miércoles, 28 de mayo de 2008

La irónica embriaguez de un dinosaurio


Por Reinaldo García Ramos*

No es nada usual en estos tiempos que un buen poeta de 28 años confiese, sin ambages ni subterfugios, su obsesión por la transitoriedad y el deterioro. La poesía que los jóvenes entregan a esa edad hoy en día suele afincarse, por el contrario, en las pasiones espontáneas y el azar cognoscitivo, o incluso en dudas multiformes sobre los placeres y el conocimiento, pero no en la contemplación del desgaste orgánico de los cuerpos y la caducidad de las verdades humanas.

En cambio, el escritor ecuatoriano Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979) nos revela en su último libro
[1] un interés casi exclusivo por esos terrenos del escepticismo existencial y nos entrega un testimonio convincente de sus experiencias menos esperanzadas, sin disculparse por ello ni atenuar la intensidad de sus quejas. Y sin embargo, no estamos ante un poemario lastrado por la amargura o el derrotismo, sino realzado por la sobriedad y la ironía, y esto último le confiere su magnitud especial.

Esa ironía, como señala Fernando Nieto Cadena en su prólogo, permite que el libro nos hable con una "graciosa levedad", lo cual constituye por definición un mérito poético. El lector no podrá impacientarse ante el tono quejumbroso en que el autor expone su pesimismo cotidiano, porque ese tono es serio y al mismo tiempo leve; mordaz e implacable, pero al mismo tiempo ecuánime, escéptico. Ambos, autor y lector, se unirán así en un mesurado regocijo, en un punto intermedio entre la queja y la incredulidad, donde le cantarán a un ser virtual, el dinosaurio del título.

Pues la poesía de Rodríguez se inscribe en un ámbito postmoderno, en que el discurso literario tiene siempre un sentido y un contrasentido, una emoción derecha y una emoción a la inversa. Pero también, no lo olvidemos, nos habla con la limpieza y los tonos lúdicos que desde siempre han sido el patrimonio de la poesía epigramática y satírica, desde Catulo y Marcial hasta Charles Bukowski. De este último es uno de los tres epígrafes que abren el cuaderno; los otros dos, significativamente, se deben a Leopoldo Panero y Charles Baudelaire y aluden a los sollozos del ángel en su caída, en su andar paso a paso hacia el infierno.

El cuaderno está estructurado en dos partes: El animal que hay en mí y Esqueletos enterrados. La primera de esas partes es considerablemente más extensa y contiene los textos más despojados y directos del conjunto, en que el autor nos presenta incidentes o aspectos de su vida actual; la segunda parte se adentra en temas más permanentes, o anteriores a esos hechos: a saber, la visión que el poeta tiene de su padre, de su madre, de su propia infancia y de otras circunstancias más generales. Los poemas de la primera parte tienen una estructura más desnuda y expresan la mordacidad y el escepticismo con elementos menos elaborados, mientras que los textos de la segunda parte se asientan en un dramatismo más complejo.

Para ejemplificar ese tono mordaz que predomina en la primera parte, citemos algunos versos del poema Despedida, que cierra esa sección: "Me iré lejos de esas palabras / que se me han clavado / como vidrios en el cuerpo // Me voy a navegar / por la eternidad / que tal vez / no exista (...) No volveré /así me llamen / los dioses", y ahora recordemos algunos versos del poema Adiós padre, que aparece un poco antes en el libro: "Padre me voy / me voy definitivamente / a jugar con la muerte // (...) sí pero aquí te dejo / mis poemas / para que los leas y después / los quemes". La intención irónica se completa enseguida con algo más: "pero antes te darás cuenta, tal vez, / de lo que en vida / te odié". Un cierre enfático, con cierto deseado patetismo, para reforzar el carácter grotesco de la situación: el padre odiado, causante de los versos, será el mejor y el último lector, el que hallará por fin alguna utilidad en lo que decían esos versos.

La segunda sección del libro se abre, precisamente, con una nueva invocación de ese padre, redefinida ahora en un contexto más obvio, pero con emociones más difusas. En el poema Mi padre, el autor presenta el desenlace físico de su progenitor, víctima del cáncer: "Unos ojos blancos y amarillos / inyectados de muerte. / (...) Todos los relojes dan la misma hora / y retroceden el tiempo, / (...) Mi padre murió en una alcoba de hielo / y su cuerpo cada vez se adelgaza, / se empequeñece, se evapora, / se disuelve en el aire vacío de la nada, / la lámpara de la alcoba / juega con la materia de su piel." En esos versos relumbra otra verdad: el padre murió antes de quemar los versos del hijo, antes de saber nada de un presunto odio.

Al concluir la lectura de este cuaderno, mi mayor convicción es que en él no hay retóricas ambiguas ni adornos innecesarios. Da la impresión de que el autor ha "vigilado" sus textos, en lo que cabe, para no permitir que su voz abandone un tono estricto, en que los contenidos esenciales se concentran y endurecen. Curiosamente, de esa virtud indudable proviene también lo que tal vez sería el mayor exceso del libro: su dosis considerable de sustancia narrativa, que por momentos evidencian su raíz objetiva y roban espacio al esplendor lírico. Sin embargo, ese esplendor nunca está ausente del todo, y cuando logra imponerse, se despliega con sencillez en imágenes impactantes: "Mi madre es un río caudaloso / que no tendrá nunca / salida al mar." En mi opinión, la joven poesía de Ecuador tiene en Augusto Rodríguez a uno de sus más firmes poetas.


*
Miami Beach, EE.UU., diciembre de 2007

[1] Cantos contra un dinosaurio ebrio. Barcelona, La Garúa Libros, 2007, 68 págs.

martes, 27 de mayo de 2008

Rumor de inventario sobre la Poesía de Iturburu


Por Sonia Manzano

¿”Ha visto usted caminar un guante de operar/sin que haya una mano adentro que la impulse”?: si su respuesta es “no”, tiene oportunidad de verlo en el interior de una imagen desquiciante incluida en Rumor de inventario, Obra del escritor plurigenérico Fernando Itúrburu en la que convergen textos poéticos y narrativos cuyo propósito común es el de lograr trascender la escritura convencional para poder acceder a una estilística propia.

El lenguaje tiene autonomía particular en la producción “bífida” de Itúrburu -y lo de “bífida” responde a que ésta fluye tanto hacia el academicismo, tanto hacia el desparpajo urbano - barrial-, como si estuviera cargado de una energía que inicialmente partió de la voz autoral, “la mano”, pero que después se deslindó de ésta para constituirse en un ente independiente, en “el guante” del ventrílocuo que decide qué transmitir a su público lector a través de su código de gestos.

Pero el guante siempre tendrá la forma de la mano que le confirió vida. La poética de Itúrburu, con el transcurso de los años, algo más de un cuarto de siglo, no ha perdido ese sabor a búsqueda continua con el que otrora rompiera amarras rumbo a esa confluencia de “destino y misterio” que es la que desde siempre ha marcado a su poesía.

Así “el héroe con su cabeza extraviada”, arribará a la tierra de los Maitines y laudes en las que mora un minotauro cuya parte humana se pregunta: “En qué cuerpo camino/cuando no estoy atrapado de carne?”

Es en Maitines y laudes donde la voz discursiva ya establece, bajo conceptuaciones de hondo refinamiento, varias de las líneas madres que desde ahí se imprimirán en su poética. “La soledad que yo nombro pertenece al desconcierto” o “necesito destrozar los verbos terrenales/codificar los panales y la sangre/más” alla del movimiento de palabras”/son versos que constituyen una tácita declaración de principios frente a la tarea literaria.

El peso que Pessoa tuvo, aunque no exclusivamente, para los poetas que en los ochentas frecuentaron los ya legendarios talleres literarios, se deja sentir en este Rumor de inventario en cuyo imaginario salobre y definitivamente eurocéntrico, flotan vértigos de “cementerios marinos” junto a claros influjos de los referentes heterónimos que con tanta asuidad manejó el autor de la “Oda a Alvaro de Campos”.

Tonos solemnes premonitorios, admonitivos; poseedores de ese timbre bíblico que caracteriza a cualquier enunciado profético, son los que se imprimen en las primeras entregas de Itúburu, aunque después de agotar este discurso uniciático él haya reparado en que: “En el centro del fuego hay otro fuego/como crucigrama de palabras”/, revelación que lo decide a dejar atrás lo ya consumido, ya que “con ruinas sólo ruinas pueden construirse”, para entregarse al reto de “escribir la bitácora después de la tormenta”/ a resultas de lo cual surge ese sugestivo libro que es Vástagos (1985-1988).

En Vástagos, el Ulises creado por Itúrburu duplica levemente el modelo homérico, al aderezarlo con aportaciones estilísticas de Seferis, Cavafis y, desde luego, Pessoa, aunque ya en ese “todo” discursivo empieza a priorizarse, con luz propia, la voz contestataria del autor, para quien, supuestamente, “su hora de demencia ha pasado”, lo que se proyecta en la carga reflexiva que adopta el discurso de ahí para adelante:

“Tiempo y pasión son lo único valioso/porque hay un momento de amor y otro de ser rechazado”/.

Ya en Vástagos, el poeta confiesa tajantemente cuál es su posición frente al lenguaje: la expresión “Detesto lo que no sirve” hace ostensible la actitud de rechazo hacia lo que no posee autenticidad literaria, como la “palabra degradada en academias”, de cuño tan falso y tan altamente soberbio: Y es en esa coyuntura revalorativa, cuando el poeta escucha una voz interior que le dice: “Deja esas canciones [...], los cantos populares son más sabios y concisos que la trápala de un minotauro”. Es entonces cuando la textualidad Iturburureana se satura de inculpaciones a actitudes culposas, como en la que incurren los intelectuales cuando cumplen con el mandamiento de “alabaos los unos a los otros”, actitud que es rechazada por el poeta a través de estos versos: “Alabar es nuestro verbo preferido/conjugado con máscaras crepusculares/tú me alabas, yo te alabo (y viceversa)”.

El dedo acusatorio del sujeto lírico se esgrime tanto contra el perfil del político oportunista: -“Para hablar de sí mismo/los congresistas usan la tercera persona”-, cuanto contra aquellos que se sienten dueños de la verdad poética: “Cuando les dije que estaba estudiando/la poesía de Granda, Nieto, Preciado y Vulgarín/victoriosos se tiraron al suelo de la risa.../

Semánticamente, el aspecto conceptual no se prioriza cualitativamente en estos enunciados fiscalizadores, no obstante, la función que cumple en el proceso creativo del poeta, no puede ser más necesariamente depurador, a la vez que suscitador de nuevos rubros discursivos, los que afloran en los textos que comentamos pero ya apuntando hacia un tematismo humano vivencial, lo que intensifica en la poética de Itúrburu esa corriente de credibilidad que circula por su palabra:


“Ganó por enésima vez el Premio Nacional de Poesía,
todos creen que es el mejor poeta del país
pero nadie sabe de la pobreza de sus trabajos
ni del reparto del premio con el Jurado”


En Poemas a Fabia, Días de familia y Nuevos poemas a sí mismo, libros escritos, entre 2006-2007, el denominador común de éstos es el de un intimismo nítidamente conversacional: las resonancias clásicas y los imaginarios marinos ceden sus influjos ante el copioso ingreso de recuerdos y vivencias particulares traducidos a imágenes de cálida intensidad afectiva:

“Así, el poema final fue puro sentimiento y nada de palabras
verbo y fuego en silencio
Hay grandes poetas, lo sé”.

“Dejar caer las aguas del caos/para mantener intacto el fruto del pasado” es la propuesta implícita en la última producción del poeta, en la que el lenguaje rotura con sencillez deliberada semantismos complejos con el fin de llegar “en caída limpia/hasta el fondo del abismo”; es decir ahí donde se caldea la esencia inocente y conmovedora vida misma. Así, el vino vivencial que nos ofrece el sujeto discursivo cuando éste, después de un periplo por universalismos diversos, fija sus ojos en su Itaca particular, tiene un sabor a cotidianidad, a saga doméstica: una hija, una esposa, unos padres, unos tíos, unos hermanos conforman el entorno esencial de la última producción Iturbureana. Vinculada a esta memoria de orden familiar, surge otra que es evocadora de los años de juventud vividos junto a los amigos de barrio. Mención aparte en este repertorio nostálgico, merece la entrañable configuración que de la ciudad hace al poeta, mediante un acopio de imágenes visuales en cuyo interior bulle el rumor de la urbe como una “interminable lluvia de Guayaquil una noche de febrero”

Rumor de inventario es el testimonio fiel de un autor que es insobornablemente fiel a su ética estética, posición que se refleja en su producción general, en la que en forma visible las palabras se adscriben a esto de: “el mayor compromiso que para consigo tiene la Poesía, es ser esencialmente Poesía”.


viernes, 23 de mayo de 2008

Ya circula la antología Rumor de Inventario de Fernando Iturburu


Ya circula el libro Rumor de inventario (CEN Ediciones, 2008) del catedrático, poeta y escritor ecuatoriano Fernando Iturburu (Guayaquil, 1960) radicado en los Estados Unidos. Este libro es su antología personal, donde nos da un gran panorama de su obra literaria que viene ofreciéndonos hace más de 30 años. Este libro está dividido en varias secciones: Poesía, Prosa, Ensayo y Textos publicados en el blog el pez que fuma. Lugares de venta: Librerías Científica, El Ángel Guardián del Policentro, La Librería del Malecón, Libri Mundi y Mr. Books.Tres comentarios sobre este libro:

Rumor de inventario es un rumor a voz plena, su algo así autobiografía esencial que le permite -no lo ha dicho porque lo dijo antes Bernardo Soares- demostrar que la literatura es la manera más amable de ignorar la vida… la bestialidad de la vida, insiste Pessoa. Este rumor perpetra la infidencia de recordarnos que al fin y al cabo es la obra, suspensión de la vida mientras la construimos, la única patria donde podemos ser y seguir soñando lo que deseamos. Lo demás cae por su texto.

Fernando Nieto Cadena

En Rumor de Inventario, lo enunciable, en desplazamiento continuo, nos lleva de una biblioteca a una egoteca, de una ciudad cifrada en el retórico pórtico de oro a la metáfora de un mordisco de camote. Las voces se metamorfosean, la del bloguero escritor, que no es viejo pero también es docente y da instrucciones para hacer un cadáver exquisito y hermético en tres minutos, el tiempo exacto que recomienda el manual cortazariano, para llorar.

Dinapiera Di Donato

Rumor de inventario es el testimonio fiel de un autor que es insobornablemente fiel a su ética estética, posición que se refleja en su producción general, en la que en forma visible las palabras se adscriben a esto de: “el mayor compromiso que para consigo tiene la Poesía, es ser esencialmente Poesía”.

Sonia Manzano

lunes, 19 de mayo de 2008

50 poetas ecuatorianos en Edición Internacional de la Casa del Poeta Peruano


La Casa del Poeta Peruano ha publicado en su Edición Internacional El Álbum de Oro de la Poesía Ecuatoriana Reciente, Tomo I, 50 poetas nacidos a partir de 1950 (Primera parte), selección de Fernando Andrade.

Si la realidad es todo lo que se puede imaginar, entonces la realidad se verifica en los sueños, en el “arte de ensoñar” o porqué no, en el “arte de poetizar la realidad”. De esa otra “realidad”, ordenada en finas capas como las de la cebolla, tal como nos advertía en los 80 y 90, el mítico peruano Carlos Castañeda. Y es de aquellas “realidades” que el poeta; -ese brujo imaginante- nos habla y escribe, de aquellas realidades no vistas con los ojos, sí, con la intuición y el corazón.
Desde los años ochenta en Ecuador, nuevos poetas se abren paso y apuestan por una literatura “postmoderna”, en el mejor sentido de aquel desgastado término; postmoderna porque querían, -sin proponérselo-, aportar al desmoronamiento de la mercantil, belicosa y gris lógica de una aparente e inmediata realidad, de aquella fría realidad tan pregonada por “el mundo occidental”. Pero también, ayudar a derrocar su razón judeocristiana, su orden y progreso sin límites, su democracia representativa de baratillo y su realidad globalizada. Fieles a aquella literatura de identidades que parecía regresar, quisieran develar la realidad ecuatoriana como compleja, cíclica, pero también “telúrica urbana” y ancestral.
Esta es entonces una nueva poética de la realidad diversa, que como las capas de la cebolla se entremezclan en sucesivas realidades locales en la urdimbre de una compleja realidad global. Situarse en el fin de siglo de Ecuador, significa desmenuzar la poética de la diversidad o mejor de la biodiversidad equinoccial, resignificar la planetaria y natural paradoja ecuatorial, en un mundo de desarraigo global.
En el Ecuador de fin de siglo, ya se vivía la época de las paradojas locales, la época de las “ciudadanías” y de los movimientos sociales; de la insurgencia del movimiento indígena en especial; de otra parte, ciertas sectas políticas, religiosas y literarias, todavía pujaban por sobrevivir en su cenáculo de oropel; época también en donde los habitantes del “País de la Mitad”, se organizaba por embarcarse allende los mares en una balsa de pescar o en un avión, y se desplegaban sin brújula, al vaivén de las corrientes marinas, hasta llegar a construir un Ecuador de Ultramar.
Más no por ello dejaba de ser válida, la necesidad de recuperar el paraíso perdido de nuestra bizantina “identidad ecuatorial”; la construcción de otra utopía realizable: aquella del verdadero “País Secreto y profundo”, que bien hubiese soñado y perseguido, el gran poeta ecuatoriano y universal, Jorge Carrera Andrade.

Fernando Andrade
Barcelona, Diciembre 2007

miércoles, 14 de mayo de 2008

Edwin Madrid en el 5to. FESTIVAL MUNDIAL DE LA POESÍA EN VENEZUELA


Venezuela ha sido escenario en los últimos cuatro años de una convocatoria internacional que ha concertado más de 200 voces de los más importantes poetas del mundo, donde la palabra ha dado al público la oportunidad de acercarse a la herencia poética de los pueblos y de soñar con un mundo mejor.

El 5to. Festival Mundial de Poesía, que tendrá lugar en forma simultánea en todo el territorio venezolano desde el 18 al 25 de mayo de 2008. Tendrá como lema: Sin tregua, como las nubes, frase que corresponde a un poema de Gustavo Pereira, poeta venezolano homenajeado en esta edición, organizada bajo la coordinación de la Casa Nacional de Las Letras Andrés Bello.

El escenario central de las actividades será el Teatro Teresa Carreño en la ciudad de Caracas. Pero en todas las ciudades del país se desarrollaran talleres de poesía, recitales itinerantes en zonas populares, conferencias, foros, tertulias y mesas redondas, con el propósito de engrandecer los rasgos poéticos y exaltar la sensibilidad creadora de todos los poetas del mundo, cuyas voces estarán reunidas en un mismo escenario, el Teatro Teresa Carreño en Caracas.

Edwin Madrid, quien dirige los Talleres Literarios de la Facultad Latinoamericana de ciencias Sociales (FLACSO) sede Ecuador, dictará talleres de poesía en distintas instituciones de Venezuela y leerá poemas de su última producción. Además, conversará con Monte Ávila Editores Latinoamericana a la que ha presentado una Antología de la poesía ecuatoriana que espera por su publicación.


Programación de actividades del poeta Edwin Madrid

Lunes 19 de mayo
Biblioteca Nacional
Visita por las instalaciones.
10:00 a.m

Teatro Teresa Carreño
Sala Ríos Reyna
6:30 p.m.
Acto de apertura del 5to Festival Mundial de Poesía
Participan todos los poetas invitados
Tiempo de lectura: 2 minutos
Esta lectura tradicional es una presentación de los poetas internacionales al país.



Martes 20 de mayo
Biblioteca Pública Simón Rodríguez, El Conde
Taller: La escritura una línea imaginaria
Edwin Madrid (Ecuador)
Hora: 11:00 a.m.

Miércoles 21 de mayo
Extensión del Museo Arturo Michelena, La Pastora
Taller: La escritura, una línea imaginaria.
Edwin Madrid (Ecuador)
Hora: 10:00 a.m

Jueves 22 de mayo
Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos
6:30 p.m.
Recital
Freddy Ñañez (Venezuela)
Tarek Williams Saab (Venezuela)
Stephen Marsh Planchart (Venezuela)
Juan Manuel Roca (Colombia)
Susy Delgado (Paraguay)
Daniel Freimdenberg (Argentina)
Gary Daher (Bolivia)
Leopoldo “Teuco” Castilla (Argentina)
Edwin Madrid (Ecuador)
Amparo Osorio (Colombia)
Raúl Zurita (Chile)
José Maria Memet (Chile)
Vicente Franz Cecim (Brasil)
Floriano Martins (Brasil)
Gonzalo Márquez Cristo (Colombia)
Gabriel Jaime Franco (Colombia)
Hildebrando
Pérez Grande (Perú)
Tiempo de lectura: 10 minutos

Viernes 23 de mayo
BPC “Andrés Bello” San Carlos
Taller La Escritura: una línea imaginaria
Facilitador: Edwin Madrid (Ecuador)
Hora: 9: 00 a.m.

Ateneo de Macapo (Lima Blanco)
Recital
Rossmary Velásquez (Cojedes)
Aurymar Granadillo (Cojedes)
Deibi Díaz (Cojedes)
Fred Rodríguez (Cojedes)
Jhonny Figueroa (Cojedes)
Isaías Medina López (Cojedes)
Corina Noguera (Cojedes)
Héctor Alonso Ochoa (Cojedes)
Juan Chávez López (Cojedes)
Douglas Moreno (Cojedes)
Edwin Madrid (Ecuador)
Rosa Alice Branco (Portugal)
Hora: 5:00 p.m.
Tiempo de lectura: 10 minutos



Sábado 24 de mayo
Auditórium Grupo Escolar Pedro Camejo Altagracia de Orituco
Recital
Poetas venezolanos
Edwin Madrid (Ecuador)
Rosa Alice Branco (Portugal)
Grupo Coral Zona Educativa Guárico
Grupo de Parrandas de Negros Marisela y Guaraña
Hora: 2:00 p.m.
Tiempo de lectura: 10 minutos

lunes, 12 de mayo de 2008

Vestir a la muerte (reescritura de Matar a la bestia de Augusto Rodríguez)


Por Héctor Hernández Montecinos


Escribo desde el limbo
aunque esté allá abajo enterrado
escupiendo mosquitos
que la Muerte luego devorará con sus ojos
al igual que a esas largas filas de canas y arrugas
que ríen despreocupadas buscando las orillas del océano
como si allí la sal no permitiese
la desintegración de los átomos.
Cada día la sangre se evapora de sus rostros
y los huesos estallan como fuegos artificiales
sobre los pesebres que significan cada final de año;
los niños también temen porque
una casa sola quizá sea más trágica
que la vida en el más allá, es decir, acá.
Lo escribiré tantas veces como jirones de mi piel queden:
inútil es todo lo que no desaparezca
nunca existió,
el sol, el aire, todo se ha ido.
Se seguirán leyendo poemas y habrá ruido
también relojes, drogas, rincones y sed.
No inventé nada
fueron los ciegos lo que me dijeron esto
mientras contemplaban los restos de mi cuerpo dormido,
luego se irán a una fiesta
y harán un brindis por mí.


Desde el principio éramos la Muerte y yo, viendo como todo se despedazaba para calentar sus frías manos desde donde arrojaba sobre mi boca el veneno que es imaginar la infancia y todos los asesinos que la rodean. Mis huesos hablan más que yo. Mis escombros están condenados a vivir más que yo. El día del juicio se perdió y todos los misterios ahí no más quedaron, en esas calles, en esas pieles, en esos espejos, esas heridas, esas caras. De mamífero sólo me queda un poco de pelo y algunos dientes, pero también las ansias de volar enloquecido por los aires, volar buscando las cenizas de las ciudades que nunca conocí. Viajar lejos, muy lejos, donde los siglos duren un día y los colores sean en blanco y negro. Está amaneciendo y creo que es la hora de volver, la Muerte ha partido, debo regresar a la eternidad.


http://www.acheache.blogspot.com/

jueves, 8 de mayo de 2008

Ensayos sobre América Latina del crítico ecuatoriano Robles circula en España


El destacado ensayista, crítico literario y catedrático universitario Humberto E. Robles (Manabí, 1938), quien reside en los Estados Unidos, en donde cumple tareas de investigación y difusión de la literatura ecuatoriana y latinoamericana, ha publicado recientemente su último libro De Pigafetta a Borges, Ensayos sobre América Latina en Barcelona, España.

Entre los interesantes estudios publicados en esta obra podemos apreciar: Jorge Carrera Andrade: Boletines de crítica; Pablo Palacio: el anhelo insatisfecho; Génesis y vigencia de Los Sangurimas.

Este libro ha sido publicado por Guaraguao, revista de Cultura Latinoamericana.

lunes, 5 de mayo de 2008

El poder: un dinosaurio ebrio (La poesía de Augusto Rodríguez)

Por Iván Oñate

Aunque parezca extraño, soy un poeta que no ha dedicado su tiempo al estudio de la poesía; me he limitado a sufrirla o gozarla como un enamorado vive en todas sus rostros los designios del amor. Al contrario de la narrativa, a la que he dedicado gran tiempo como profesor universitario, a la poesía siempre consideré un territorio sagrado. Un reino donde impera el misterio. Pero más allá de la actitud de un enamorado que se resiste a reflexionar y racionalizar los móviles del amor o el desamor, pienso que mi actitud responde al temor de que me ocurra lo mismo que al ciempiés de la fábula.
Cuenta la leyenda que en alguna parte existía un ciempiés que caminaba alegre y despreocupado, hasta que un buen día, se le ocurrió investigar cuál pata movía primero y cuál después y así sucesivamente. Desde entonces, el ciempiés no volvió a caminar. Sospecho que ha sido este temor el que me ha mantenido alejado de investigar sobre los móviles y mecanismos que hacen posible a la poesía.
Me he visto en la necesidad de hacer esta aclaración, por cuanto en estas páginas no pretendo hacer un análisis exhaustivo de la poesía de Augusto Rodríguez, cosa que, por otra parte, no creo que sea pertinente en un acto de presentación, de saludo y bienvenida a la nueva obra de un amigo. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer que en ocasiones así, es obligado enunciar una poética y en base de esos parámetros, establecer las diferencias y afinidades, los aspectos más relevantes del poeta presentado.
Plantearse una poética, significa en primer lugar el intento por definir lo que consideramos poesía y luego, el afán por sistematizar ordenar nuestras intenciones dentro de ella y sus alrededores.
Si embargo, y a renglón seguido debo decir, que el discurso poético es quizá el único que se resiste a los ordenamientos y racionalizaciones. Su misma sustancia es de por sí la ruptura de la norma. Normas de cualquier nivel y calibre. Normas semánticas, sintácticas o verbales. Y no se diga rupturas con el “sentido común”, con los deberes y obligaciones del buen ciudadano. Pero existe una ruptura que a mi parecer es la más importante: la ruptura de la realidad o, mejor dicho, con las convenciones de lo que acatamos por realidad. Dentro de este marco, la poesía está para decirnos que hay otros mundos, sí, otros mundos que están y reclaman dentro de este.
Justamente, por su capacidad de hacernos ver, sentir y conocer lo que está más allá de las convenciones, la poesía se erige como el discurso del anti-poder. La rebelde con y sin causa de las epistemologías oficiales. La poesía es subversiva porque cuestiona la moral y los dogmas con los que se nutre el poder. Otorgarle a la poesía una misión política o religiosa, una finalidad, un sentido práctico es desnaturalizarla de su condición de escalofrío.

Veamos este primer escalofrío que nos entrega Augusto Rodríguez:


Oración a un padre que ha fracasado

Padre:

Ya no quiero seguir copulando con los muertos/ Ya no quiero encontrarme en mis pesadillas/ con tu rostro moribundo/ ya no quiero amar a mamá ni usar tus corbatas y calzoncillos sin tu aprobación de varón/ sé que mi puñal te asesinó, pero padre era necesario/ tenía celos y envidia de ti/ y bastante tengo con ser yo, para todavía tener que cargar tu pesada cruz”.

En definitiva, pretender conceptualizar a la poesía, equivale a maniatarle con una camisa de fuerza, esclavizarla con la “razón” del enemigo. Ya en 1800, Novalis decía que la poesía curaba las heridas producidas por la razón. Es que a la razón le atraen los límites muy estrechos, las tajantes divisiones entre verdad y falsedad, entre lo aceptable e inaceptable, entre el yo y el no-yo, entre cordura y locura. La razón da por supuesto la existencia de una base firme, de un centro fijo. Pero la poesía está para recordarnos que el centro está en todas y en ninguna parte, está para que se corra la tinta y se borren los límites. Para que en algún momento de nuestras vidas, nos sepamos quién es la cruz y quién el Cristo.

“Y bastante tengo con ser yo, para todavía tener que cargar tu pesada cruz”.

El filósofo rumano, hace poco tiempo desaparecido, E. M. Ciorán decía en alguna parte de su Breviario de podredumbre: “Muchas veces he soñado con un monstruo melancólico y erudito, versado en todos los idiomas, íntimo de todos los versos y de todas las almas, y que errase por el mundo para nutrirse de venenos, de fervores, de éxtasis, a través de las Persias, las Chinas, Las Indias muertas, y las Europas moribundas, muchas veces he soñado con un amigo de los poetas que los hubiera conocido a todos por desesperación, porque sólo a los poetas les es permitido verter lágrimas, vergüenzas, éxtasis, quejas, en el espacio que le permiten los versos, no así a los prosistas, cuyas páginas necesariamente tienen que ser medidas y civilizadas como para que las lean y las entiendan los otros. Esta no es obligación del poeta, porque en la mayoría, si no en todos los casos, la poesía nace como una inaplazable necesidad de hablar y escucharse a sí mismo, de la urgencia de vernos reflejados en un espejo. De la angustia y el temor de habernos invisibilizado como vampiros y, por lo mismo, necesitamos concretizarnos en cada poema, sentir como verso a verso se va ensamblando nuestro espíritu a nuestro cuerpo.

“La pregunta de Bukowsky

¿Qué es un cuerpo sino un hombre
atrapado interiormente
durante un breve espacio de tiempo?
se pregunta
el poeta Bukowsky
y yo te respondo:
pues nada de nada,
más que mierda enclaustrada
en más mierda”.


En definitiva, el poema nos otorga nuestra identidad. Esta necesidad, esta angustia por concretizarse, percibo en la poesía de Augusto Rodríguez:

“El cuchillo tiembla en mi puño. No hay nadie en la casa, me escondo en el corredor y sigo pensando que no hay nadie.
Pero una sombra cruza sospechosa el animal que hay en mí me incita a atacar y ataco:
Otro muerto más para que los diarios gocen con su sangre y yo en mi clandestinidad, solo, con hambre y sin que nadie me tome una maldita foto”.

Concretizarse, afirmarse, identificarse, pero ¿cómo?, es la pregunta que surge en todos y cada uno de los poemas. La respuesta que nos da el libro en su conjunto, parece ser esta: mediante la transgresión, mediante el pecado, mediante todos los excesos y todos los vicios, mediante el rencor que Augusto Rodríguez lanza al rostro de los otros, pero sobre todo hacia el rostro de los otros, pero sobre todo hacia el rostro que por momentos, estremecedoramente cínicos, le devuelve su propio espejo. ¿Acaso, no hay mejor espejo que el del padre?

“Padre me voy/ sí pero aquí te dejo mis poemas/ para que los leas y después los quemes/ pero antes te darás cuenta, tal vez, de lo que en vida te odié”.

Soledad, frustración, descreimiento y rabia destilan las páginas de este libro.

“Fui un exiliado de todas las dictaduras
y de todas las reuniones sociales
solo porque era un alcohólico
¿acaso ellos no se emborrachan?
Total mis únicos amigos fueron los vagabundos ciegos
y los rateros nocturnos
con ellos aprendí a beber vino rojo
que es la verdadera sangre del mundo”


Sin lugar a dudas, en la poesía de Augusto Rodríguez, se encuentra coraje, la valentía indispensable para echar por tierra los dogmas morales y los estereotipos sociológicos. Se encuentra calidad y voluntad poética. Esto me hace pensar que en algún momento terminará por acertar con su centro. En la plenitud. En la más hermosa fibra humana.