lunes, 15 de junio de 2009

La antología de Bruno Sáenz Andrade (1963-2005)


Si tuvieramos que hacer una lista de los poetas vivos más importantes del Ecuador, en esa lista debería estar el quiteño Bruno Sáenz Andrade (1944). La CCE publicó una muy justa antología, que nos da una amplia visión de su poesía (1963-2005). Vale la pena leer este libro y darnos cuenta que estamos ante un poeta realmente valioso.
Sáenz ha publicado cinco libros de poesía (El Aprendiz y la Palabra; La Palabra se Mira en el Espejo; De la Boca que, abriéndose, manda al Silencio que se ponga a un Lado; ¡Oh, Palabra otra Vez pronunciada; Escribe la Inicial de tu Nombre en el Umbral del Sueño -el último editado en Quito y en Mérida, Venezuela), entre otros poemarios y dos de teatro (Comedia del Cuerpo; Biografía Ejemplar del Doctor Fausto). Algunos de sus textos constan en antologías colectivas. Tiene también dos antologías personales (Cuenca y México). Es miembro de la Sección de Literatura de la matriz de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Abogado de profesión, graduado en la Universidad Católica de Quito, con estudios en la Universidad de Toulouse, Francia, se ha desempeñado como Secretario General del Consejo Nacional de Cultura, Director de Asesoría Jurídica del Tribunal de Garantías Constitucionales, Subsecretario (Viceministro) de Cultura y Director Nacional de la Escuela de Capacitación de Fiscales del Ministerio Público.
Respecto a la obra de Sáenz, el poeta brasileño Marcio Catunda dijo: “¡Cuánta belleza en tu libro De la boca que, abriéndose, manda al silencio que se ponga a un lado! Se trata de un compromiso definitivo del poeta, viajero entre los instantes de la poesía, y la naturaleza. En el aire arrebatado, con versos recogidos por la sombra, cantas la naturaleza que está dentro y fuera de nosotros.” AR


NATURALEZA MUERTA CON FRESAS

En pleno tráfago de las seis de la tarde, moviéndose como una mancha de vivos colores entre los vehículos, las luminarias tempranas y los andares grises de los transeúntes, se acerca a mí el vendedor de fresas. Se ha cubierto, para protegerse del sol moribundo, con un sombrero de ala ancha. De sus brazos largos, morenos, de sus manos de prestidigitador parece desprenderse el cajón colmado de frutillas rojas, carnosas, de la promesa de la dulzura y la leve acidez tan parecidas a las de la esperanza. Una mujer exhibe en su bandeja la redondez de las cerezas, el don aromático del agua, la fruta atada aún al brevísimo tallo. Otros voceadores pregonan la excelencia de una tarjeta telefónica, la potencia de una linterna, los méritos de tal o cual dminículo. Sus voces se suman al elogio de nuestra era de plástico y de papel. Una cifra, un diagrama de barras, un trocito cuadrado de cartulina endurecida designan a la persona, reemplazan a sus señas más íntimas, borran los nombres de las cosas. Una niña, asomada a la ventana de una máquina de lujo, un feo cilindro de metal resplandeciente, sopla sobre la calzada, arroja al aire una pompa de jabón, una invisible esfera a la luz casi tangible del cielo vespertino.

UN POETA EN UNA ANTOLOGÍA
Un nombre descarnado,
igual al hueso limpio, a la piedra porosa;
las fechas –dos-, abajo, entre paréntesis:
algo muy parecido a una esquela mortuoria,
a lápida esculpida
en la inmortalidad de un trozo de papel,
a un epitafio escrito sobre la nada, sobre casi nada.
¡Voltea ya el sudario, la hoja amarillenta!

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