical menos romántico, cada poema de este libro es una respiración ansiosa, un animal contradictorio. Todo lo que hay de extrema venganza en ellos, lo hay también de amor desolado, de emoción superviviente. La voz de estos cantos ebrios parece asistir a todas las muertes y enterrarlas una a una, como si el poeta fuera un sepulturero de mitos desgarrados y figuras paternas. Pero, por debajo (o por encima) de todas las furias de su grito, una melancolía errante silba pidiendo compañía”.

Andrés Neuman
Granada, España

“Cuenta la tradición que el Buda permaneció siete semanas en el paranirvâna o «área del despertar», porque en lugar de salvarse a sí mismo quiso convertir su descubrimiento en una doctrina que salvaría al mundo: despertar para liberarse del dolor. Por eso los poemas de Augusto Rodríguez nos perfuman de paz y beatitud, porque sólo después de chapotear en los abyectos pantanos del karma es posible alcanzar la iluminación mística. Cantos contra un dinosaurio ebrio es el inventario de todas las blasfemias y aberraciones que garantizan la redención. Sus poemas son los alfileres que aseguran la paz de la mariposa”.

Fernando Iwasaki
Sevilla, España

“Aquí está Augusto Rodríguez: Rápido y maldito, chispeante y justiciero, sensible y escéptico, fatalista y pop, más comunicativo que una web y puentes trasatlánticos, enérgico y de ternura solapada, pero sobre todo, original y fresco. Un poeta ecuatoriano para leer de mañana, como un café fuerte que nos deja levitando todo el día”.

Antonio Skármeta
Santiago de Chile


“Como a los poetas sólo hay que creerles cuando escriben porque lo que escriben es verdad, creo lo que me confidencia Augusto Rodríguez en sus Cantos contra un dinosaurio ebrio. Sobre todo creo en su poesía y espero que sea una voz entre otras voces que han emprendido este viejo oficio de incertidumbres de ser poeta en un Guayaquil empecinado en renovarse como ciudad (una ciudad que ya no es la ciudad que nostalgizo) pero que sigue siendo fiel a una perenne tradición-identidad aún por descubrir y por alcanzar. Ahora con el vagabundeo de una palabra, la de Augusto Rodríguez, ensimismada en verter sobre el papel la pus existencial de quien sabe que desde el mismo nacimiento hemos empezado a morir sin atenuantes. Lo cual si bien es ya un lugar común no por eso podrá consolarnos”.

Fernando Nieto Cadena
Isla, ciudad y puerto del Carmen, Campeche, México
(Un fragmento del prólogo del libro)


“Al leer al poeta Augusto Rodríguez he recordado que, por su capacidad de hacernos ver, sentir y conocer lo que está más allá del sentido común y de las convenciones, la poesía se erige como el discurso del antipoder. La rebelde con y sin causa de las epistemologías y ontologías oficiales. Este Canto contra un dinosaurio ebrio, me ha recordado también que la poesía es subversiva porque cuestiona la moral y los dogmas con que se nutren los dinosaurios. Vale decir: el poder”.

Iván Oñate
Universidad Central de Ecuador


Deliberadamente el autor nos descarga neblina en el título, para medir la capacidad visual del transeúnte de este compendio de poemas. El poeta (aquí deviene émulo de Bukowski, Borges, Panero o Pessoa), establece un hábil y no menos sardónico juego de alegorías entre el amor, la pasión, y el vicio por la poesía, como si se tratara de la droga, el vino o el sexo más deliciosos, en una palabra, la mejor universidad para el alma. Estos textos contienen, entonces, la revancha de un sobreviviente que ha abierto los ojos, descreído y desencantado de la selva de cuentos que es el mundo. Entre romántico estepario y decapitado trasnochado, Augusto Rodríguez va afinando progresivamente el bisturí de la ironía anti-poética, hija aristócrata del orgullo, como arma confiable para traducir sus propias verdades.

Ramiro Oviedo
Université du Littoral-Côte d'Opale
Boulogne-Sur Mer, France


“Rodríguez llega a su nueva obra insistiendo en temas y estilos, con unidades líricas de no muy larga extensión, que apuntan a la realidad de un mundo moderno con todas sus complejidades y mutaciones. Sus versos se deslizan como una prosa lírica contundente y cruel. Posiblemente el denominador común sea cierto sardonismo que le permite emitir críticas sutiles sobre ese entorno en que se mueve la nueva generación”…

Fernando Cazón Vera
Guayaquil, Ecuador


Luego de un largo silencio de más de veinticinco años, aparece en Ecuador un grupo de poetas nacidos hacia los años 80: Rodríguez, Méndez, Cazar, Chávez, Escobar, Du Lac, Jurado, Cuzme, Maridueña, Lasso, Osinaga, Patiño, entre otros. Antes de esta nueva generación, lastimosamente, tenemos solamente lo hecho en los años 80 y 90, lo cual, a excepción de la poesía de Pedro Gil, resultó en un salto hacia atrás, debido en gran parte a la preferencia por un vocabulario supuestamente universalista que en realidad resultó ser confuso y poco imaginativo. Los nuevos poetas, en cambio, testimonian de manera sincera lo que sienten y piensan, y ven en la poesía un fin expresivo, no un medio de reconocimiento social. Su percepción del nuevo milenio está marcada por la computación y las nuevas formas de comunicación, el estatus del lenguaje poético, la diversidad cultural y el no siempre grato mundo intelectual. Al mismo tiempo, nos hablan de temas ya convencionales, como el sentido de la vida, el amor, la herencia literaria, la fugacidad del instante. Esta nueva generación retoma, en sus propios términos, el camino labrado por Jorge Enrique Adoum, David Lesdesma, Carlos Eduardo Jaramillo, Fernando Cazón, Antonio Preciado, Agustín Vulgarín, Efraín Jara Idrovo, Fernando Nieto y Euler Granda; camino que en su hora les sirvió también a Fernando Balseca, Jorge Martillo, Maritza Cino, Edwin Madrid y Eduardo Morán. Al nuevo grupo pertenece Augusto Rodríguez, miembro del colectivo Buseta de Papel. Rodríguez ha asumido con fuerza, consistencia e imaginación, el oficio de poeta, marcado por las preocupaciones actuales, la historia diaria que vive y sus incesantes lecturas. Su discurso poético se nutre de varios mundos simbólicos que van de Lesdema a Pound, de Pessoa a Bukowski, de Bolaño a Parra, por citar a unos pocos, pero de manera cuestionadora, directa, bien informada, a través de un acertado repertorio verbal y un tono desenfadado o irreverente. Puedo decir con absoluta confianza que se está fraguando la personalidad de un poeta que desarrollará el legado local y nacional, y que, de seguir así, pronto será diestro en el manejo de recursos poéticos de tal manera que estará entre lo mejor que Ecuador le va a ofrecer a Latinoamérica y al mundo.

Fernando Itúrburu
State University of New York en Plattsburgh

lunes, 20 de agosto de 2007

La poesía irreverente de Eduardo Morán


(Guayaquil, 1957) Ha publicado los poemarios: Muchacho majadero, No pudimos mirarla de manera distinta, Los lugares maliciosos. En su poesía se respira la ironía, el sarcasmo y sobre todo el humor. Su obra poética es a ratos desconocida para una gran mayoría de lectores, pero Morán es sin duda, uno de nuestros poetas más valiosos.

CARTA A DIOS

Padre nuestro

que andas entre nubes,

si no tengo ni un centavo

para ir este domingo

al partido de Barcelona y Emelec,

ni una casa con garaje,

ni amigos con dinero,

ni nada,

será porque tú no lo quieres

pero me voy al diablo cuando puedo,

como si tú no existieras.

Vengo a buscarte pelea, ¿sabes?

Y si te enfureces

conviérteme

en sapo o en lo que quieras.

No hay problema.

Padre nuestro que estás en los cielos

decididamente

no eres más que un farsante.

Nosotros aquí,

de plantón todavía esperándote

y de ti ni los truenos.

MUCHACHO MAJADERO

Con premeditación y alevosía

desde hace quince inviernos

yo tengo unas emputadas ganas de joder

fabricadas a mi medida

y llevo los perfectos estatutos

de esta quincenal cara de aguacero

metidos como piedra

dentro de los zapatos.

Emputadas ganas de joder

que dejo caer sobre las paredes

de vuestros rostros absurdos.

Sobre la pintura flamante

de la angustia burocrática

de los funcionarios.

Sobre el uniforme descolorido

del pazguato de trabuco

que cuida vuestros parques.

Mi adolescencia resulta

una enfurruñada urticaria

sobre el pellejo de los días.

Dice el Orientador vocacional

que escribiendo esto que escribo

por fuerza he de reconciliarme

con mi adolescente buen chico,

ese que tiene mis misma cara

y no conozco,

el que lleva mi propio odio

y que no amo ni me ama.

Bueno. Ya se que son mentirillas

del Orientador vocacional.

Pero qué importa.

Yo tengo unas emputadas ganas de joder

fabricadas a mi medida.

Acabaré de jorobar

cualquiera de estos días.

Quizás algún sábado por la noche.

Cuando el viento,

o los establecidos preceptos,

o alguna camisa de fuerza

puedan recoser el sosiego

dentro de estas venas.

Desde hace quince inviernos,

Con premeditación y alevosía,

yo tengo unas emputadas ganas de joder

fabricadas a mi medida.

MUJER SOLA

Mi marido no llega todavía del trabajo.

Sigue en su despacho atorado

entre las medias panti de su secretaria.

Estarán sobre el escritorio,

con las luces bajas.

Yo, aquí, sentada en la cocina.

Muebles,

platos,

cubiertos,

todo lo he dejado en orden. Como siempre.

Me pregunto para quien cocino.

Para quien limpio porquerías.

Preciso es que el cuarto jinete galope.

Mi madurez,

Mis enfermedades de señora,

mis maquilladas patas de gallo,

mis canas pintadas de rubio,

el diablo que llevo adentro,

se levantan,

apagan la luz.

En el dormitorio está lo que me espera.

Ya no cabe afirmar si ha hecho un día bueno

o si lo ha hecho malo.

Preciso es que el cuarto jinete galope.


jueves, 16 de agosto de 2007

Historia verdadera de Hojas de Hierba en Visor


Por Edwin Madrid


A propósito de la nota HOJAS DE HIERBA DE FRANCISCO ALEXANDER aparecida en www.vivito.blogspot.com que dirige el ecuatoriano Víctor Vallejo desde Zürich-Suiza, en la que cuenta el agasajo que tuvimos en el Café Jijón de Madrid, con ocasión del recibimiento del Premio de Poesía Casa de América, y la clara alusión que hace sobre dónde, cómo y por qué, el editor de Visor se interesó en la publicación de la traducción de Hojas de hierba de Francisco Alexander, puedo aportar lo siguiente:

El último día de febrero, me llegó la impecable edición de Hojas de hierba que publicó la Colección Visor de Poesía en su Serie Maior. Estoy tan contento de tenerla entre mis manos porque creía que era un libro que tal vez nunca lo volvería a ver. Y, además, porque como mencioné en el pequeño prólogo que escribí para la edición de Tu bata flotante de seda roja y oro (2002): “Algún momento se le tendrá que hacer un justo reconocimiento a Francisco Alexander y a su admirable obra de traductor que fue capaz de entregarnos no solo la versión castellana total de Hojas de hierba de Whitman, sino también la ejemplar traducción del Conquistador de Archibald MacLeish, así como estos Cincuenta poemas asiáticos de amor”. Este justo reconocimiento para Alexander, llegó el año pasado que Visor reeditó su versión íntegra de Hojas de hierba. Así que: ¿Qué mejor homenaje puede recibir un traductor que la reedición de sus obras? Efectivamente, el libro apareció el año pasado, mas hace unos días, del 6 al 11 de febrero, coincidimos con Chus Visor en Nicaragua, en el III Festival Internacional de Poesía de Granada, y hablamos de las cosas pendientes que tenemos; entonces le recordé su edición de Whitman. Y me dijo: no puede ser que no te haya enviado, pues te la envio apenas regrese a España, así lo ha hecho.

Es una publicación bilingüe de 1136 páginas que como dice L.A. DE V: es la única completa que existe en nuestra lengua, y se editó en Ecuador en 1953 (por la minoritaria Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito), es decir, tuvo una difusión mínima y hace mucho tiempo que está agotada. Es mérito de la editorial Visor publicarla de nuevo (por vez primera entre nosotros) bilingüe además y con la bibliografía renovada.

El ejemplar de la edición príncipe que Víctor Vallejo vio aquella noche del Café Jijón en Madrid, que tan bien la relata; yo lo llevé como obsequio a Luis García Montero, con tal puntería que Chus se interesó porque hasta entonces no tenía a Whitman en su catálogo. Luego, Chus me escribió diciéndome de su interés por publicar, y yo quise animarle contándole la poca o mucha información que tenía al respecto: mi edición de Tu bata flotante de seda roja y oro, la mención que hace Borges de Alexander, en su traducción, las traducciones que tiene el ecuatoriano y también las citas del El Canon Occidental de Harold Bloom, con las traducciones del Whitman de Alexander; y el 20 de marzo del 2005, Chus me volvió a escribir diciéndome: “Voy a editar con toda seguridad "Hojas de Hierba", lo único que estoy pensando es si hacerlo bilingüe o sólo en castellano. Tengo dudas por el tamaño del libro. Ya te contaré lo que al final decido”. Así que, esa noche del Café Jijón, el premio que recibió la poesía ecuatoriana fue doble: la edición de mi libro Mordiendo el frío, y el sembrado interés por el trabajo de Alexander, que hoy es una maravillosa publicación que honra, no solo a ecuatorianos, sino a la poesía inglesa y española, porque lo que suena bien en la lengua de Whitman suena bien en la lengua de Cervantes.

lunes, 13 de agosto de 2007

INBOX


Por Juan Fernando Andrade

(1)


Ese soy yo. Estoy sentado a tu lado sobre un círculo forrado en terciopelo color naranja. Estoy llevándome el pico del frasco a la boca. Tragando cerveza. Sin saborear, con prisa, como lo harían un bebedor amateur o un borrachín consagrado. El cuerpo inflado de la botella está envuelto en una servilleta que no impide el ligero entumecimiento de mi mano. Nos acaban de presentar. Tú eres la mejor amiga de alguien. Raro que la gente siga teniendo mejores amigos. Me dijeron que no tienes novio. Luego me aclararon que acabas de romper con tu novio de toda la vida. Tienes cara de no haber estado soltera nunca o casi nunca. Tenemos amigos en común, pero eso no asegura nada. Hace un rato me viste allá arriba, haciendo eso para lo que me invitaron a esta disco que ahora me está volviendo loco. La música se puso terrible, tan alta y tan meneo-de-caderas-hasta-abajo. Prefiero no mirar. Pongo la botella sobre la barra, me acerco a tu oído, me convenzo de que hueles bien aunque el humo y el tufo de la noche, un comprimido de cigarrillos, sudor, babas y aire acondicionado central, no me dejen olerte. Te acomodas el pelo para que mi boca se encuentre con tu oreja. ¿Qué?, perdón, no te escuché. Te acabo de decir que esto que está sonando es lo peor que he escuchado en mi puta vida. No escuchaste y yo hago un ademán para que sepas que no era importante; en serio. En mi mejor escenario los dos nos intoxicamos hasta que comernos sea el paso lógico en la evolución de la noche: 1, 2, 3, cama o asiento trasero del auto o sala de la casa del amigo donde me estoy quedando, (si escogemos la sala escogemos un ataque de pánico: la hermana menor de mi amigo se levanta, va a la cocina, programa el microondas, nos sumergimos minuto y medio bajo el agua. Tú te quedas rígida, yo sigo adentro, también rígido, me tapas la boca con tu mano, escuchamos a las muelas masticando, a la garganta tragando. Yo trato de volver a la carga, tú me detienes con una contracción. Y así nos quedamos por siete minutos y treinta dos segundos: conectados). Sigues encarándome con una sonrisa políticamente correcta, una sonrisa que no es un cinturón de seguridad pero tampoco lo que yo quiero que sea: una ley de la ventaja. ¿Hasta cuándo te quedas? Acabas de preguntarlo pero no te oí. Me acerco, inclino la cabeza y miro la saliva en las comisuras de tus labios. Para mi fortuna repites la pregunta y yo digo ojalá todo el fin de semana. Digo a mí me gusta mucho esta ciudad, y no miento. Te ríes como sorprendida de que alguien quiera quedarse en tu puerto más de lo estrictamente necesario y dices te gusta porque estás de vacaciones, cualquier lugar es bacán si uno está de vacaciones. Ambos sabemos que no hay tal, ciertos meridianos, ciertas latitudes, son insufribles y punto. La verdad es que odias esta ciudad. Sientes que de no ser por este plató de adoquines al pie del río, tú serías otra, tu vida sería la vida de otra a la que tú admiras con apetito y en secreto. Esto no lo dices, me lo contarás mucho después, en el séptimo u octavo mail que me enviarás cuando yo esté lejos y tú estés a salvo.

2)


Te ríes porque sabes que tu novio me parece mala onda. Me mira como si estuviésemos a la mitad de una competencia, como si fuésemos caballos tratando de ganar por una nariz. Y, por si acaso, a ti te mira como un ganadero mira a las cabezas que, a la larga, terminará cortando. Que tu novio sea veterinario es algo que encuentro, por decir lo menos, peligroso. Me acuerdo perfectamente de él, sé quien es, esa noche me abandonaste ileso y luego fuiste a buscarlo. Lo reconocí de entrada, es el tipo que se te acercó mientras me decías cuando vaya te aviso, ¿puedo quedarme en tu casa?, y que tú preferiste no presentarme pues te sentías incómoda o porque simplemente la distancia entre él y nosotros te iba de maravilla. Nunca me lo has confesado, si nuestra amistad hubiese sobrevivido la fecha de caducidad impresa en la lata, el tema seguro surgía y se establecía como anécdota para terceros, pero ya ves, ni siquiera sé a qué país fuiste a parar ni me consta que hayas conseguido la beca que necesitabas para “huir con una coartada decente”. En todo caso, el capítulo que inventaste para introducirme a tu galán era transparente y, si me lo permites, insultante, “es alguien con quien empecé a salir justo después de haberte conocido, te das cuenta???!!!, por gusto te fuiste, jejej”. Tú me lo habías advertido no sé cuántos mails atrás, “el man no es TÚ tipo de persona pero quiero verte y la única forma va a ser con él al lado. besos. yo” Tenías razón, tu pelado me parece mucho muy despreciable, tanto así que me resulta gracioso. En este preciso instante está a la caza de una excusa para romperme la cara. Llevo la última media hora imaginando cómo me saca la puta cerrándome a puñetes. Tú tratas de detenerlo, le gritas algo que para mí es ininteligible (yo estoy abajo, espero estar cagándome de la risa, orgulloso, lamiendo mi propia sangre para que no escape) y prácticamente haces que los meseros lo lleven a la calle y le prohíban volver a entrar, volver a entrarte. Luego me recoges del suelo, me limpias la sangre que, en rigor, no es tanta como parece. Vamos a mi casa. Nada grave. Improvisas una funda de hielo usando un empaque plástico que huele a pollo y dices debí haberte llevado a una clínica, ¿será que necesitas puntos? Estás ahí, escuchando el disco de Morphine que te recomendé en calidad de im-per-di-ble, con tus piernas cruzadas debajo de la almohada que sostiene mi cabeza. Estamos muy cerca. Es cuestión de tiempo, pero tú tendrás que ir arriba, yo no estoy para montar a nadie. Nos gusta. Tú dices qué rico y yo digo pegas más fuerte que tu fiancé. Tengo suerte y te ríes de esa broma que bien pudo haberte sacado del mood. Luego me das un beso en la punta de la nariz. Pudo haber pasado, ¿no? Me suena mejor a lo que pasó. Esa noche comimos en un restaurante vegetariano, fue tu idea, dijiste es mi nuevo régimen alimenticio, voy a limpiar mi cuerpo de todas las toxinas que le he metido desde chiquita. Tu novio dijo después de esto voy directo al Burger King, ¿hay alguno por aquí? Nos despedimos, nos dimos un abrazo, tu novio me miró mal y al estrecharme la mano trató de hacerme daño. Los vi marcharse y concluí que la había pasado mejor en la disco. En casa te escribí contándote que la había pasado mejor en la disco y que tu novio era un peso pesado entre los pesados. Me llamaste a las 2 a.m., te disculpaste por despertarme; la mera formalidad, que le dicen. Llegaste, no dijiste mucho. Sobre tu novio no dijiste nada, ni una palabra. Pusiste el disco de Morphine. ¿Te gustó?, ¿lo escuchaste? La verdad, no, pero lo estoy escuchando ahora, ¿bueno? ¿Todo bien? Sí, perdóname… me colgué, sorry. Abriste las latas, bebimos. Tiramos y fue un desastre: todo el tiempo estuviste mirando tu hombro derecho. Lamentable. Te tragaste la escena de la competencia para poder deshacerte de ambos caballos. Gran error, los buenos recuerdos son mejor equipaje que los malos.

jueves, 9 de agosto de 2007

La poesía está de luto*


Por Siomara España

Han pasado ya varios días desde que recibí la infausta noticia y aún me es imposible reponerme de su muerte. Es apenas una Niña decía yo, una Nenita dijo Carmen Váscones, pero a pesar de serlo, se fue, se fue llevando todo su dolor a cuestas y dejando un vacío en decenas de corazones saturados de mil preguntas fracasadas.

Talentosa, talentosa sí, algunos lo entenderán tarde - siempre sucede- pero esas almas que pasan como un soplo, como un halo de luz son casi siempre imposibles de entender en toda su magnificencia.

Carolina Patiño se fue dejado huellas, pocas pero al fin y al cabo hondas huellas; con su existencia y su trabajo poético, apenas un libro, pero segura estoy que vendrán un par mas, libros póstumos, que quienes la quisimos, sentimos y conocimos estamos en la obligación de llevar a la luz.

Un día martes hace 88 años se dijo: Ha muerto Medardo Ángel Silva uno de los más jóvenes poetas guayaquileños (22 años) Ahora los poetas guayaquileños decimos: un día martes ha muerto la más joven poeta guayaquileña: Carolina Patiño Dueñas (20 años). Nos queda de recuerdo: su risa, sus ojos tristes, su fragilidad azul de mariposa, y el desconsuelo en el alma por no haber dado más, por no haber sido más. Nos regalo su corta vida… nos anticipó su muerte.

A UNA MARIPOSA

Te fuiste tan temprano
descalza entre las sombras
te has ido sin remedios
sin pastillas o doctores.
Te declaraste libre
con tu rostro azul de mariposa
y te fugaste una tarde
a bailar sobre tarimas de luciérnagas
a trovar con las estrellas
y a contarle historias a la luna.

Siomara España


*(Cortesía del grupo guayaquileño Re-verso)

miércoles, 8 de agosto de 2007

Carolina: amor y muerte*



Por José Guerra Castillo

El 24 de julio fui invitado por el Centro Ecuatoriano Norteamericano a la Feria del Libro en el palacio de Cristal, para exponer ante un numeroso grupo de jóvenes, la importancia de la lectura. Al finalizar mi larga intervención en la que inicialmente declaré que yo era un total autodidacta, pues por extraña circunstancia de haberse casado mi madre viuda con un ex exiliado peruano que luego fue “embajador itinerante” viajando de un país a otro de Europa desde que contaba con seis años, mi única profesora fue mi madre quien fue una gran poetisa y periodista, y en mi hogar ambulante yo aprendí a leer, pues era imposible entrar a una escuela, ya que íbamos como el judío errante, de Francia a Italia, de Italia a Bélgica, Portugal, España, donde me escapé de mi casa y me uní a una tribu de gitanos, que a punta de golpes me enseñaron a bailar flamenco y como tenía una buena voz, luego aprendí a cantar y entré a una compañía infantil “Liliput”, donde interpretaba zarzuelas... en fin, mi educación fue muy particular. Nadie como yo aprendió leyendo y leyendo, devorando libros que la mayor parte de las veces no eran aptos para mi edad. Como en el caso de “El infierno”, de Henri Barbeusse.

En fin, todo este largo relato fue muy aplaudido por mis jóvenes auditores. Al finalizar se acercaron a mí algunos de ellos a hacerme preguntas y finalmente tuve la gratísima sorpresa de que una bella y muy joven chiquilla que apenas aparentaba unos 15 años pero que me sorprendió cuando me confesó que ya había cumplido 20 y me entregó un pequeño y bello libro de su autoría: “Atrapada en las costillas de Adán”. Su nombre: Carolina Patiño. Poesía. Preciosa diagramación de la portada, pero cuando llegué a mi casa y comencé a leer, quedé asombrado de su contenido. Poesía erótica, de alta calidad, versos bellos y audaces, increíbles para que hayan sido escritos por una chica tan joven. De inmediato pensé escribir sobre este “fenómeno” en nuestra literatura, pero, el libro alguien lo tomó de mi escritorio. Una semana después justamente cuando había regresado de un chequeo en mi cansado corazón que ya está protestando por trabajar tanto; recibí una llamada telefónica de la licenciada Susana Cepeda, directora del CEN, para darme la infausta noticia que Carolina había muerto. Confieso que sufrí un impacto tremendo. En el prólogo escrito por Carmen Váscones, que me permito reproducir porque de cierta manera explica la trágica decisión final de Carolina: “En las costillas de Adán estaba el calostro de la metáfora, la infancia sin Dios contradice. Nace la vida en su propio misterio. Más de siete días necesita la poesía para su juego en la ausencia. La muerte no se mira en la vida. Ella, espejo sin reflejo dejando un espacio para la polémica del deseo. Sin vergüenza, sin rubor el éxodo del amor todo desalmado, lanza su dardo. Cupido no entra en la persecución”...“Todos tenemos un Caín perdido entre las piernas remojándolo en lo indescifrable de nuestro pensamiento”: Aleyda Quevedo. “Como no podíamos decir casi nada del amor, nos ocupamos en aprenderlo con las manos”...
Y Carolina inicia su libro con “El buen comienzo”. “Adán apenas entendía qué tenía que hacer cuando Dios dijo: “Sean una sola carne”. Él ya había tenido bastante trabajo poniéndole nombre a todo animal que veía, así que se recostó en los verdes pastos y dejó a la varona remojar su barbilla en un profundo y tierno beso de labios carnosos y saliva agridulce. La espalda de Eva se arqueaba de tal forma que su boca colonizaba la entrepierna de Adán. El placer de su compañero fue tan intenso que en recíproca reacción decidió besarla a la francesa, con grandes dosis de mordidas. Finalmente un río los ahogó entre gemidos y profundos orgasmos”...En las breves páginas del hermoso libro los versos son más audaces y hermosos, libres, naturales, sin hipocresía alguna. Sorprendentes, alucinantes y valientes para describir con gran belleza el acto amoroso carnal de la pareja que sin rubor alguno y con gran calidad intelectual va dejando en las páginas las huellas de su valiente y valiosa obra poética.

*(Cortesía de Diario Expreso de Guayaquil)

lunes, 6 de agosto de 2007

“Vírgenes” y lo IN

Por Carolina Patiño

Recuerdo cuando estaba en sexto curso, lugar donde no hay secretos y lo obvio está al alcance de todos. La situación era la siguiente: Teníamos en el curso a uno de esos típicos adolescentes- adultos-enfermos con la pornografía, cada día llegaba con historias de un nuevo video, uno más raro que el otro, uno con mujeres y caballos, hasta con niños, con muertos, con afroamericanos, vírgenes y con hermafroditas que estaba muy de moda según él. Un día fue una sexóloga (una monja) y entre todo su blablablá hizo una pregunta interesante: ¿Quién de ustedes es virgen? Lo que me tomó por sorpresa y lo que me dejó atónita aún más fue ver a todas las alumnas de quinto curso alzar las manos. De mi paralelo pocas alzaron la mano, para mí ya fue un alivio ver ese gesto de sinceridad (con la reputa-ción que tenían algunas, no todas claro) pero con las que ya no lo éramos, tuvimos para mofarnos un rato. Otro día se me ocurrió hablarle a la amiga de la novia del chico en una de las salidas del colegio, cuando llegamos al curso se quejó, casi llora, pero mientras hacía su show decía: “a mí no me afecta lo que ella dice, además ella va en bus. Y para mí eso es suficiente para no considerarte en mi lista como un ser humano”. Eran chicas según ellas de otro nivel y ella en particular se creía gringa, para ellas era imposible tomar un bus. Tenían normas clarísimas sobre lo que está de moda, por ejemplo: Desayunar bastante en la casa, llegar al colegio, ponerse una faja y meterse el dedo en la boca y vomitar porque no está de moda ser gordo. Tener las uñas lindas y el pelo perfecto y usar un tipo especial de binchas de colores llamativos. Decían: Está de moda tener enamorados con dinero y sobre todo ser virgen porque según ellas eso es lo más “In”, y ponían de ejemplo a su amada Britney Spears, como la diosa a quien venerar.

viernes, 3 de agosto de 2007

Adiós Carolina (1987-2007)



Se fue nuestra amiga, nuestra poeta Carolina Patiño Dueñas, que además fue una destacada columnista y directora de comunicación y ventas de esta revista, El Quirófano. Qué nimias quedan las palabras cuando uno quisiera expresar la magnitud de una pérdida irreparable....

A la literatura le dejó un poemario, Atrapada en las costillas de Adán (donde plasmó sin temor la intensidad del erotismo, de la crudeza del desencanto, y su amor por la poesía como forma de expresión vital), a los que fuimos sus amigos, nos deja una inmensa tristeza, pero también su espontaneidad, su humor, su encanto y tantas otras vivencias.

Olvidarla será imposible, sus huellas aún están frescas por todos los lados de nuestros corazones. Paz en su tumba.