martes, 7 de julio de 2009

Dos encendidos de Aleyda Quevedo Rojas en Cuba


"Si la ruta primera que imaginó Aleyda Quevedo, para aproximarse a Simón Bolívar y Manuela Sáenz, fue ponerse a andar sobre las líneas que se dedicaron en cartas, no demoró mucho en caer la atalaya desde donde los contemplaba, y fue finalmente envuelta en un mazo vivo de humo y fuego que dura todavía"


por Sigfredo Ariel


Una vez, cuando le preguntaron, la severa Gabriela Mistral sostuvo que las mujeres no escriben «como Buffon, que se ponía para el trance su chaqueta de mangas con encajes y se sentaba con toda solemnidad en su mesa de caoba», afirmación que en lugar de echar luz, sumaba un nuevo, contradictorio, enigma. Aunque pocos hombres admitirían ahora, desde luego, que escriben a la manera pomposa de Bufón, ¿cómo escriben las mujeres? «Sobre mis rodillas», decía la Mistral, sin que haya que tomar como directa su expresión. Rodillas es igual a carne, hueso, piel: el peso de la mano que rasguea la letra sobre el cuerpo. «Soy mi cuerpo» había explicado ya Aleyda Quevedo, explicándose, años antes de escribir este libro. La misma nítida advertencia pudiera aparecer impresa en la página de pórtico de estos Dos encendidos, con una leve variación: son mi cuerpo, pues no de otra forma, sino a través de su corporeidad es que ella, al parecer, comprende la criatura humana. Su propósito fue, ante todo, entender, o al menos participar de claves que estimularon una relación hombre-mujer que forma parte, más que de la historia, de la mitología popular latinoamericana. Valiente que es. Si la ruta primera que imaginó, para aproximarse a Simón Bolívar y Manuela Sáenz, fue ponerse a andar sobre las líneas que se dedicaron en cartas, y vincular estas a zonas precisadas por hechos y sucesos, a partir de alusiones y atisbos de fechas y circunstancias, no demoró mucho en caer la atalaya desde donde los contemplaba, y fue finalmente envuelta en un mazo vivo de humo y fuego que dura todavía. Este cuaderno es, por una parte, testimonio de perdurabilidad de aquellas ascuas fuertes; por otra, la evidencia de que algunas de las lenguas de aquel fuego efectivamente lo alcanzó. «Ese corazón sin modelo» llamó Bolívar al de la hermosa quiteña en una de sus misivas, redactada poco después que aconteciera uno de los hechos iniciales de su pasión, que aun a fuerza de repetirse —y escenificarse aún en patios de colegios y teatricos de muchas partes de la América— no ha desleído su eficacia como ejemplar, tal vez modesto, de modelo romántico muy al gusto nuestro: cuando ella lanza una corona de flores al pecho de Bolívar como una saeta, y recibe caballeresca, jovial respuesta de él:
Mi estimada señora:si todos mis soldadostuvieran esa punteríayo habría ganado todas las batallas
Una Aleyda Quevedo, omnisciente, quiteña como Manuela, tras asistir y hacernos asistir al encuentro famoso, dibuja con eficacia y sobriedad el delicado entorno posterior y el enlace sensual, demorado con delicia en
un minuéun valsdos contradanzas
de estos dos súbitamente encendidos, contemporaneizados en el poema en la más exacta mitad del mundo cuando no existe nadie más
Latitud cerocero gradoscero minutoscero segundosdonde dos corazones crecen de belleza.
A partir de entonces, en el canto II («Bolívar enamorado»), la voz narradora desaparece: se mezclan voces de Simón y Manuela, extrañamente familiares por momentos en sus dimensiones y palabras; permanecen siempre a raya la exaltación teatral y los enajenamientos de una oscura médula volcánica, siempre incomprensible, del reclamo del o de la amante, porque en medio de las vicisitudes propias de la vida de guerra que compartieron, Bolívar y Manuela entablaron otra vehemente contienda que alimentó la lejanía, el ardor acumulado en ausencias y sobre todo, la brevedad de ocho años de intermitente proximidad física. La «Libertadora del Libertador» no es un título que Manuela Sáenz sólo recibió por haberle salvado la vida a Bolívar en un atentado haciéndolo saltar por una ventana prosaica: también por haberle hecho dejar memoria a través de sus cartas a su dama —que no es por cierto arquetípica— de una apasionada y no pocas veces torturada relación amorosa, completando así un perfil de héroe romántico, pues un Bolívar sin Manuelita perdería no poco de su atractivo en el imaginario popular. Ella lo liberó de la sequedad del héroe cuerdo en amores (parafraseando a Martí), y de la más bien triste habitualidad del guerrero solitario. Ella, por su parte, se liberó a sí misma, sucesivamente, de atavismos, miedos y convenciones. En el último día de febrero del misterioso 1825, que fue bisiesto, colocado en el centro del huracán que fueron sus cercanías y alejamientos, Manuela Sáenz escribió a Bolivia a «su» Libertador:
Vea usted la fuerza que sale a borbotones del pecho que le da ritmo a su sangre, y que termina convertida en remanso cuando acepto resignada que otros son los mandatos que debo cumplir en este tiempo.
Tal marea del pecho de Bolívar, serenada por el regalo de docilidad que Manuela le dedica —haciéndoselo saber claramente, por cierto—, nos hace presumir que el corsi-ricorsi puede invertirse: que amansar «esa fuerza que sale a borbotones» ha de ser trabajo del Libertador, cuando ella, arrebatada de celos le reproche con palabra dura: «Me pregunto a mí misma si vale la pena tanto esfuerzo en recuperarlo a usted...», como si no conociera la respuesta de antemano y ahora, hablando por boca nueva, de Aleyda Quevedo, se llenen los blancos que no rozó su pluma:
Cruzo la cordillera a caballomontando larguísimas horasNi la altura y sus males me sacan del cuerpoeste fuego
Pero la línea que divide, pudiera dividir, a Manuela de Aleyda, se nos hace cada vez menos nítida, menos delineada a medida que el poema avanza:
Nunca más en sus sábanasotro olor
Difícilmente se permitiría semejante línea —y otras muchas de este libro—, Aleyda Quevedo en su poesía, sino excusada, como ahora, por un pseudo relato, pseudo recreación del amor entre dos exaltados fantasmas en medio de una «vida de guerra que nos une y nos separa». Su coartada se disuelve aún más cuando la traiciona el giro actual, el verso contemporáneo que no documenta, sino fabula, como en el Canto IV, «Desde Paita», cuando Manuela Sáenz, en su exilio, aparece bajo La luz lineal de las tardes quietas y
El aire también está quietoesta tarde es sordalos árboles están como pintados
Pero no cesa siquiera en esa coda amarga donde vemos a Manuela bordeando el tremendo hueco de ausencia que ha dejado Bolívar el diálogo con el ausente en aquel desierto peruano de una sola calle, pues sin él qué hace con sus manos, su boca, sus pies que no andarán más, la amante heroica, la «bella loca» consumida hasta la raíz por un fuego que sobrevivirá, sobrevive, en estas hojas de papel a
...una mujer que amó y encontró la libertad aunque luego perdió la libertad y a su amor.
El coloquio con el objeto del amor prosigue, al modo quevediano (de Don Francisco, claro, en inflamada coincidencia) aun cuando
Sé muy bien a dónde debo irel viento me guiaráese mismo viento histérico y rotundoque me llevó a ti
Porque de esta forma entendemos, felizmente, aún el amor, muchos hombres y mujeres de estas tierras que, al decir de Darío, aún reza a Jesucristo y habla en español.
Texto leído en la presentación de Dos encendidos, libro de la poeta y periodista ecuatoriana Aleyda Quevedo, que ocurrió el jueves 24 de junio 2009, a las 16:15 en la Sala Manuel Galich de la Casa de las Américas, en La Habana Cuba.

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