
Por Fernando Cazón Vera
Carolina Patiño convirtió su soledad en un acto de fe. Y de ese modo nos anunció su partida en este libro de pocas pero definitivas páginas. Y es que no necesitó de mucho para entender que se había convertido en una extraña -¿desenterrada acaso?- en este difícil mundo lleno de tantas preguntas sin respuestas, de tantos infiernos disfrazados de presuntuosos cielos. Fue el suyo el caso de una niña extraviada que salió rápidamente por la puerta de escape antes de ser consumida por las llamas de una realidad intolerable.
En su libro anterior y primero “Atrapada en las costillas de Adán”, de título tan sugestivo, hizo una tentativa de redención o purificación usando, con cierta imaginación, su propio cuerpo. Y sometiéndose con legítima curiosidad al pecado original. Pero, al parecer, esa felicidad de los sentidos no fue suficiente. A lo mejor, en su intransferible manera de buscar la redención, quiso pronunciar el prohibido nombre de Dios sin caer en la blasfemia. O ser testigo de la revelación del rostro sagrado nunca visto por nadie, como quien acepta el espejismo para después descubrir la trampa de lo aparente.
Este libro de publicación póstuma, cuyo título anuncia su decisión definitiva, parece ser una manera muy propia de la autora de irse desarmado a sí mismo, poema por poema, verso por verso, imagen por imagen, palabra por palabra. Sustituye la sensualidad por el vacío, la carne por la soledad, el deseo por el misterio. Y para poner el detonante final, pone también algo de ironía en sus textos cortos pero cabales, lo que le permite desacralizar la realidad. Esa realidad que juzgó incompatible con su modo de ser. Con el arraigo que le imponía la tentativa vana de una suma inocencia.
Y después tuvo que llegar, fatalmente, la última e inapelable realidad. La que nos estremeció a todos los que habíamos seguido tan asombrados como temerosos sus pronunciamientos líricos. De los que a lo mejor por cobardía nos seguimos quedando en la misma orilla. Es decir este adelantársenos en el adiós y en el tránsito final. Pero no se diga que se fue sin advertirlo. Este libro es una despedida que quiso ser también una confesión. Un inequívoco anuncio. Y que, paradójicamente, es además un perpetuo quedarse.
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