miércoles, 24 de diciembre de 2008

Presentación de libros de Augusto Rodríguez parte II: Matar a la bestia


Por Sonia Manzano

La poesía, como un arma que dispara hacia la cabeza de su propio creador para hacer que ésta se doblegue sobre un promontorio de imágenes fuertes, abruptas, para dentro de la razón lógica, pero literariamente convincentes para la razón poética que principalmente se alimenta de irracionalidades provenientes de la bestia que habita dentro del animal poético, es un fenómeno que se presenta recurrente en Matar a la bestia, poemario de Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979).

Matar a la bestia. Poemario cuyo título es una tácita invitación a emprender una cacería que solo puede concluir cuando el sujeto lírico exhiba su yo sangrante sobre su particular poética, es un afilado registro de las veces en las que, fallida o exitosamente, el poeta ha atentado contra su integridad psíquica, autoagresiones que son verbalizadas a través de versos irreverentes, pero provistos de literaturidad cualitativa.

“Bórrame con tus sobacos,
ládrame con tu sexo,
Mata a la bestia que me habita
y sepúltame junto al sol de cabeza,
tres metros bajo tierra”

El animal poético que acecha a su víctima, que no es otra que el mismo sujeto lírico, se solaza en mostrar su supuesta peligrosidad en poemas en los que la Muerte es la única posibilidad que espera al final de la cacería. Pero engullir a la bestia después de ultimarla, digerir la poesía luego de haberla castigado con imágenes crueles, trae una sensación de hartazgo al “cazador” que sólo puede encontrar alivio devolviendo lo ya devorado, aunque después de este descargo, vuelva el poeta a incurrir en el mismo “pecado de gula”:

“Tanta es mi nausea
que vomitaré sobre la mujer que amo
y después la devoraré”

La nausea, como un rasgo evidente de la postura existencialista por la que ha optado esta poética, está aludida con recurrencia y siempre asociada a la idea de la inutilidad de la existencia. Nausea y escepticismo es la combinación casi exclusiva con la que el sujeto lírico ha implementado espacios con los que el vacío caótico no deja lugar para que en aquello brote algún indicio de esperanza:

“La vida es pura ficción
de dioses fracasados”

Poesía, entonces, la de Rodríguez, sin más fe que aquella que se alberga por la propia creación poética; poesía con la que se cuestiona acremente a un ente divino por su falta de eficiencia al momento de trazar el plan o diseño del mundo:

“Pero Dios
se ha ido
y se niega a terminar lo arruinado”

Las actitudes de rechazo hacia todo y todos, hablan elocuentemente de la función transgresora que el yo lírico ha asignado a su discurso, el que no reduce su nivel de desafío ni ante los símbolos sacralizados de la muerte, ni ante los que se pertenecen al orden religioso. En el texto “entierro de un amigo” la transgresión a lo permisible salta todo límite en un enunciado que resume irreverencia, pero que a la vez alcanza una lograda originalidad:

“Cuando me quedé solo
frente a la lápida,
le arrojé semen y vino
lo único que a él
en verdad le interesó”

El animal poético clava sus garras en los “códigos de su cuerpo” y los somete a su desgarraduras profundas, como si tras de esta acción estuviera el intento de conseguir de sí mismo la exculpación de sus culpas. El vituperio, utilizado para desacreditar su filiación humana, cae con recurrencia visible sobre versos de fuerte catadura:


“Soy un demonio de cuerpo invisible
que se sumerge en el dolor de sus asesinatos”

La lengua de la bestia se embebe de un compuesto de amor-odio, cuando se interna en los meandros de una infancia traumática, difícil de evocar. Los poemas dedicados al padre, se erigen en los momentos textuales más altos y estremecientes, logrados por un animal discursivo cercado por sus conflictos vivenciales. El padre muriendo por un cáncer agresivo, figura que me remite a la del Mayor Sabines, cuyo hijo, el poeta Jaime, lo volvió asunto de una elegía memorable, es un interlocutor pasivo, pero a la vez suscitador de intensivos desbordes afectivos, a los que el poeta ha logrado condensar en textos cualitativamente, conmovedores:

“Todos los relojes dan la misma
hora y retroceden
cuando mi padre no era mi padre
sino un hombre
que se abría paso ante la vida”


El padre es la figura dominante de esta poesía presencia que es aludida con obsesión dolorosa, casi con furia reiterativa. Las otras presencias están condicionadas a este perfil omnímodo, como la de una madre que dentro de sí acumula rencor por las verdes palabras que le dirige su esposo.

“Mi madre llora
en un rincón de la cocina
su voz suena envenenada
por las palabras verdes de mi padre
mi madre es un río caudaloso
que no tendrá salida al mar”

Las prosas poéticas incluidas en el apartado “El beso de los dementes”, tienen como eje temático a la figura paterna y son páginas trabajadas con verdadero oficio, cuidadosamente labradas sobre una verbalidad cadenciosa, es decir provista de ritmo versal, el que adopta una pulsión ansiosa cuando el poeta trata de revivir al padre muerto a través de la palabra. Un cordón umbilical de trasvases angustiosos parece unir al padre con el hijo, de manera indefinida: trasvases de sangres, pero también, trasvases de afectos extraños pero auténticos, demostrativos de una forma de amar “más allá de la muerte”.

“Mi padre es la copa rota donde yo
bebo sus vicios. Soy su vicio más profundo,
su herencia vengativa. Mi padre es
una habitación abierta de par en par
donde yo entro sin zapatos
a corregir mis errores”


La bestia sigue bramando agonizante en el interior del poeta.


Guayaquil, 11 de diciembre de 2008.

* Texto leído en el auditorio Grupo de Guayaquil de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, Guayaquil, Ecuador.

1 comentario:

Víctor Argüelles dijo...

Interesante poética, aprecio los versos de "Matar a la Bestia" ojalá lo pueda conseguir en México.

saludos fraternales desde México