sábado, 28 de junio de 2014

El Libro Negro de Augusto Rodríguez, Antología personal 2003-2013. Universidad Autónoma de Nuevo León, México 2014



Fervor tisular y otras fisuras

Una de las verdades más conmovedoras que puede ofrecernos la poesía en el siglo XXI es que la escritura es también cuerpo. No sólo porque la acumulación de los borroneos sobre una página en blanco se acumulan de tal manera que crean una mónada que resiente de las ausencias, pasiones y deseos de un autor; sino en el sentido más orgánico  de que se escribe desde nuestra condición concreta y física. Nuestra escritura es también el registro de nuestras condiciones de salud, nuestros gozos y placeres, nuestras dolencias. Es notable cómo la primacía del cuerpo como objeto, como sujeto a una escritura, toma forma en una parte de la poesía contemporánea. Dos ejemplos que vienen a cuento, inevitablemente, son el argentino Héctor Viel Temperley y la venezolana María Auxiliadora Álvarez. Desde una feliz escritura amorosa, pasando por una iluminación mística producto de la trepanación, hasta el padecimiento de una maternidad atormentada y un parto traumático, estos ejemplos dan cuenta de cómo el cuerpo es tomado por entero y requiere más que nunca de un asiento escritural. De un registro y reapropiación sólo posibilitado por la indagación poética. En ese sentido es que la escritura de Augusto Rodríguez es el recuento de su cuerpo. De un cuerpo que ha sido una variable mayúscula de registros. Desde los primeros poemas de homenaje a Pablo Palacio, se configura que el cuerpo será el escenario, pero también el protagonista de un periplo que busca indagar sobre lo más cercano y por tanto, en palabras de su querido Viel Temperley, lo más desconocido. Voluntad de fractura, pero también de reconciliación con la historia que ha tenido lugar en ese cuerpo. Porque para Rodríguez, si algo nos queda de nosotros mismos en escenarios lejanos en el tiempo, algo que nos recuerdo lo que hemos sido, es ese mismo cuerpo. Así, todo el tiempo que hemos sido está contenido, conservado, en una especie de suspensión animada, en nuestro cuerpo. Porque cuando digo cuerpo no me refiero solamente al organismo que nos gobierna y nos obedece (vana ilusión la de la voluntad ejercida sobre nosotros). Sino sobre todo a ese tejido que resulta de nuestra representación sobre la solidez física de nuestros furores tisulares. Somos parcialmente cuerpo físico y sobre todo, representación de ese cuerpo, intricado en un relato que constantemente nos estamos reconfigurando. Un relato abierto que se escribe y nos escribe. Que también nos borra y nos anula. (No llama la atención en demasía que para referirnos a esa relación usemos el “nosotros”. Siempre que nos referimos al cuerpo somos un nosotros. Nuestro doble está a nuestro lado todo el tiempo. Es aquel que hace sombra y nos permite el contacto con el otro. Así de ominoso, palabra freudiana donde las haya. Yo es siempre un plural.) Los poemas de Augusto Rodríguez han venido configurando una cartografía de la relación de sí mismo con su otro interior (y exterior), pero también de cómo ese cuerpo asume la enfermedad propia y ajena. Es notable la serie de poemas dedicados a la enfermedad y muerte de su padre. Porque revelan que el enfermo no es nunca un solo individuo. Enfermo es un verbo que se conjuga en plural. La dimensión irracional de la experiencia se subraya con las constantes reiteraciones de versos, que como una especie de responso, van construyendo un sentido a algo que se escapa a nuestras especulaciones. Morir es siempre, también, cosa de varios. Por eso, la escritura de Augusto Rodríguez apuesta por una comuni(cac)ión con un semejante que nos habita. A esa presencia (me cuesta teclear “interna”, y sin embargo, el lenguaje no puede registrar una experiencia corporal que no sea necesariamente un juego de “adentro/afuera”), decía, presencia como aspas es a la que el autor trata de cercar, sabiendo que es imposible, pero no por eso impracticable. A el humor constante en sus primeros poemas, la segunda parte de su trabajo opone una visión más descarnada del mundo. Magra, pero no menos ahíta. Es como si la escritura desbordara realidad. El tono autobiográfico y la necesidad formal de constituir ese retrato hablado, se vuelven un imperativo ético en una escritura formada de preguntas y congelada en la inminencia. La serie final de esta recopilación, dedicada explícitamente al cuerpo y sus variantes, es una reiteración de esa obsesión escritural. Algo viene, y es nocivo. Emblema dela tragedia es al anagnórisis que aquí el autor emprende con singular placer. No hay masoquismo posible porque la normalidad se ha corrido al sufrimiento. No hay constatación de la existencia sino es en esa forma de la escritura, politizada y formalmente variante, que despeña el sentido y asume la incertidumbre como bandera. Esta escritura será cuerpo o no será.

Luis Alberto Arellano

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