jueves, 25 de octubre de 2007

Los tesoros de la Casa Azul


Por Gabriela Falconí


Ojiperversa, como quien insiste en mirar por el orificio de Etant donnès, el fin de semana volví a sentir el deleite del espía, devorando un libro que había dejado, por respeto a la voluntad de Ella, hace dos años en la gaveta. Con cierto pudor, repasé los documentos recogidos por Raquel Tibol, evitando en todo momento encontrar la censura, aquella en la que Frida pedía al destinatario que rompiera la misiva antes de que otro –otra, yo, ustedes, todos– pudiera leerla. Ventajosamente no encontré la nota o la “olvidé” en los poemas, cartas, recados, confesiones, solicitudes, reflexiones, entre otros textos más elaborados que figuran en Escrituras. Frida Kahlo (2001). Debo confesar que la intensidad preñada en cada letra mantuvo mi pupila dilatada hasta el alba y ahí, como ante la instalación de Marcel Duchamp que he recorrido muchas veces en libros de pintura, me quedé petrificada por la sensibilidad dolorosa que le hace escribir: “estoy empezando a acostumbrarme al sufrimiento”.

Un siglo ha transcurrido desde el natalicio de la gran pintora mexicana y, quizá por ello, en el museo de Coyoacán, que fue el hogar de Frida y Diego, desde julio de este año se puede observar la exposición titulada Los tesoros de la Casa Azul, que exhibe parte de los 22.105 objetos (fotografías, vestidos, corsés, dibujos, bocetos, cartas, libros, etc.) que son el testimonio íntimo de estos dos amantes.

Según Carlos Phillips Olmedo, director general de los tres museos dedicados a ambos artistas en la ciudad de México, Diego le pidió a su madre, Dolores Olmedo, que no se conociera el legado suyo y de Frida por un espacio de 15 años después de su muerte. El plazo se cumplió en 1972, “pero Lola Olmedo, amiga, musa y la mayor coleccionista de la obra de Rivera, decidió postergar la apertura hasta después de su propia muerte, en 2002, porque no sabía qué tan comprometedor podía ser el acervo”. Los objetos nunca salieron de la Casa Azul, estaban guardados en muebles y baúles distribuidos en distintos lugares, muchos de ellos a la vista del público.

¿Qué secretos guardan aquellas paredes?, me pregunto con curiosidad afilada, pues siempre me atrajo leer biografías y hurgar indirectamente en la existencia de seres geniales, no por creer que lo fueran por lo “terrible” de sus vidas –todos tenemos extremos y matices– sino y sobre todo, por aprender que lo fueron a pesar de ello. De ahí que haya vuelto a las páginas escritas por Kahlo y ordenadas meticulosamente por Tibol, a paladearlas con una sorpresa creciente por la pasión expuesta, por la fuerza de una matriz deshecha que pidió a gritos que la quisieran.

Como un disparo de los ojos negros o un latigazo de las trenzas fuego, impacta la confesión de una Frida atormentada por la traición de Diego con su hermana Cristina, que ocasionó entre ellos una separación inevitable:

26 de noviembre de 1934

(…) estoy en tal estado de tristeza, aburrimiento, etcétera, etcétera, que ni un dibujo puedo hacer. La situación con Diego está peor cada día peor (...) Ahora, después de meses de verdadero tormento para mí, perdoné a mi hermana y creí que con esto las cosas cambiarían un poco, pero fue todo lo contrario.

El alejamiento duró dos años, tras los cuales volvieron a casarse. Ella aguantaba las heridas de su cuerpo lacerado que la condenaron a vivir en la cama que fue su mundo y, al mismo tiempo, su cárcel, pero ¿cómo podía soportar el tiempo sin él? En una carta fechada el 23 de julio de 1935, el amor desbordado se muestra sin ningún tapujo, por ser una ofrenda de todo aquello que las intervenciones no iban a tocar:

Por qué seré tan mula y rejega de no entender que las cartas, los líos con enaguas, las profesoras de… inglés, las modelos gitanas, las ayudantes de “buena voluntad”, las discípulas interesadas en el “arte de pintar”, y las “enviadas plenipotenciarias de lejanos lugares”, significan únicamente vaciladas, y que en el fondo tú y yo nos queremos harto, y así pasemos aventuras sinnúmero, cuarteadoras de puertas, mentadas de madre y reclamaciones internacionales, siempre nos querremos. Creo que lo que pasa es que soy un poco bruta y un tanto cuanto zorrilla, pues todas estas cosas han pasado y se han repetido durante siete años que vivimos juntos y todas las rabias que he hecho no me han llevado sino a comprender mejor que te quiero más que a mi propia piel, y que aunque tú no me quieras de igual manera, de todos modos algo me quieres, ¿no? O si no es cierto, siempre me quedará la esperanza de que sea así, y con eso me conformo…

Quiéreme tantito. Te adoro.

Frida

Cómo no ser devorada por la pasión de ella, si la imagino escribiendo cartas, enviando recados, creando poemas para Diego como si estuviera pintando en cada letra aquello que guardan sus cuadros: la dolorosa intensidad de su propia vida. Inútil esfuerzo el tratar de cerrar el libro e irme a dormir, ya la tenía en las retinas como un virus incontrolable que iba pulsando cada nervio y repetía en ellos, con la fuerza de un portazo, “me pintó a mí misma porque estoy a menudo sola y porque soy el tema que mejor conozco”.

Poema

en la saliva.

en el papel.

en el eclipse.

En todas las líneas

en todos los colores

en todos los jarros

en mi pecho

afuera. –adentro

en el tintero – en las dificultades de escribir

en la maravilla de mis ojos – en las últimas

líneas del sol ( el sol no tiene líneas) en

todo. Decir en todo es imbécil y magnífico.

DIEGO en mi orines – Diego en mi boca – en mi

corazón, en mi locura, en mi sueño – en

el papel secante – en la punta de la pluma –

en los lápices – en los paisajes – en la

comida – en el metal – en la imaginación.

en las enfermedades – en las vitrinas –

en sus solapas – en sus ojos – en su boca.

en su mentira.

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