martes, 12 de enero de 2010

Cuando los perros se enamoran


Por Ana Minga

Desde hace meses cargo un diagnóstico que se confirma cuando veo en la oscuridad.El día en que los doctores me dieron la noticia tuve ganas de tomar un avión con rumbo a la Patagonia, un lugar que quiero conocer más que Italia. Pero respiré profundo y recordé las palabras de Efraín Jara Idrovo, “la vida vale la pena por los instantes y no por su eternidad”. Entonces, me quedé a escuchar un sonido que me latía como tambor dentro del cuerpo.
En mi trabajo ya saben que además de periodista soy escritora (con el perdón de quienes piensan lo contrario y para su risa, esta “revelación” no me dio ningún aumento de sueldo). Cuando lo supieron, una de mis compañeras, como si el escritor tuviera las respuestas a todo, me preguntó sobre lo que debía hacer en el amor. Y yo que me doy a la filosofía de esquina, no supe qué pronunciar, tartamudee y le mentí un poco, como si fuera la experiencia que daba algo de sabiduría al alumno.
Salí del trabajo pensando en aquella conversación, era de noche, me puse a caminar entre el apagón de la ciudad y recordé a la escritora Rosa Montero, quien comenta que los artistas no son gente distinta a los demás, aunque se piensa que “los literatos son el oráculo de Delfos, y al abrir la boca empiezan a soltar mentecateces, porque nadie puede ser un experto…” Además, Montero opina que habemos literatos que en persona, solemos ser unos miserables.
Luego de sus palabras, me vino a la mente que además de ser miserable en la literatura, también lo soy como periodista. Miserable en tantos ámbitos de esta profesión y para demostrarlo solo un botón: Los periodistas nos vinculamos con la créme de la créme del homo sapiens, pero tantas veces caminamos bajo el sol del medio día, buscamos un bus y vamos como papas aplastadas hacia el trabajo. Es decir, disfrutamos por momentos de los manjares del poder, pero vivimos como pordioseros.
Después de esta reflexión, me sentí tan culpable por haberle metido cuento a mi compañera, porque qué puede saber del amor una miserable periodista, que además se cree escritora, del grupo que hace arte gratis para el placer público, como recalca Montero.
Pero luego de la culpa me tuve miedo, porque el tambor volvió a sonar y creo que la inspiración me pilló trabajando como anhelaba Picasso.
Para que este tambor suene sobre el papel, me fui pronto a la casa y empecé a escribir de corrido. Al siguiente día, lo escrito lo envíe a un concurso, del cual saqué una mención de honor, dizque porque mis versos no tenían ritmo para el primer premio.
Pues sí, en mis versos no incorporo salsa ni cumbia, me dije cuando supe el veredicto. Pero luego lo aplaudí, porque haber escrito de corrido varios textos, en una sola noche, para mí, ya era ganancia y si para la próxima trabajo un poco más, pueda que me lleve la canasta navideña…
Nunca escribo de lo cursi que puede resultar el amor, pero creo que me ha llegado la edad, en que uno se sienta toda la noche a entrenarse sobre el tema, en mi caso, con la inspiración que me da la fuente a la que visitó como periodista, en el día.
Qué vergüenza me da confesarlo, pues creo que siempre hay que ser profesional, pero este no se qué y que no sé a dónde va, me pone en la encrucijada.
Siempre visito a mi fuente, aunque a veces no tengo motivo y ni siquiera puedo pronunciar correctamente el Buenos Días.
(Los perros cuando se enamoran poco o nada le importa las leyes, ni reglamentos, ni la diplomacia... lo único que tal vez quieran es un decreto constitucional que los ampare en sus travesuras).
En el trabajo creo que ya se han dado cuenta y por eso, intentan mantenerme encerrada, cual silla que debe servir para algo. Qué lamentable, me digo, porque este no sé qué, idiotiza y para idiotas ya tenemos demasiado. Sino, otra vez, para muestra un botón: Cuando voy a realizarme alguno de mis exámenes, me retiro los lentes de contacto y aunque les aclaro a las enfermeras de que no veo, ellas gritan,“¡Venga por acá, siéntese en el banco azul, ahora sígame por el pasillo, no por allí, acaso no ve…!” Ay, aquí si la exportación de idiotas nos diera dinero, seríamos el país más afortunado…
(Espero que al resto de perros enamorados, el amor no los haya convertido en absurdos o en inútiles. Ojalá estén lúcidos, aunque la lucidez tiene su precio:
la locura)
En este estado que no puedo definirlo porque puedo caer en el ridículo del dulce empalagoso, he recurrido a un texto que escribió el 12 de julio del 2009, Bernard Fougéres. El artículo de opinión se titula “Amar o enamorarse”. Aquí Fougéres asevera que el enamorado utiliza lo que llamamos la intuición y que este no se qué, “le reza al cuerpo amado, canta bajo la lluvia, desafía la lógica o se convierte en costumbre sin pena ni gloria… se sienta en el suelo hasta el desconsuelo”.
Y las frases qué más me gustan de su texto son: “El amor extremo vive entre alambres electrificados”. Claro, porque “el amor demasiado cuerdo tiene seguro de vida pagable en cómodas cuotas de aburrimiento”.
Fougéres también menciona que “amar es cuando usted tiene ganas de que alguien tenga ganas de usted, se queda mudo, el teléfono quema las manos…” Y esto me está pasando, pues la miserable escritora y periodista, cuando ve esas largas pestañas que cubren sus ojos cafés, se queda muda y al diablo
con la coyuntura del país y los conflictos internacionales. Es decir, de una manera rápida, me he vuelto una orate que al mismo tiempo, como dice Henry Miller: siento más que la mayor parte de la gente…
Julio Cortázar, en su libro “Salvo el crepúsculo”, encierra páginas que desarrollan este sentimiento. “Si he de vivir sin ti, que sea duro y cruento, la sopa fría, los zapatos rotos, o que en la mitad de la opulencia se alce la rama seca de la tos, ladrándome tu nombre deformado…Tan lejos ya de ti, como un ojo del otro, de esta asumida adversidad, nacerá la mirada que por fin te merezca”..
En cambio, el poeta español, Luis Rosales comenta: “Ya he empezado a morir para aprender a verte con los ojos cerrados. Así será mejor, para toda la vida no basta un solo amor, tal vez el nuestro sea para toda la muerte”.
Y como ellos, hay tantos que tuvieron el valor de decirlo. Pero para probar más criterios llamé al poeta ecuatoriano Roy Sigüenza, quien se sorprendió cuando le pregunté: ¿qué es para ti el amor?. “¡Qué pregunta!, me dijo y añadió que para él, el amor y el desamor van de la mano, pero que esto no era novedad, sino una contradicción. “Ana, llamarás otro rato, pero no para asaltarme con esto que es tan complicado”, concluyó entre risas.
Mientras tanto, Carlos Vallejo, a quien siempre recurro cuando me falta lucidéz. Me dijo que si se quiere hablar o escribir del amor, se lo debe hacer a partir de la siguiente idea. “Imagina una noche, en que tienes que despertar a esa persona amada, quien ha sufrido mucho y padece una enfermedad terminal y le dices: mi amor, perdona que te despierte, pero debes tomar la pastilla… Y esa pastilla será la que los separe para siempre…”
Fernando Vallejo, en una entrevista en la que le preguntaron cuáles son sus sentimientos hacia Colombia, respondió que la prefería muerta, pues la amaba demasiado y ya no soportaba su sufrimiento… La periodista se sorprendió y cuando él repitió su aseveración en un auditorio, varias personas lo tomaron a mal.
Para usted, amable lector, que ha soportado todo este plomo de palabras, ¿qué es el amor?
¿Y para mí? “Amar es mirar a los ojos a la esfinge”.
Hasta el momento, a él, le he dicho que me iré. Cuando me escuchó se puso blanco y me gustó su reacción, aunque no sabe que mi partida puede separarme para siempre de su lugar de trabajo, pues si los doctores me ganan la jugada, tendré que hacer maletas.
Todo periodista y escritor, debe tener un esfero a la mano, pero la última vez en que lo vi, ningún esfero sirvió para apuntar la información. Él me dio el suyo y terminada la reunión, sin que me viera, lo guardé en mi bolso como si fuera el tesoro más preciado para un inaugurado fetichista. Cuando regresé a casa supe que había perdido el tesoro, porque estúpidamente lo mezcle con otros esferos y ya no sabía cuál era el suyo. A este punto he llegado…
Cuando los perros se enamoran languidecen, pues no comen por estar parados frente a la esquina o a la casa de su interés.
Cuando un periodista se enamora, le importa poco lo que diga el Gobierno, los enlaces sabatinos y cómo debe realizar la noticia, para que no lo manden a los quintos infiernos en su trabajo. Solo cierra los ojos, recuerda y sueña, mientras algún volcán explota.
Cuando un escritor se enamora, los diagnósticos clínicos y los boletines de prensa, le sirven para escribir al ser amado, algo como… “Yo te espero de pie al final de esta línea”.

2 comentarios:

leonardo francisco alvarado zambrano dijo...

hola como están me gustaría que miren mi blog soy un poeta joven

Ely dijo...

Hola. Me quedo con lo escrito por Bernanrd Fougéres que cita en el artículo "Amar es cuando usted tiene ganas de que alguien tenga ganas de usted"...pero no sólo alguien, no cualquiera. Es una persona, una sola, que por ángulos, perspectivas, olores, sonidos -vaya usted a saber-, nos sorprendió.

Me gustó mucho el texto. Felicidades.