miércoles, 2 de abril de 2008

Matar a la bestia en Lima, Perú


Por Paolo Astorga

Revista Remolinos, Lima, Perú


Para intentar una aproximación al mundo, el poeta es casi siempre un ser doliente, imbuido en esa oscura atmósfera nocturna y caótica que no sólo nos refiere una desolada eternidad, sino que nos increpa una respuesta, una “decisión” ante la nada, que se ve reflejada íntimamente con todo acto de frustración o deseo de lograr conciencia partiendo desde una individualidad que casi siempre esta ligada a dos entes primordiales: el Eros y el Thánatos, que al ser integrados de una manera irónica y sagaz al discurso poético, logran una aproximación casi fanática por la obtención de ese concepto tan esquivo que todos llamamos felicidad.

Matar a la bestia (Mantis Editores, México, 2007) del poeta ecuatoriano Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979), desde sus primeros versos acusa (irónicamente) el falaz hecho de ser poeta, interpretando al otro en base a sus deseos y pasiones (las bestias que nos habitan eternamente), no simplemente como un mero objeto, sino que el discurso es morosamente interceptado por referencias carnales con relación directa al acto erótico-carnívoro. Este concepto contradictorio se resuelve en el discurso con la derrota del yo poético (y por consiguiente la frustración traumática de sus deseos), con la intención certera de crear un nuevo acto comunicativo que tendrá concertación con el lector de manera inmediata y que será en todo caso mostrarle las profundas incoscecuencias que existen entre los humanos, pero inmersos en su inhumanidad, logrando así que sus poemas no solamente integren un corpus estético dentro del libro, sino que su intensión fundamental sea la de denuncia, denuncia que no simplemente se da criticando las acciones erradas o absurdas del otro, sino también convirtiendo al poeta en "el otro" y sus inconsecuencias; el paria eterno:

“a los judíos en la época nazilos revisaron de pies hasta el alma fueron golpeados física y sicológicamente lo último que supe es que los devolvíancomo paquetes extraviados, a su lugar de origen a su Ecuador imaginario a su Ecuador querido y lejano que de seguro no los espera.”
[1]

Augusto Rodríguez nos entrega en este libro antológico todo una etapa de su poesía. En él podemos encontrar algunos poemas de los libros anteriormente publicados: Mientras ella mata mosquitos; Animales salvajes; La bestia que me habita; Cantos contra un dinosaurio ebrio; y un último no publicado anteriormente llamado: El beso de los dementes. En la poesía de Rodríguez no sólo disfrutamos de un poeta decantado y directo sino que en esta última publicación podemos observar quizás lo más poderoso que mueve toda su poética: La ironía, el dolor, la nada, que son temas recurrentes en toda su veta creativa que tomará matices distintivos y muy personales desgarrando heridas, recuerdos, fantasías que inconscientemente estructurarán un solo cuerpo, que es la poesía, un solo devenir, el ser poeta:

“Al final, el lector (des)preocupado aplaudirá de pie hacia el vacío las sombras de la nada porque un poeta más de este mundo ha sido decapitado entre los espectadores.”
[2]

Los poemas de Augusto son explosivamente intensos. Su interacción con el dolor visto desde una perspectiva cognoscitiva, es en sí esa herramienta que el vate tiene no sólo para desnudar una cruda realidad, sino también para interpretarse así mismo. Los actos cotidianos revelan la lucha eterna y constante del hombre por conseguir su “identidad”, pero que al ser distorsionada por profundas contradicciones, sólo se logra una sentencia concreta, la condena inevitable:

“Cada día me sumerjo en sus enfermedades incurables, irreversibles virus en sus cólicos renales. Maldigo el día que me sellaron el pasaporte intransferible y el policía me dio una prórroga indefinida en este país llamado dolor. En este lugar estamos todos condenados.”
[3]

Es un hecho pues que el poeta no sólo tratará de mostrarnos “su mundo”. En la poesía de Augusto la realidad humana se transforma y desarrolla tomando e integrando elementos próximos a lo grotesco, la superficialidad posmoderna en la que estamos inmersos y tomamos como verdad, como algo normal e invariable. Cabe resaltar que el poeta es un “ser que embellece lo absurdo”, es decir que al exponer motivos grotescos, inconsecuentes o irónicos, él nos deja en sí la esencia de una somera esperanza y por ende una patente preocupación por hacer que la humanidad tome una posición ante su mundo. En ese caso el poeta se comporta como un develador, un desenmascarador desenfadado que escribe desde su única fe posible: La palabra, la poesía que no sirve, que no llega, pero intenta e intenta en su devenir un arte de insurrección:

“El día del fin del mundo tú y yo estaremos bailando un bolero del año de la pera (...)
El día en que acabe este relajo haremos el amor hasta oscurecernos (...)
Alguien por ahí se llevará las llaves y nos dejarán esperando una eternidad en largos pasillos.”
[4]

El tema de la ausencia desborda sentimientos de angustia y frustración en la mayoría de los poemas que conforman este libro. La tentativa del poeta por obtener su objetivo desnuda su tendencia al orden, su deseo inherente por adaptarse a un medio tan hostil como la realidad en que se vive, ese día a día que es contradictorio, desequilibrado, esa frustrada nostalgia que nos regresa al llanto triste de los sin lágrimas:

“(...) le sonrío temblando de miedo aunque de a poco se convierta en polvo fugaz.”
[5]

“Mi madre es un río caudaloso que no tendrá nunca salida al mar.”
[6]

Como hemos podido notar no sólo la ausencia femenina crea en el poeta una actitud de frustración y próxima resignación. Esa ausencia es en todo caso de una categoría mayor a la ausencia de la amada, ya que la evocación de sentimientos empieza desde la infancia, esa indefinible y caótica realidad siempre latente en el discurso poético que nos canta Rodríguez: “En compañía de mis fantasmas / beberé mi infancia.”
[7]

La idea de desprotección se fundamenta concretamente en la figura del padre. La falta de una identidad paterna crea en el ser un estado de vacío, un resentimiento que cuestiona el orden impuesto, aquella “normalidad” a la que se enfrenta todo ser que haya experimentado cierto tipo de abandono o agresión, que en todo caso versará en base a una repetición de las mismas inconsecuencias adquiridas de una generación a otra:

“(...) mi padre es la copa rota donde yo bebo sus vicios. Soy su vicio más profundo, su herencia vegetativa, la carne miserable que no teme dividir el aire para conquistar lo que desea.”
[8]

Todo madura en el irreversible final. Augusto Rodríguez nos atropella deliberadamente con nuestra propia realidad, nuestra absurda forma de vivir, lo absurdo del ser que trata de sobrellevar sus estados, sus actitudes, su “ética” que perdura sólo en un estado ideal. El poeta nos deja su vida, se entrega atrozmente a la venganza neurótica de la sociedad por lograr su propia destrucción. ¿Es acaso la poesía un arma tan potente? El cuchillo ha de repartir el mundo, la sangre derramada, un recuerdo, una canción difusa, un eco interminable: “Mátame, padre, de una vez. Mátame. Yo soy el cordero de tus pesadillas.”
[9]

[1] Aeropuerto de barajas; Pág. 14
[2] Decapitado en el circo; Pág. 15
[3] País del dolor; Pág. 24
[4] El fin del mundo; Pág. 35
[5] Mi padre; Pág. 52
[6] Mi madre; Pág. 53
[7] Infancia; Pág. 59
[8] I; Pág. 65
[9] XVII; Pág. 82

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