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CAMINOS PARA LA LITERATURA FANTÁSTICA EN NUESTRO PAÍS


Por Santiago Páez

¿Podemos hablar en nuestro país de Literatura Fantástica sin que esta sea una copia de lo producido por los anglosajones, de Tolkien o de Bram Stocker?

Para hacerlo, deberíamos remitirnos a un antecesor ineludible: el Realismo Mágico, un producto estético de Latinoamérica que mixtura el Realismo Fantástico europeo, proveniente del surrealismo, y el Realismo Maravilloso –el de los Cronistas de Indias-, generado por el descubrimiento de la realidad hispanoamericana, funda una peculiar forma expresiva, intensa y barroca en la que, sin solución de continuidad, coexisten lo real y lo mágico. Quien intente hacer Fantasía en Sudamérica, debe saber que trabaja sobre el terreno que desbrozaron los autores del Realismo Mágico.

Señalemos, también, que al hablar de Literatura Fantástica, estamos refiriéndonos a uno de los géneros de la narrativa; José I. Ferreras, afirma que lo que permite definir los géneros es la mediación que los constituye. En el Realismo, media la idea de la sociedad, sus procesos y luchas, en la novela de Aventura median lo lejano y lo exótico. En la Fantasía (como en los Realismos Mágico y Maravilloso) media con todo su poder el mito.

Los autores ecuatorianos de la última generación consolidada (por ejemplo Leonardo Wild, Gabriela Alemán, Edgar A. García o J.D. Santibáñez) nacidos entre 1955/1970 han seguido, a veces, el derrotero de la Literatura Fantástica, que trazara Jorge Dávila con sus Historias breves y fantásticas (y que inaugurara en nuestro país, con algunos de sus cuentos, César Dávila). Wild, Alemán, Santibáñez y los otros hacen ciencia ficción, fantasía, aún thrillers ecológicos, y ubican sus relatos, siempre irónicamente, en campos cercanos al cómic, la narrativa policial o la de aventuras. Luego, parece claro que en nuestro país se hace una literatura cercana al género de la Fantasía.

Reformulando a la pregunta que inicia este artículo, nos podríamos inquirir: ¿Puede una literatura como la Fantástica participar, incidir en el proceso de construcción de nuestra identidad?

Sí. Y esta incidencia tendría al menos tres proyecciones.

Podremos usar los mitos ajenos liberadoramente si nos apropiamos de ellos y los modelamos a nuestra imagen. Aún podemos apropiarnos de ellos impugnadoramente, cabría, por ejemplo, una parodia de Superman viviendo en nuestros barrios miseria… Este camino –con mitos como el del hombre lobo- lo ha seguido Gabriela Alemán dentro de una poética muy propia y brillante. J. D. Santibáñez con su superhéroe urbano Pedestrian logra historias muy divertidas e intensas.
Podemos, también usar para nuestras invenciones narrativas nuestra mítica que es tan rica y sugerente como cualquier otra: historias sobre los seres fabulosos de la Sierras y la Amazonia, sobre el Riviel en Esmeraldas o los caminos de los Yumbos en el subtrópico… Esta senda la ha seguido Edgar A. García, en su literatura infantil.

Finalmente, una de las vías que parece más interesante implica regresar al Realismo Maravilloso, de los cronistas y primeros historiadores, y construir historias. Basta tomar, como universos para fabular, los presentados por el padre Juan de Velasco; en su Historia coexisten animales fantásticos como el Quimsa ñahui una especie de cánido con tres ojos cuyo tercer ojo brillaba en la noche y que los indios usaban para alumbrar los caminos, personajes fabulosos como los famosos “gigantes sodomitas”, o plantas imposibles como aquellas cuyos frutos se transforman, con el paso de las estaciones, en insectos de patitas temblorosas…




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