lunes, 22 de diciembre de 2008

Presentación de libros de Augusto Rodríguez parte I: Cantos contra un dinosaurio ebrio



Por Cecilia Vera de Gálvez

La voz que canta estos Cantos contra un dinosaurio ebrio nos involucra, a quienes los leemos/oímos, en una atmósfera de inquietud y desasosiego, mientras recorremos ese espacio/ciudad de vida y muerte atraídos, inevitablemente, por la palabra de un yo poético trasgresor de todo discurso y toda convicción.

Este poemario de Augusto Rodríguez, publicado en el 2007, en Barcelona, España, por la editorial La Garúa y prologado por Fernando Nieto Cadena, incluye dos secciones: la primera, denominada “El animal que hay en mí”, que contiene veintinueve poemas; y la segunda, “Esqueletos enterrados”, que abarca seis. A todos ellos los preceden, con definitiva pertinencia en su selección, epígrafes de Leopoldo María Panero, Charles Baudelaire y Gonzalo Rojas lo que nos remite a una identificación temática y de actitud poética propia de autores reconocidos, con la debida distancia de siglos, por su irreverencia, sus permanentes confrontaciones con el mundo que les ha tocado vivir y por su discurso innovador.

De allí que se desgrane a medida que avanzan los poemas, una intertextualidad convertida en varios casos, en diálogo entre textos y en otros, en glosa temática de otros autores. Así, el poema “Adiós padre”, se inicia con un epígrafe de Panero que dice: “Padre me voy: voy a jugar en la muerte/ padre me voy.” Y a continuación, el poema de Augusto Rodríguez continúa: Padre me voy/ me voy definitivamente a jugar con la muerte/ mis días se han tornado tenebrosos/ y ya no tengo/ tu mano sobre mis hombro/…” (48).

Estas incursiones discursivas o de circunstancias específicas como la ceguera de Borges, la invitación a Vallejo, las alusiones a Pound y a Bukowski, entre otras, se convierten en referentes que actúan en la poética de Augusto Rodríguez como motivos desencadenantes de su propia y original escritura. Se trata de una poética que reúne transversalmente, un conjunto de temas muy específicos: el origen vinculado a los afectos y desafectos parentales, el rechazo del enmascaramiento de un mundo por el que irremediablemente se ha de transitar, la ausencia de Dios, la presencia constante de la muerte o el hedonismo, como escapes de esas representaciones de una ciudad X, la infancia como refugio imposible e inservible para mitigar la soledad de ese yo en abandono y clandestinidad, al que nos remite el poema “Ese animal que hay en mí” (28), a través de una lograda retórica de las imágenes.

En el primer poema que inaugura el libro de Augusto Rodríguez, “Todo se irá a la basura” se define la caracterización discursiva del autor y la posición del yo poético frente a la vida: asumir lo cotidiano para poetizarlo y expresar las contradicciones afectivas y existenciales que la ponen en conflicto con el otro, con los otros. Esa voz poética exclama: “Mi corazón estallará como piñata de fiesta/ de lo que algún día fui/ no queda nada/ solo vómitos de transeúntes” y continúa más adelante: “La mejor poesía se sigue escribiendo en los baños públicos/ tanta es mi náusea/ que le vomitaré a la mujer que amo/” (25). Sin embargo, el conflicto encuentra, por una vez, salida mediante la vinculación del cuerpo, el lenguaje y el desciframiento de los sentidos a través de la escritura, lo cual se refleja en un excelente poema “Los dioses leen en mi piel” que dice: “Los códigos de tu cuerpo/ tienen múltiples alas/ donde mi enajenación se estremece/ y encuentra su espacio/ tu cuerpo es un pequeño lenguaje/ que los dioses leen en mi piel/ que solo yo descifro/ en mi escritura”. (34). Es la escritura el único espacio de desciframiento de sentidos que, en su amplitud, le permite al poeta metaforizar la vida para devolverla en textos que nos abarcan y conmocionan frente a la sinrazón y la inequidad de la existencia humana.

En “Despedida”, poema que cierra la primera sección de la obra, reúnen algunos de los temas que la recorren en constante juego dialéctico, y expresa la necesidad de evasión: lejos de las palabras, navegar por la eternidad, viajar por playas y selvas, son frases que terminan en la manifestación del deseo cada vez más inminente, de abandonar ese espacio/ ciudad en el que “ya no hay nada/ para mí/”- dice la voz poética-porque no quedan “más que los huesos/ de dinosaurios ebrios/ que nadie desea/ ni le interesa dilapidar.” (54) El vacío, la nada, mediante representaciones vinculadas al rezago de lo caduco y enajenado. En ese espacio en el que se afirma, desde otro poema, que “Nada somos/ mas que un poco de sol/ en los ojos/ y aire movido por los labios/…hay muertos que copulan con otros cuerpos/… (36). El sujeto de la voz poética se incluye en esa no-vida y más adelante, en el poema “Oración a un padre que ha fracasado” invocándolo, exclama: “ya no quiero seguir copulando con los muertos/ ya no quiero encontrarme en mis pesadillas con tu rostro moribundo/” (46). Son éstas, marcas discursivas que le permiten al lector apropiarse y experimentar ese sentimiento de orfandad ante destinos absurdos e irremediables, presentados desde la paradoja y la ironía que constantemente adquiere el tono fuerte del sarcasmo, el desenfado y la provocación y en otros casos, el de la derrota instalada en la fragilidad humana. Por eso se narra en un poema: “a veces mi infancia/ me somete/ y pienso/ que hay tiempo todavía/ pero con el paso de las hora/ me doy cuenta/ que no hay escapatoria posible” (39).

La segunda parte de esta obra, “Los esqueletos enterrados” toma el nombre del tercer poema de los seis que la integran. Esqueletos enterrados y visualizados como los otros, “ellos”, que en la memoria permanecerán como “los pequeños magos de la miseria/ que inventaron con sus cuerpos desnudos/ el mejor poema para ganar la victoria/ y no quitarse las máscaras…” (62). Se registran en esta sección del poemario, textos de excelente factura que retoman los temas transversales de la obra: los vínculos familiares, el recuerdo y la muerte del padre: “Todos los relojes dan la misma hora/ y retroceden el tiempo/…Mi padre murió en una alcoba de hielo/ y su cuerpo cada vez se adelgaza/ se empequeñece, se evapora,/ se disuelve en el aire vacío de la nada,/ la lámpara de la alcoba/ juega con la materia de su piel.” (57-58). Continúa otro poema con la presencia de la madre desde los sentimientos y la visión del yo poético: “yo trato de consolarla/ pero no hay consuelo/…yo trato de detenerla/ pero no tengo resultados. /Mi madre es un río caudaloso/ que no tendrá nunca/ salida al mar.” (59) El desencanto y la imposibilidad de lucha victoriosa abarca generaciones, es incluyente desde los desplazamientos simbólicos que propone el poeta en estos cantos dolorosos.

En esta parte, reaparece, en uno de los poemas el afán por absorber la infancia como un refugio que resulta ineficaz mientras “la ciudad y Dios duermen” y emerge así como confirmación cierta, la sensación de orfandad total. El libro se cierra con el poema “Decadente descenso” que consagra el deambular persistente y plural de un yo poético, ya despojado de todo: “vagamos sin rumbo/ -dice-sin señas, sin recuerdos, sin infancia/ por esta ciudad abierta de piernas/… (63). Se percibe, en ese texto, a través de imágenes que movilizan al lector en sus percepciones, la presencia de lo implacable, del determinismo que condena a un vagabundear por los espacios de la vida, “solo para seguir en nuestro decadente descenso/…en esta ciudad muerta o de muerte…” Y ya al finalizar se expresa: “tan solo seguiremos como un soldado moribundo / o un apostador sin su as bajo la manga/…” (63). Paradojas éstas que proyectan desde una actitud o irónica imposibilidad de lucha, la inevitable circunstancia de tener que sobrevivir.

Después de este recorrido de lectura por los caminos propuestos en los Cantos contra un dinosaurio ebrio, quedo movilizada, como lectora, tal cual lo he afirmado, por un admirable trabajo que plantea, desde el individualismo de la lírica y su discurso, una problemática que se universaliza en el contexto de la vida actual y de los exigentes y complejos requerimientos de la poesía contemporánea. Felicitaciones para Augusto Rodríguez y mi reconocimiento por haberme confiado la presentación de su poemario.

Guayaquil, 11 de diciembre del 2008.

*Texto leído en el auditorio Grupo de Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, Guayaquil, Ecuador.

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