miércoles, 24 de diciembre de 2008

Presentación de libros de Augusto Rodríguez parte II: Matar a la bestia


Por Sonia Manzano

La poesía, como un arma que dispara hacia la cabeza de su propio creador para hacer que ésta se doblegue sobre un promontorio de imágenes fuertes, abruptas, para dentro de la razón lógica, pero literariamente convincentes para la razón poética que principalmente se alimenta de irracionalidades provenientes de la bestia que habita dentro del animal poético, es un fenómeno que se presenta recurrente en Matar a la bestia, poemario de Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979).

Matar a la bestia. Poemario cuyo título es una tácita invitación a emprender una cacería que solo puede concluir cuando el sujeto lírico exhiba su yo sangrante sobre su particular poética, es un afilado registro de las veces en las que, fallida o exitosamente, el poeta ha atentado contra su integridad psíquica, autoagresiones que son verbalizadas a través de versos irreverentes, pero provistos de literaturidad cualitativa.

“Bórrame con tus sobacos,
ládrame con tu sexo,
Mata a la bestia que me habita
y sepúltame junto al sol de cabeza,
tres metros bajo tierra”

El animal poético que acecha a su víctima, que no es otra que el mismo sujeto lírico, se solaza en mostrar su supuesta peligrosidad en poemas en los que la Muerte es la única posibilidad que espera al final de la cacería. Pero engullir a la bestia después de ultimarla, digerir la poesía luego de haberla castigado con imágenes crueles, trae una sensación de hartazgo al “cazador” que sólo puede encontrar alivio devolviendo lo ya devorado, aunque después de este descargo, vuelva el poeta a incurrir en el mismo “pecado de gula”:

“Tanta es mi nausea
que vomitaré sobre la mujer que amo
y después la devoraré”

La nausea, como un rasgo evidente de la postura existencialista por la que ha optado esta poética, está aludida con recurrencia y siempre asociada a la idea de la inutilidad de la existencia. Nausea y escepticismo es la combinación casi exclusiva con la que el sujeto lírico ha implementado espacios con los que el vacío caótico no deja lugar para que en aquello brote algún indicio de esperanza:

“La vida es pura ficción
de dioses fracasados”

Poesía, entonces, la de Rodríguez, sin más fe que aquella que se alberga por la propia creación poética; poesía con la que se cuestiona acremente a un ente divino por su falta de eficiencia al momento de trazar el plan o diseño del mundo:

“Pero Dios
se ha ido
y se niega a terminar lo arruinado”

Las actitudes de rechazo hacia todo y todos, hablan elocuentemente de la función transgresora que el yo lírico ha asignado a su discurso, el que no reduce su nivel de desafío ni ante los símbolos sacralizados de la muerte, ni ante los que se pertenecen al orden religioso. En el texto “entierro de un amigo” la transgresión a lo permisible salta todo límite en un enunciado que resume irreverencia, pero que a la vez alcanza una lograda originalidad:

“Cuando me quedé solo
frente a la lápida,
le arrojé semen y vino
lo único que a él
en verdad le interesó”

El animal poético clava sus garras en los “códigos de su cuerpo” y los somete a su desgarraduras profundas, como si tras de esta acción estuviera el intento de conseguir de sí mismo la exculpación de sus culpas. El vituperio, utilizado para desacreditar su filiación humana, cae con recurrencia visible sobre versos de fuerte catadura:


“Soy un demonio de cuerpo invisible
que se sumerge en el dolor de sus asesinatos”

La lengua de la bestia se embebe de un compuesto de amor-odio, cuando se interna en los meandros de una infancia traumática, difícil de evocar. Los poemas dedicados al padre, se erigen en los momentos textuales más altos y estremecientes, logrados por un animal discursivo cercado por sus conflictos vivenciales. El padre muriendo por un cáncer agresivo, figura que me remite a la del Mayor Sabines, cuyo hijo, el poeta Jaime, lo volvió asunto de una elegía memorable, es un interlocutor pasivo, pero a la vez suscitador de intensivos desbordes afectivos, a los que el poeta ha logrado condensar en textos cualitativamente, conmovedores:

“Todos los relojes dan la misma
hora y retroceden
cuando mi padre no era mi padre
sino un hombre
que se abría paso ante la vida”


El padre es la figura dominante de esta poesía presencia que es aludida con obsesión dolorosa, casi con furia reiterativa. Las otras presencias están condicionadas a este perfil omnímodo, como la de una madre que dentro de sí acumula rencor por las verdes palabras que le dirige su esposo.

“Mi madre llora
en un rincón de la cocina
su voz suena envenenada
por las palabras verdes de mi padre
mi madre es un río caudaloso
que no tendrá salida al mar”

Las prosas poéticas incluidas en el apartado “El beso de los dementes”, tienen como eje temático a la figura paterna y son páginas trabajadas con verdadero oficio, cuidadosamente labradas sobre una verbalidad cadenciosa, es decir provista de ritmo versal, el que adopta una pulsión ansiosa cuando el poeta trata de revivir al padre muerto a través de la palabra. Un cordón umbilical de trasvases angustiosos parece unir al padre con el hijo, de manera indefinida: trasvases de sangres, pero también, trasvases de afectos extraños pero auténticos, demostrativos de una forma de amar “más allá de la muerte”.

“Mi padre es la copa rota donde yo
bebo sus vicios. Soy su vicio más profundo,
su herencia vengativa. Mi padre es
una habitación abierta de par en par
donde yo entro sin zapatos
a corregir mis errores”


La bestia sigue bramando agonizante en el interior del poeta.


Guayaquil, 11 de diciembre de 2008.

* Texto leído en el auditorio Grupo de Guayaquil de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, Guayaquil, Ecuador.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Presentación de libros de Augusto Rodríguez parte I: Cantos contra un dinosaurio ebrio



Por Cecilia Vera de Gálvez

La voz que canta estos Cantos contra un dinosaurio ebrio nos involucra, a quienes los leemos/oímos, en una atmósfera de inquietud y desasosiego, mientras recorremos ese espacio/ciudad de vida y muerte atraídos, inevitablemente, por la palabra de un yo poético trasgresor de todo discurso y toda convicción.

Este poemario de Augusto Rodríguez, publicado en el 2007, en Barcelona, España, por la editorial La Garúa y prologado por Fernando Nieto Cadena, incluye dos secciones: la primera, denominada “El animal que hay en mí”, que contiene veintinueve poemas; y la segunda, “Esqueletos enterrados”, que abarca seis. A todos ellos los preceden, con definitiva pertinencia en su selección, epígrafes de Leopoldo María Panero, Charles Baudelaire y Gonzalo Rojas lo que nos remite a una identificación temática y de actitud poética propia de autores reconocidos, con la debida distancia de siglos, por su irreverencia, sus permanentes confrontaciones con el mundo que les ha tocado vivir y por su discurso innovador.

De allí que se desgrane a medida que avanzan los poemas, una intertextualidad convertida en varios casos, en diálogo entre textos y en otros, en glosa temática de otros autores. Así, el poema “Adiós padre”, se inicia con un epígrafe de Panero que dice: “Padre me voy: voy a jugar en la muerte/ padre me voy.” Y a continuación, el poema de Augusto Rodríguez continúa: Padre me voy/ me voy definitivamente a jugar con la muerte/ mis días se han tornado tenebrosos/ y ya no tengo/ tu mano sobre mis hombro/…” (48).

Estas incursiones discursivas o de circunstancias específicas como la ceguera de Borges, la invitación a Vallejo, las alusiones a Pound y a Bukowski, entre otras, se convierten en referentes que actúan en la poética de Augusto Rodríguez como motivos desencadenantes de su propia y original escritura. Se trata de una poética que reúne transversalmente, un conjunto de temas muy específicos: el origen vinculado a los afectos y desafectos parentales, el rechazo del enmascaramiento de un mundo por el que irremediablemente se ha de transitar, la ausencia de Dios, la presencia constante de la muerte o el hedonismo, como escapes de esas representaciones de una ciudad X, la infancia como refugio imposible e inservible para mitigar la soledad de ese yo en abandono y clandestinidad, al que nos remite el poema “Ese animal que hay en mí” (28), a través de una lograda retórica de las imágenes.

En el primer poema que inaugura el libro de Augusto Rodríguez, “Todo se irá a la basura” se define la caracterización discursiva del autor y la posición del yo poético frente a la vida: asumir lo cotidiano para poetizarlo y expresar las contradicciones afectivas y existenciales que la ponen en conflicto con el otro, con los otros. Esa voz poética exclama: “Mi corazón estallará como piñata de fiesta/ de lo que algún día fui/ no queda nada/ solo vómitos de transeúntes” y continúa más adelante: “La mejor poesía se sigue escribiendo en los baños públicos/ tanta es mi náusea/ que le vomitaré a la mujer que amo/” (25). Sin embargo, el conflicto encuentra, por una vez, salida mediante la vinculación del cuerpo, el lenguaje y el desciframiento de los sentidos a través de la escritura, lo cual se refleja en un excelente poema “Los dioses leen en mi piel” que dice: “Los códigos de tu cuerpo/ tienen múltiples alas/ donde mi enajenación se estremece/ y encuentra su espacio/ tu cuerpo es un pequeño lenguaje/ que los dioses leen en mi piel/ que solo yo descifro/ en mi escritura”. (34). Es la escritura el único espacio de desciframiento de sentidos que, en su amplitud, le permite al poeta metaforizar la vida para devolverla en textos que nos abarcan y conmocionan frente a la sinrazón y la inequidad de la existencia humana.

En “Despedida”, poema que cierra la primera sección de la obra, reúnen algunos de los temas que la recorren en constante juego dialéctico, y expresa la necesidad de evasión: lejos de las palabras, navegar por la eternidad, viajar por playas y selvas, son frases que terminan en la manifestación del deseo cada vez más inminente, de abandonar ese espacio/ ciudad en el que “ya no hay nada/ para mí/”- dice la voz poética-porque no quedan “más que los huesos/ de dinosaurios ebrios/ que nadie desea/ ni le interesa dilapidar.” (54) El vacío, la nada, mediante representaciones vinculadas al rezago de lo caduco y enajenado. En ese espacio en el que se afirma, desde otro poema, que “Nada somos/ mas que un poco de sol/ en los ojos/ y aire movido por los labios/…hay muertos que copulan con otros cuerpos/… (36). El sujeto de la voz poética se incluye en esa no-vida y más adelante, en el poema “Oración a un padre que ha fracasado” invocándolo, exclama: “ya no quiero seguir copulando con los muertos/ ya no quiero encontrarme en mis pesadillas con tu rostro moribundo/” (46). Son éstas, marcas discursivas que le permiten al lector apropiarse y experimentar ese sentimiento de orfandad ante destinos absurdos e irremediables, presentados desde la paradoja y la ironía que constantemente adquiere el tono fuerte del sarcasmo, el desenfado y la provocación y en otros casos, el de la derrota instalada en la fragilidad humana. Por eso se narra en un poema: “a veces mi infancia/ me somete/ y pienso/ que hay tiempo todavía/ pero con el paso de las hora/ me doy cuenta/ que no hay escapatoria posible” (39).

La segunda parte de esta obra, “Los esqueletos enterrados” toma el nombre del tercer poema de los seis que la integran. Esqueletos enterrados y visualizados como los otros, “ellos”, que en la memoria permanecerán como “los pequeños magos de la miseria/ que inventaron con sus cuerpos desnudos/ el mejor poema para ganar la victoria/ y no quitarse las máscaras…” (62). Se registran en esta sección del poemario, textos de excelente factura que retoman los temas transversales de la obra: los vínculos familiares, el recuerdo y la muerte del padre: “Todos los relojes dan la misma hora/ y retroceden el tiempo/…Mi padre murió en una alcoba de hielo/ y su cuerpo cada vez se adelgaza/ se empequeñece, se evapora,/ se disuelve en el aire vacío de la nada,/ la lámpara de la alcoba/ juega con la materia de su piel.” (57-58). Continúa otro poema con la presencia de la madre desde los sentimientos y la visión del yo poético: “yo trato de consolarla/ pero no hay consuelo/…yo trato de detenerla/ pero no tengo resultados. /Mi madre es un río caudaloso/ que no tendrá nunca/ salida al mar.” (59) El desencanto y la imposibilidad de lucha victoriosa abarca generaciones, es incluyente desde los desplazamientos simbólicos que propone el poeta en estos cantos dolorosos.

En esta parte, reaparece, en uno de los poemas el afán por absorber la infancia como un refugio que resulta ineficaz mientras “la ciudad y Dios duermen” y emerge así como confirmación cierta, la sensación de orfandad total. El libro se cierra con el poema “Decadente descenso” que consagra el deambular persistente y plural de un yo poético, ya despojado de todo: “vagamos sin rumbo/ -dice-sin señas, sin recuerdos, sin infancia/ por esta ciudad abierta de piernas/… (63). Se percibe, en ese texto, a través de imágenes que movilizan al lector en sus percepciones, la presencia de lo implacable, del determinismo que condena a un vagabundear por los espacios de la vida, “solo para seguir en nuestro decadente descenso/…en esta ciudad muerta o de muerte…” Y ya al finalizar se expresa: “tan solo seguiremos como un soldado moribundo / o un apostador sin su as bajo la manga/…” (63). Paradojas éstas que proyectan desde una actitud o irónica imposibilidad de lucha, la inevitable circunstancia de tener que sobrevivir.

Después de este recorrido de lectura por los caminos propuestos en los Cantos contra un dinosaurio ebrio, quedo movilizada, como lectora, tal cual lo he afirmado, por un admirable trabajo que plantea, desde el individualismo de la lírica y su discurso, una problemática que se universaliza en el contexto de la vida actual y de los exigentes y complejos requerimientos de la poesía contemporánea. Felicitaciones para Augusto Rodríguez y mi reconocimiento por haberme confiado la presentación de su poemario.

Guayaquil, 11 de diciembre del 2008.

*Texto leído en el auditorio Grupo de Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, Guayaquil, Ecuador.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Luis Félix López (1932-2008)

Hoy, en la ciudad de Guayaquil, falleció Luis Félix López, médico, novelista, cuentista y poeta manabita, radicado en la ciudad de Guayaquil. Estuvo fuertemente vinculado a la política, que lo llevó a ocupar cargos en las funciones ejecutivas y legislativas. En el año 1973 quedó finalista en el Concurso Internacional de Novela, en México, con su libro Los designios, con un jurado compuesto por Mario Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Miguel Otero Silva, José Revueltas y que ya lleva varias ediciones. Fue director y editor de prestigiosas revistas médicas en Estados Unidos, España y México. Entre otros destacados libros publicó El talismán (1995) y La noche del rebaño (Premio Joaquín Gallegos Lara, otorgado por el Distrito Metropolitano de Quito). En los últimos años de su vida fue el Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Núcleo del Guayas, cargo que por su larga enfermedad tuvo que cederle a la poeta Rosa Amelia Alvarado. Paz en su tumba. (En la foto superior el escritor aparece a la izquierda).

martes, 16 de diciembre de 2008

Memorias del I Festival Nacional de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño 2008


Ya circula las Memorias del I Festival Nacional de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño 2008 publicado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Núcleo del Guayas y el grupo cultural Buseta de papel, cuenta con los poemas de los treinta poetas invitados a esta primera edición. Además trae un prólogo del poeta ecuatoriano Fernando Iturburu. A continuación una breve muestra de este libro:


Freddy Ayala Plazarte (Latacunga, 1983)


VI

Conspira la geisha
ardida como una idea panteísta
por la cíclica cantera de seres mortales
hace parir su noche en la cofia del desierto
el ángel gregario de astronomías
adormece su espejismo

Su cuerpo es una vereda de salamandras
con el polvo de la viga derrama su pasado
lleva mucho tiempo en la garganta del mar
tragada por su leproso destino
en su espinosa yema almacena el olfato
de un desterrado brahmán
llora por la boca de los muertos
se deja mutar en la arcilla

Congelada de temores
escucha chocar su dentadura
-completamente hundida-
se aplasta en la lengua el alba
y come-las-vertientes-de-mi-corazón


Dina Bellrham (Milagro, 1984)


Lisis

Quisiera que sientas
el dolor en las ramas,
el hambre del tren a su paso,
el grito de la niña
cuando viola sus muñecas.

Abrir las piernas
es tan siniestro
como crear bocas en mis manos.

Es lastimero esto de esperarte
D i s p e r s a
para dormir enredada en los árboles.

A veces soy el florero de todas las salas
alojando dientes en tus costillas.

Qué bueno es esto
de abandonar los ojos en el baño.


Ernesto Intriago (Manta, 1986)


El muchacho

Tiene manos cortas para alcanzar lo suficiente
pies chicos para pisar lo necesario
el muchacho que abraza este poema
no roza siquiera su propia sombra
no sabe de pasados ni de mañanas
el muchacho que vive en este poema
es un día sin claros tardes sin oscuros
el muchacho que mira este poema
se avergüenza de todo cuanto ve
finge ser indiferente cuando llora
habla enmudeciendo su ira
el muchacho que llora en este poema
ríe burlándose del asco
el muchacho que ronda estas letras
vigila como un dios mi desagravio.


Edison Lasso Rocha (Piñas - El Oro, 1977)

La ciudad

Nos dejó construirnos en voz baja
(para no despertarnos)
y con precaución
integró la esquizofrenia con los laberintos
hasta precipitarse el carbón
que respiramos varias veces
pues es lo único que sirve aquí
y al final, sólo al final

Descubrimos nuestras manos tristes


María de los Ángeles Martínez (Cuenca, 1980)

Advertencia

Los ojos se cansaron
de arder,
pero todavía arden:
de llanto,
de furia,
de vacío.
Oye príncipe azul:
las princesas
se cortaron las venas
con lo que hallaron.
Una se ha abierto
la yugular
sin ningún glamour,
con un triste
tenedor de avión,
¡Todas las princesas
que me habitaban!
¡Todas!

Ana Minga (Loja, 1983)


XVI

El día que comenzaste a quedar en silencio
mi padre en el cartón de su ropa
traía el aliento de los amantes enterrados.

Callada supe
cómo el fémur crujía debajo de las hojas.

Este mes
ese padre mío dejará a los de Sumpa
saldrá de la llaga
bajo el brazo llevará sus restos
mientras yo por las calles
llevaré a tu hijo en el cerebro.

Rocío Soria (Quito, 1979)

Él (11)

Seres inanimados pueblan su cuerpo por dentro
está hecho de miles de ellos
está hecho de las repeticiones de sus propios gestos y lloros
tantos que le es imposible encontrarse la cara con la mano y secarse
los ojos.
Seres inanimados pueblan su costumbre,
tiene espejos atravesándole la columna vertebral,
se apoya pero no lo lamenta,
se acarrea en su soledad sórdida
de un lado hacia otro
con una inexplicable picazón en las ventanas.
Una canción oscura vive en el fondo de sus ojos,
como terminando de alucinar
con el ángulo homicida empotrado en alguno de sus enfisemas.
Ha olvidado abierto uno de los cajones dentro de su cabeza,
y es como si una fruta rodara para perderse
debajo de algún sillón.
Y ningún ángel le guardara fidelidad.


Tyrone Maridueña (Guayaquil, 1986)

Nacimiento

Escapar de los sordos abismos de la palabra
es un movimiento que pertenece a los niños

Es crear algo más fuerte que la muerte o el amor
Es la transformación de la ciencia o de lo existente
en algo más elevado;

Todo será expulsado de nuestra piel y quedaremos sonrientes ante el último
nacimiento

seguro las personas que mueran después
podrán escribir con su mano izquierda

-sólo después de cortarse la lengua. Por respeto

su nombre en el sagrado libro de los locos
y entrar a nuestra guarida de lobos y vírgenes azules.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Los ganadores del concurso Ileana Espinel


Encuentros gratos entre los poetas, lecturas de sus creación literaria, lanzamiento de obras y reflexiones sobre el legado de la poeta guayaquileña Ileana Espinel fueron los matices de este festival, cuyo concurso de poesía obtuvo una destacada participación de obras de diferentes puntos del país. La obra ganadora se hizo acreedora a US$500. Citamos el veredicto del jurado, compuesto por los poetas Fernando Cazón Vera, Sonia Manzano Vela y Siomara España.

"En la ciudad de Guayaquil, reunidos los jurados del I Festival de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño 2008, organizado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas y el grupo cultural Buseta de papel, luego de analizar los trabajos enviados al certamen, se decidió otorgar el Premio Único, al conjunto de poemas titulado “Isadora”, firmado con el seudónimo Ed Kemper; en mérito a las imágenes, al ritmo y a la musicalidad de estos textos, y al buen uso de un personaje de ficción, creando unos versos altamente logrados que le hacen honor solamente a la buena poesía.

El jurado decidió conceder la Primera Mención de Honor a los poemas “La mujer de Helio”, firmado con el seudónimo Euterpe, poemas en prosa de gran fuerza y de imágenes conmovedoras. La Segunda Mención de Honor a los versos “Ambigüedad de deseos” con el seudónimo Min-isis, poemas altamente eróticos y fuertes. La Tercera Mención de Honor para “Desobedientes papeles” con el seudónimo Dick Greison, poemas limpios que conjugan el arte de la escritura con la poesía y la Cuarta Mención de Honor para los poemario “De origen incierto” con el seudónimo Josué Abatista Rodríguez por su musicalidad y sus imágenes logradas.

Abiertos los sobres, se comprobó que el Premio Único, firmado con el seudónimo Ed Kemper corresponde a Rocío Soria, de la ciudad de Quito. La Primera Mención de Honor, firmado con el seudónimo Euterpe, corresponde a Dina Bellrham, de la ciudad de Milagro-Naranjito. La Segunda Mención de Honor, con el seudónimo Min-isis, corresponde a Tamara Pin Acosta de la ciudad de Guayaquil. La Tercera Mención de Honor, con el seudónimo Dick Greison, corresponden a César Eduardo Galarza de la ciudad de Guayaquil y la Cuarta Mención de Honor, con el seudónimo Josué Abatista Rodríguez, corresponde a Johanna López de la ciudad de Quito.

Dado en Santiago de Guayaquil, a los 12 días de diciembre del 2008"

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Cronograma del I Festival de Poesía Joven “Ileana Espinel Cedeño” 2008



Organiza la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Núcleo del Guayas y el grupo cultural Buseta de papel. Auditorio Grupo de Guayaquil. Guayaquil, Ecuador.


Miércoles 10 de diciembre

19:00 Inauguración y palabras de bienvenida
19:30 Lectura de Luis Bravo, Dina Bellhram, Andrea Icaza, Tyrone Maridueña, Solange Rodríguez, Xavier Hidalgo y Cesibel Ochoa.
20:15 Muestra de fotos y música por José Núñez del Arco.
20:30 Homenaje a la trayectoria y presentación del libro de Fernando Cazón Vera.


Jueves 11 de diciembre

19:00 Ponencias
19:30 Lectura de Edison Lasso, Alex Tupiza, Diego Cazar, Siomara España, Ernesto Intriago, Alexis Cuzme, Tamara Acosta y Rocío Soria.
20:00 Presentación de libros
20:30 Mesa redonda sobre la poeta Ileana Espinel (Sonia Manzano, Maritza Cino y Fernando Cazón Vera)


Viernes 12 de diciembre

19:00 Ponencias
19:30 Lecturas de Jairo Estacio, Ángeles Martínez, Andrea Samaniego, Freddy Ayala Plazarte, Johanna López Santos, Ana Minga y Víctor Vimos.
20:15 Premiación al poeta ganador del I Premio de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño
20:30 Lectura de Mercy Carmona, David Guzmán, Rafael Méndez, Carlos Vallejo, Miguel Antonio Chávez y Augusto Rodríguez.
21:00 Despedida y cierre del Festival

Ponencias:
Siomara España, Augusto Rodríguez, Diego Cazar, Ana Minga, Alexis Cuzme y Freddy Ayala Plazarte.

martes, 2 de diciembre de 2008

13 poetas ecuatorianos, antología publicada en Venezuela



Ya circula la antología 13 poetas ecuatorianos publicada por la editorial El Perro y la Rana, en Caracas, Venezuela. La reconocida poeta y periodista quiteña Aleyda Quevedo Rojas escribió el prólogo, hizo la selección y las notas. Los poetas ecuatorianos seleccionados son: Cachivache (Quito, 1979-2000), Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979), Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977), Javier Cevallos Perugachi (Quito, 1976), Carlos Vallejo Moncayo (Quito, 1973), Franklin Ordóñez Luna (Loja, 1973), Enver Carrillo (Quito, 1973), Ángel Emilio Hidalgo (Guayaquil, 1973), Paúl Puma (Quito, 1972), Carlos Garzón Noboa (Quito, 1972), Marialuz Albuja Bayas (Quito, 1972), Pedro Gil (Manta, 1971) y Luis Carlos Mussó (Guayaquil, 1970).


Por
Aleyda Quevedo Rojas


La tradición poética del Ecuador resulta imposible sin puntos de fuerza y resonancia fundacional como Jorge Carrera Andrade, Alfredo Gangotena, César Dávila Andrade, Lydia Dávila, Medardo Ángel Silva, Hugo Mayo, Gonzalo Escudero, Jorge Enrique Adoum, Efraín Jara e Ileana Espinel. Partiendo de estos poetas se podría trazar el mapa de la poesía contemporánea del Ecuador, poco editada y difundida en nuestro continente pero que está a la altura de la mejor poesía escrita en Perú, Chile, Argentina, México, Venezuela o Nicaragua. Y es partir de esa rica tradición, que me propuse armar una antología de poetas nacidos a partir de 1970, es decir, en la década en que yo nací, y que hoy configuran una interesante tela que pinta la poesía que se escribe en el país megabiodiverso y pluricultural que somos; Ecuador amalgama de aires urbanos y rurales; el Ecuador de múltiples sensibilidades e imaginarios como se intenta plasmar en esta lectura de estos 13 de la mitad del mundo. 13, número cabalístico, no por lo de viernes 13, sino porque con él apuesto a la poesía futura, convencida de que la mayoría sobrevivirá para contarnos cómo era los que escribían cuando fueron antologados para El Perro y la Rana y publicados en Venezuela.

Si bien toda antología es solo una muestra estructurada desde el gusto, la sensibilidad, el conocimiento y los contactos de la antologadora, toda antología también implica riesgos necesarios, retos esenciales y nuevos detractores, pero para mí es la única posibilidad de difundir diferentes revelaciones de paisajes reales y oníricos. Por ello, aquí está mi antología de 13 autores nacidos en los 80, que sin temor a equivocarme retoman una potente tradición poética, aún desconocida en gran parte del continente y del mundo. Es, como todas las muestras, creada a partir del gusto personal, íntimo y subjetivo pero también ha sido construida a partir de múltiples lecturas críticas, análisis de trayectorias y acercamientos personales, en muchos casos. Es que no es posible trabajar una antología desde la lejanía…pues una antología, tal y como yo la pienso y siento, encierra afectividades, afinidades selectivas, acercamientos cuestionadores y sobre todo, lecturas honestas, por ello, debo confesar que me faltaron tres poetas a lo que no pude incluir porque dos de ellos viven fuera del Ecuador, y el otro, simplemente no tuvo el tiempo para atender mi solicitud.

Siento que, de alguna manera, estos 13 poetas nos muestran una parte del presente y futuro poético del Ecuador. Es la poesía que hoy se escribe en Guayaquil, Quito, Manta, Loja…son poetas apegados a la tradición y poetas que rompen el canon, poetas de enorme rigor en el lenguaje como Ángel Emilio Hidalgo y Luis Carlos Mussó; o de inagotable vitalidad y pureza como Enver Carrillo, Franklin Ordóñez Luna y Carlos Vallejo Moncayo; también están poetas como Marialuz Albuja Bayas, Javier Cevallos Perugachi, Augusto Rodríguez y Carlos Garzón Noboa que se mueven por las aguas de las imágenes, las ciudades y su rico mundo interior; Pedro Gil, Paúl Puma, Ernesto Carrión, son poetas de rupturas y tradiciones, de submundos y ficciones; y Cachivache, rarísimo poeta que nos dejó una de las más singulares poéticas ecuatorianas, un mundo propio y una voz inconfundible. Todos ellos, tras la herencia y la ruptura de sus más inmediatos como Paco Benavides (1964), María Fernanda Espinoza (1963), Margarita Laso (1963), Edwin Madrid (1961), Jorge Martillo (1957), Roy Sigüenza (1958), Carmen Váscones (1958), Mario Campaña (1958), quienes ya han dado significativos aportes a la nueva lírica del Ecuador.