lunes, 28 de enero de 2008

Te suicida


Por Sonia Manzano


Poesía conmocionante que grafica con desoladora contundencia el “infierno de Sísifo” en el que se genera su tensionada verbalidad, Te suicida, ópera póstuma de Carolina Patiño (Guayaquil, 1987), es el tácito itinerario cumplido por una voz lírica alrededor de un imaginario caótico, a quien la Poesía le impuso -¿o ella le impuso a la Poesía?- la condena de llevar el monto incuantificable de sus desgarraduras anímicas hasta la cima de lo humanamente soportable, para desde ahí, pese a sus deseos por impedir lo previsible, observar el espectáculo de ver cómo éstas, integradas a un todo compacto, como un trozo de basalto, vuelven a rodar hasta el vacío. El yo discursivo de este insólito poemario –en cuya textualidad se entretejen miedos, pesadillas, ternuras caldeadas por lenguas eróticas, euforias repentinas que duran lo que dura la luz de una bengala-se desdobla continuamente en otro “yo”, en una identidad que se parapeta del otro lado del espejo para desde ahí socavar a diario la imagen de quien cree estar frente a su réplica, cuando, en realidad, ha pasado a ser la duplicación de ese sujeto que desde su encierro de vidrio ejerce una peligrosa fascinación sobre quien le suministra imagen visible; atracción similar a aquella a la que no se pudo resistir el poeta César Dávila Andrade cuando, en un hotel de Caracas, “cortó su pacto con la vida”:


“Ahora que me he mirado en el espejo por horas
ruego que se corte mi pacto con la vida.”


Ese “yo sangriento” cuyo dominio trágico es similar al que con persistencia recorrió la poética de Alejandra Pizarnik, deja su impronta agónica en varios espacios textuales de Te suicida, a manera de signos premonitorios, los que en su conjunto configuran un sistema simbólico en el que, como es fácil predecir, el color rojo impone su significado de corte o cercenamiento abrupto sobre cualquier otro significado de permanencia o aferramiento a la continuidad vital que pueda advertirse en este poemario, irremediablemente escrito bajo la presión de una cuenta regresiva: “Mientras el reloj de arena rojo/ aparece y desaparece”.

Las imágenes que afloran desde los “vidrios rotos” de un simbolismo concebido para desprestigiar la inanidad de la existencia –“es tan vulgar el día”-, no pueden ser más radicales, por la fuerza anímica que ellas conllevan, a más de por esa reconocible calidad estética que les es inherente:


“Mi abuelo ataca con sus ojos blancos
las teclas del piano púrpura”

(El raticida que no funcionó)


La voz lírica tiene en la presencia que ha verbalizado, a su imagen y semejanza, a una interlocutora impasible, a la que sitúa dentro o fuera de ella, para abordarla desde cualquier ángulo, para tenerla cerca de sí cuando se hace urgente la necesidad de descargar el peso existencial, aunque sea momentáneamente, en los hombros de su yo clonado:

“Pero ahora que te veo desde este ataúd
me es tan difícil tenerte lástima”.


Esa réplica con voluntad propia en la cual se instala “la resaca de todo lo vivido” a veces se desplaza hacia un “él” ocasional, presencia que se configura con más fuerza cuando interviene el componente erótico, valor agregado a la esencia desconcertante de esta poética al que la autora maneja con una ávida y funcional sensualidad:

“Arranca lo que queda de piel
úntame tu caramelo blanco en la espalda
gánate mis entrañas otra vez”.


La idea de la persecución, es una constante fundamental en esta poesía que a sí misma trata de darse alcance para autoagredirse. Arlequines vengativos, lobos hambrientos, payasos en blanco y negro, campanas ensordecedoras, monstruos “dispuestos a devorar” y más referentes concebidos en la matriz desolada de un miedo obsesivo, extienden sus alas depredadoras para arañar los brazos “muy cerca de las venas” de su pieza de caza.


Un carrusel de criaturas oníricas gira en torno a una música en la que se han disuelto antidepresivos de doble punta de lanza, es decir de aquellos que adormecen al dolor inútilmente, porque, de pronto, ese dolor peligrosamente represado, vuelve por sus fueros para arrasar con todo lo vivido.


“Payasos en blanco y negro
vienen a jugar conmigo
por las noche
me persiguen
como lobos hambrientos”


“Arlequines vengativos vienen a rezar conmigo
y se dan cuenta de que ya no respiro”


En cuanto al tono del lenguaje, éste se presenta retador, plagado de advertencias, imbuido de una actitud acusatoria hacia los supuestos causantes del descalabro próximo a acontecer o ya desde siempre acontecido:


“Demasiados espejos
descuelgan tambores en mi funeral”


Incrementado el tono drástico de Te suicida, se detectan términos que connotan ruptura, cercenamiento, agresión, como los verbos destripar, arrancar, arañar, romper, golpear, gritar, utilizados en forma deliberadamente reiterativa.


Una tristeza violenta, una agonía que se revela ante su propia permanencia golpeando “su rostro contra el suelo”, es la que se percibe en estos versos:

“…creen que estoy rota
pues lo estoy:
como esa muñeca de porcelana
a la que le arranque los ojos”
“destripa mis miedos angelito”


La utilización del ego faccioso como instrumento válido para acceder a la sobrevivencia, es desechado por la hablante con un tajante ¡suficiente!, cuando repara en que ella es capaz de respirar por sí misma sin necesidad de que quien la habita –quien la socava, quien la mina- lo siga haciendo por ella, pues éste ha perdido gradualmente credibilidad, por lo que la autora le ha asignado ubicación “debajo de la muerte”:

“Y ahora que sé que respiro por ti
puedes irte y no despertar adentro”

“Estabas por encima de la muerte
pero ya no”

La poesía de Te suicida, llega a adoptar visos de tragedia griega, cuando la hablante reconoce que todo el tiempo ha sido ella la que ha alimentado con sus jugos nutricios a ese ser que le corroe las entrañas.

Aniquilar a los hijos potenciales, incluso antes de que existan, abortados de la mente antes de que adopten la condición de cigotos, es la propuesta que declara la hablante frente a la posibilidad de una maternidad futura, la que resulta del todo inconcebible dentro del azaroso presente textual en el que se desplazan las incidencias más significativas de esta poesía.

La voz lírica “limpia el desorden de los cuerpos en la cama”, y paralelamente arranca de raíz cualquier signo de sobrevivencia que pueda haber sido gestado a causa de esos entrenzamientos entre ella y la duplicación distorsionada de sí misma. Así, reduce a nada cualquier vestigio de vida futura, aunque no es capaz de evitar que dentro de las consecuentes cenizas existenciales, broten las pruebas irrefutables de que “detrás del tema/siguen siendo ellos/ los hijos asesinados por (su) otro yo”¿Y qué pasó con la fe cristiana que no intervino para frenar la mano de la hablante cuando ésta quiso interrumpir, en forma abrupta, el hilo de su escritura?, pues la fe, después de haber dado sus manotones de ahogado en su particular asfixia, se dejó arrastrar hacia ese “mar final” cuyos contornos fueron alguna vez verbalizados por la aguda percepción lírica de Ileana Espinel.

Pero en ese trayecto que media entre la desolación y la Nada, se anota un “alto” efectuado por la fe, ya ostensiblemente disminuida, de la hablante con la intención de interrogar a quien solo podrá entregarle, a modo de respuesta, su silencio impasible:


“Tú relampagueas
¿Qué haces allá arriba?”


Te suicida es un poemario rotulado con esa advertencia que suelen exhibir ciertos frascos cuyos contenidos son de alcances contundentes. La advertencia se cumple cuando uno ingiere esta poesía por la lectura y después de ello se queda con la sensación de que la palabra es una dimensión en la cual convergen, en dosis arbitrarias, la belleza, la vida y la muerte.

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