martes, 27 de mayo de 2008

Rumor de inventario sobre la Poesía de Iturburu


Por Sonia Manzano

¿”Ha visto usted caminar un guante de operar/sin que haya una mano adentro que la impulse”?: si su respuesta es “no”, tiene oportunidad de verlo en el interior de una imagen desquiciante incluida en Rumor de inventario, Obra del escritor plurigenérico Fernando Itúrburu en la que convergen textos poéticos y narrativos cuyo propósito común es el de lograr trascender la escritura convencional para poder acceder a una estilística propia.

El lenguaje tiene autonomía particular en la producción “bífida” de Itúrburu -y lo de “bífida” responde a que ésta fluye tanto hacia el academicismo, tanto hacia el desparpajo urbano - barrial-, como si estuviera cargado de una energía que inicialmente partió de la voz autoral, “la mano”, pero que después se deslindó de ésta para constituirse en un ente independiente, en “el guante” del ventrílocuo que decide qué transmitir a su público lector a través de su código de gestos.

Pero el guante siempre tendrá la forma de la mano que le confirió vida. La poética de Itúrburu, con el transcurso de los años, algo más de un cuarto de siglo, no ha perdido ese sabor a búsqueda continua con el que otrora rompiera amarras rumbo a esa confluencia de “destino y misterio” que es la que desde siempre ha marcado a su poesía.

Así “el héroe con su cabeza extraviada”, arribará a la tierra de los Maitines y laudes en las que mora un minotauro cuya parte humana se pregunta: “En qué cuerpo camino/cuando no estoy atrapado de carne?”

Es en Maitines y laudes donde la voz discursiva ya establece, bajo conceptuaciones de hondo refinamiento, varias de las líneas madres que desde ahí se imprimirán en su poética. “La soledad que yo nombro pertenece al desconcierto” o “necesito destrozar los verbos terrenales/codificar los panales y la sangre/más” alla del movimiento de palabras”/son versos que constituyen una tácita declaración de principios frente a la tarea literaria.

El peso que Pessoa tuvo, aunque no exclusivamente, para los poetas que en los ochentas frecuentaron los ya legendarios talleres literarios, se deja sentir en este Rumor de inventario en cuyo imaginario salobre y definitivamente eurocéntrico, flotan vértigos de “cementerios marinos” junto a claros influjos de los referentes heterónimos que con tanta asuidad manejó el autor de la “Oda a Alvaro de Campos”.

Tonos solemnes premonitorios, admonitivos; poseedores de ese timbre bíblico que caracteriza a cualquier enunciado profético, son los que se imprimen en las primeras entregas de Itúburu, aunque después de agotar este discurso uniciático él haya reparado en que: “En el centro del fuego hay otro fuego/como crucigrama de palabras”/, revelación que lo decide a dejar atrás lo ya consumido, ya que “con ruinas sólo ruinas pueden construirse”, para entregarse al reto de “escribir la bitácora después de la tormenta”/ a resultas de lo cual surge ese sugestivo libro que es Vástagos (1985-1988).

En Vástagos, el Ulises creado por Itúrburu duplica levemente el modelo homérico, al aderezarlo con aportaciones estilísticas de Seferis, Cavafis y, desde luego, Pessoa, aunque ya en ese “todo” discursivo empieza a priorizarse, con luz propia, la voz contestataria del autor, para quien, supuestamente, “su hora de demencia ha pasado”, lo que se proyecta en la carga reflexiva que adopta el discurso de ahí para adelante:

“Tiempo y pasión son lo único valioso/porque hay un momento de amor y otro de ser rechazado”/.

Ya en Vástagos, el poeta confiesa tajantemente cuál es su posición frente al lenguaje: la expresión “Detesto lo que no sirve” hace ostensible la actitud de rechazo hacia lo que no posee autenticidad literaria, como la “palabra degradada en academias”, de cuño tan falso y tan altamente soberbio: Y es en esa coyuntura revalorativa, cuando el poeta escucha una voz interior que le dice: “Deja esas canciones [...], los cantos populares son más sabios y concisos que la trápala de un minotauro”. Es entonces cuando la textualidad Iturburureana se satura de inculpaciones a actitudes culposas, como en la que incurren los intelectuales cuando cumplen con el mandamiento de “alabaos los unos a los otros”, actitud que es rechazada por el poeta a través de estos versos: “Alabar es nuestro verbo preferido/conjugado con máscaras crepusculares/tú me alabas, yo te alabo (y viceversa)”.

El dedo acusatorio del sujeto lírico se esgrime tanto contra el perfil del político oportunista: -“Para hablar de sí mismo/los congresistas usan la tercera persona”-, cuanto contra aquellos que se sienten dueños de la verdad poética: “Cuando les dije que estaba estudiando/la poesía de Granda, Nieto, Preciado y Vulgarín/victoriosos se tiraron al suelo de la risa.../

Semánticamente, el aspecto conceptual no se prioriza cualitativamente en estos enunciados fiscalizadores, no obstante, la función que cumple en el proceso creativo del poeta, no puede ser más necesariamente depurador, a la vez que suscitador de nuevos rubros discursivos, los que afloran en los textos que comentamos pero ya apuntando hacia un tematismo humano vivencial, lo que intensifica en la poética de Itúrburu esa corriente de credibilidad que circula por su palabra:


“Ganó por enésima vez el Premio Nacional de Poesía,
todos creen que es el mejor poeta del país
pero nadie sabe de la pobreza de sus trabajos
ni del reparto del premio con el Jurado”


En Poemas a Fabia, Días de familia y Nuevos poemas a sí mismo, libros escritos, entre 2006-2007, el denominador común de éstos es el de un intimismo nítidamente conversacional: las resonancias clásicas y los imaginarios marinos ceden sus influjos ante el copioso ingreso de recuerdos y vivencias particulares traducidos a imágenes de cálida intensidad afectiva:

“Así, el poema final fue puro sentimiento y nada de palabras
verbo y fuego en silencio
Hay grandes poetas, lo sé”.

“Dejar caer las aguas del caos/para mantener intacto el fruto del pasado” es la propuesta implícita en la última producción del poeta, en la que el lenguaje rotura con sencillez deliberada semantismos complejos con el fin de llegar “en caída limpia/hasta el fondo del abismo”; es decir ahí donde se caldea la esencia inocente y conmovedora vida misma. Así, el vino vivencial que nos ofrece el sujeto discursivo cuando éste, después de un periplo por universalismos diversos, fija sus ojos en su Itaca particular, tiene un sabor a cotidianidad, a saga doméstica: una hija, una esposa, unos padres, unos tíos, unos hermanos conforman el entorno esencial de la última producción Iturbureana. Vinculada a esta memoria de orden familiar, surge otra que es evocadora de los años de juventud vividos junto a los amigos de barrio. Mención aparte en este repertorio nostálgico, merece la entrañable configuración que de la ciudad hace al poeta, mediante un acopio de imágenes visuales en cuyo interior bulle el rumor de la urbe como una “interminable lluvia de Guayaquil una noche de febrero”

Rumor de inventario es el testimonio fiel de un autor que es insobornablemente fiel a su ética estética, posición que se refleja en su producción general, en la que en forma visible las palabras se adscriben a esto de: “el mayor compromiso que para consigo tiene la Poesía, es ser esencialmente Poesía”.


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