lunes, 13 de agosto de 2007

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Por Juan Fernando Andrade

(1)


Ese soy yo. Estoy sentado a tu lado sobre un círculo forrado en terciopelo color naranja. Estoy llevándome el pico del frasco a la boca. Tragando cerveza. Sin saborear, con prisa, como lo harían un bebedor amateur o un borrachín consagrado. El cuerpo inflado de la botella está envuelto en una servilleta que no impide el ligero entumecimiento de mi mano. Nos acaban de presentar. Tú eres la mejor amiga de alguien. Raro que la gente siga teniendo mejores amigos. Me dijeron que no tienes novio. Luego me aclararon que acabas de romper con tu novio de toda la vida. Tienes cara de no haber estado soltera nunca o casi nunca. Tenemos amigos en común, pero eso no asegura nada. Hace un rato me viste allá arriba, haciendo eso para lo que me invitaron a esta disco que ahora me está volviendo loco. La música se puso terrible, tan alta y tan meneo-de-caderas-hasta-abajo. Prefiero no mirar. Pongo la botella sobre la barra, me acerco a tu oído, me convenzo de que hueles bien aunque el humo y el tufo de la noche, un comprimido de cigarrillos, sudor, babas y aire acondicionado central, no me dejen olerte. Te acomodas el pelo para que mi boca se encuentre con tu oreja. ¿Qué?, perdón, no te escuché. Te acabo de decir que esto que está sonando es lo peor que he escuchado en mi puta vida. No escuchaste y yo hago un ademán para que sepas que no era importante; en serio. En mi mejor escenario los dos nos intoxicamos hasta que comernos sea el paso lógico en la evolución de la noche: 1, 2, 3, cama o asiento trasero del auto o sala de la casa del amigo donde me estoy quedando, (si escogemos la sala escogemos un ataque de pánico: la hermana menor de mi amigo se levanta, va a la cocina, programa el microondas, nos sumergimos minuto y medio bajo el agua. Tú te quedas rígida, yo sigo adentro, también rígido, me tapas la boca con tu mano, escuchamos a las muelas masticando, a la garganta tragando. Yo trato de volver a la carga, tú me detienes con una contracción. Y así nos quedamos por siete minutos y treinta dos segundos: conectados). Sigues encarándome con una sonrisa políticamente correcta, una sonrisa que no es un cinturón de seguridad pero tampoco lo que yo quiero que sea: una ley de la ventaja. ¿Hasta cuándo te quedas? Acabas de preguntarlo pero no te oí. Me acerco, inclino la cabeza y miro la saliva en las comisuras de tus labios. Para mi fortuna repites la pregunta y yo digo ojalá todo el fin de semana. Digo a mí me gusta mucho esta ciudad, y no miento. Te ríes como sorprendida de que alguien quiera quedarse en tu puerto más de lo estrictamente necesario y dices te gusta porque estás de vacaciones, cualquier lugar es bacán si uno está de vacaciones. Ambos sabemos que no hay tal, ciertos meridianos, ciertas latitudes, son insufribles y punto. La verdad es que odias esta ciudad. Sientes que de no ser por este plató de adoquines al pie del río, tú serías otra, tu vida sería la vida de otra a la que tú admiras con apetito y en secreto. Esto no lo dices, me lo contarás mucho después, en el séptimo u octavo mail que me enviarás cuando yo esté lejos y tú estés a salvo.

2)


Te ríes porque sabes que tu novio me parece mala onda. Me mira como si estuviésemos a la mitad de una competencia, como si fuésemos caballos tratando de ganar por una nariz. Y, por si acaso, a ti te mira como un ganadero mira a las cabezas que, a la larga, terminará cortando. Que tu novio sea veterinario es algo que encuentro, por decir lo menos, peligroso. Me acuerdo perfectamente de él, sé quien es, esa noche me abandonaste ileso y luego fuiste a buscarlo. Lo reconocí de entrada, es el tipo que se te acercó mientras me decías cuando vaya te aviso, ¿puedo quedarme en tu casa?, y que tú preferiste no presentarme pues te sentías incómoda o porque simplemente la distancia entre él y nosotros te iba de maravilla. Nunca me lo has confesado, si nuestra amistad hubiese sobrevivido la fecha de caducidad impresa en la lata, el tema seguro surgía y se establecía como anécdota para terceros, pero ya ves, ni siquiera sé a qué país fuiste a parar ni me consta que hayas conseguido la beca que necesitabas para “huir con una coartada decente”. En todo caso, el capítulo que inventaste para introducirme a tu galán era transparente y, si me lo permites, insultante, “es alguien con quien empecé a salir justo después de haberte conocido, te das cuenta???!!!, por gusto te fuiste, jejej”. Tú me lo habías advertido no sé cuántos mails atrás, “el man no es TÚ tipo de persona pero quiero verte y la única forma va a ser con él al lado. besos. yo” Tenías razón, tu pelado me parece mucho muy despreciable, tanto así que me resulta gracioso. En este preciso instante está a la caza de una excusa para romperme la cara. Llevo la última media hora imaginando cómo me saca la puta cerrándome a puñetes. Tú tratas de detenerlo, le gritas algo que para mí es ininteligible (yo estoy abajo, espero estar cagándome de la risa, orgulloso, lamiendo mi propia sangre para que no escape) y prácticamente haces que los meseros lo lleven a la calle y le prohíban volver a entrar, volver a entrarte. Luego me recoges del suelo, me limpias la sangre que, en rigor, no es tanta como parece. Vamos a mi casa. Nada grave. Improvisas una funda de hielo usando un empaque plástico que huele a pollo y dices debí haberte llevado a una clínica, ¿será que necesitas puntos? Estás ahí, escuchando el disco de Morphine que te recomendé en calidad de im-per-di-ble, con tus piernas cruzadas debajo de la almohada que sostiene mi cabeza. Estamos muy cerca. Es cuestión de tiempo, pero tú tendrás que ir arriba, yo no estoy para montar a nadie. Nos gusta. Tú dices qué rico y yo digo pegas más fuerte que tu fiancé. Tengo suerte y te ríes de esa broma que bien pudo haberte sacado del mood. Luego me das un beso en la punta de la nariz. Pudo haber pasado, ¿no? Me suena mejor a lo que pasó. Esa noche comimos en un restaurante vegetariano, fue tu idea, dijiste es mi nuevo régimen alimenticio, voy a limpiar mi cuerpo de todas las toxinas que le he metido desde chiquita. Tu novio dijo después de esto voy directo al Burger King, ¿hay alguno por aquí? Nos despedimos, nos dimos un abrazo, tu novio me miró mal y al estrecharme la mano trató de hacerme daño. Los vi marcharse y concluí que la había pasado mejor en la disco. En casa te escribí contándote que la había pasado mejor en la disco y que tu novio era un peso pesado entre los pesados. Me llamaste a las 2 a.m., te disculpaste por despertarme; la mera formalidad, que le dicen. Llegaste, no dijiste mucho. Sobre tu novio no dijiste nada, ni una palabra. Pusiste el disco de Morphine. ¿Te gustó?, ¿lo escuchaste? La verdad, no, pero lo estoy escuchando ahora, ¿bueno? ¿Todo bien? Sí, perdóname… me colgué, sorry. Abriste las latas, bebimos. Tiramos y fue un desastre: todo el tiempo estuviste mirando tu hombro derecho. Lamentable. Te tragaste la escena de la competencia para poder deshacerte de ambos caballos. Gran error, los buenos recuerdos son mejor equipaje que los malos.

1 comentario:

carlos dijo...

Esta bastante bueno este relato man. Me gusta tu sarcasmo y tu eleccion de verbos aqui y alla. Saludos