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La cultura: ¿un juego de perturbados mentales?



Por Edwin Madrid

Me llaman por teléfono. Es un muchacho de Riobamba que ha leído uno de mis libros y dice que quiere conversar. Quedamos de acuerdo en vernos el próximo sábado. Ese día, él llega con dos amigos más, y me cuentan que son del Grupo Quetzal: cinco muchachos interesados por la literatura y la pintura. Ellos vinieron caminando por los rieles del tren, están muy satisfechos por el paisaje y la vida que vieron en su recorrido. Dicen que en Riobamba tratan de generar algunas actividades con la cultura, y en la charla surge la inquietud de tenerme allá para dar un recital de poesía. Les digo que sería más interesante que inviten a los jóvenes poetas de Quito para que de esta manera establezcan sus nexos. Ellos se entusiasman y regresan a Riobamba con la idea de llevar a sus pares a su ciudad.

Luego me escriben que fueron a la Casa de la Cultura, al Consejo Provincial, al museo, a la Politécnica, y que a pesar de que no recibieron apoyo, están convencidos de que deben hacer esa lectura con los poetas quiteños. Que uno de los integrantes del grupo tiene una tía dueña de un restaurante, y que lo de la comida ya está solucionado; que hablaron en un hotel y que también eso está solucionado, que lo que les falta es conseguir los pasajes de los 8 poetas quiteños que llegarán a Riobamba por dos días.

Esto que parece un relato de jóvenes perturbados no lo es, solo nos ilustra la forma elemental y rudimentaria de cómo se hace el trabajo de difusión cultural en nuestro medio. Poetas y artistas están en la orfandad, no hay una política cultural que propicie el desarrollo de las artes y el enriquecimiento cultural del país. Todo, en este plano, se hace por trampolines, zancadillas, y hasta porque me caes bien.

El Estado ecuatoriano todavía no entiende que la cultura y las manifestaciones artísticas son inherentes al desarrollo de una nación, y que, por lo tanto, se necesita invertir e incentivar en esta área como en cualquier otra del desarrollo de la sociedad.

A estas alturas no se trata del viejo dilema Estado vs. intelectuales. Nadie quiere que se lo llene de recursos, sino que las reglas del juego estén claras con organismos e instituciones estatales a las que se pueda recurrir, a sabiendas que es allí y no en otro lado, donde se encontrará el eco para canalizar de mejor manera los esfuerzos que tienen que ver con la cultura del país.

Seguimos en el viejo juego político donde la cultura no tiene cabida y al trabajo de los artistas e intelectuales se lo mira como una cosa de locos. Lo bueno es que contra viento y marea siguen apareciendo jóvenes perturbados, en Riobamba, Manta, Quito, Loja, Machala, Guayaquil, Cuenca, Lago Agrio, San Cristóbal, y un día las élites políticas de este país ya no podrán ignorarlos.


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