viernes, 13 de junio de 2008

Eugenio Montejo, poeta que se sintió un mariachi más


Por Margarito Cuéllar
Monterrey, México

El creador fallecido el pasado jueves, visitó nuestra ciudad en 2004 para participar en el Festival de las Letras. En su estancia demostró ser gran conocedor de la cultura mexicana.

Concluía el XVI Festival de Poesía Bogotá. Casi todos los poetas mexicanos, con sus respectivas mujeres, habían regresado ya a su país. Quedábamos unos cuantos rezagados: Antonio Deltoro y José Ángel Leyva, que fueron a Medellín invitados por el grupo de teatro Águila Descalza; yo, que todavía impartía algunos recitales, vagabundeaba y en unas horas regresaría a mi país.
Antes de ir a mi cita con Guillermo Martínez, escritor y editor de Trilce, mientras esperaba a la poeta mexicana Jessica González, revisé de prisa mis correos electrónicos. Uno, sobre todo, me dejó perplejo. Era una nota firmada, con el dolor que este tipo de noticias trae consigo, del poeta venezolano Ernesto Román, que regresara a su país unos días antes después de participar en el festival: “Amigos, ha muerto el gran pájaro de la poesía venezolana, tras una penosa enfermedad, a media noche, murió Eugenio Montejo. Esta noticia sin duda enluta a medios culturales y universitarios, debido a la gran influencia por años cultivada por este gran artista que quedará como legado para generaciones futuras”.
Paradojas de la vida, el autor de La ventana oblicua, El taller blanco (ensayo, 1974 y 1983, respectivamente), y de un texto heteronímico lo suficientemente extraño (El cuaderno de Blas Coll (1981), de libros fundamentales para la poesía latinoamericana como Élegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1977), Trópico absoluto (1982) y Alfabeto del mundo (1986), entre otros, murió lejos de su patria, pero muy cerca del idioma, la tierra y la poesía que amaba: Valencia, España.
Poco antes, en otro viaje o en el sueño, en esta vida o en la ajena, el poeta, pletórico de gozo poético y etílico, se lanzaba a una alberca llena de comensales, con todo y ropa, precisamente en la ciudad donde pasó sus últimas horas, muy cerca del Centro Policlínico Valencia (La Viña), donde permaneció recluido desde una semana antes de su deceso.
El poeta, ensayista y diplomático venezolano había nacido en Caracas en 1938. Pronto se caracterizó por la rica gama textual y el gran dominio de las formas, constituyéndose en un gran representante de la poesía suramericana.
Rafael del Castillo, organizador del festival y director de la revista Ulrika, palideció cuando le di la noticia, mientras bajábamos por el elevador con mi equipaje. Montejo era amigo entrañable y colaborador del festival.
Mientras sobrevolaba el cielo de Costa Rica asolado por una lluvia tenaz, en espera de que le dieran permiso de aterrizar al vuelo de Taca con destino final México, pensaba en la nota del poeta Román sobre su compatriota, redactada al vuelo. “Entre sus más recientes trabajos”, continuaba, “se encuentra su participación como fundador de la revista Azar rey, co fundador de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo, que junto a la Universidad de los Andes le confirieron el doctorado Honoris Causa a este hombre de letras como un modesto homenaje a su trayectoria literaria. También fungió como investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos ‘Rómulo Gallegos’ (Caracas). Colaboró de manera cercana con gran cantidad de revistas nacionales y extranjeras, trayectoria que le valió el Premio Nacional de Literatura en el año 1998. Uno de sus poemas es citado en la película 21 Gramos (2003), del director mexicano Alejandro González Iñárritu. Montejo recibió importantes galardones por su obra literaria y le sirvió inclusive en el campo diplomático como embajador en Lisboa durante varios años.
En octubre de 2005 obtuvo el Premio Octavio Paz de poesía y ensayo, donde profirió su discurso ‘Honor, alegría y responsabilidad’, una semblanza de su vida artística.”En Octubre de 2004 Montejo visitó Monterrey como invitado del Festival de las Letras. Fue él quien impartió la conferencia magistral de apertura en el Museo de Historia Mexicana.
Conocedor de la cultura y la música mexicana, nos regaló una noche entera en el antiguo Hotel Monterrey. Montejo se sabía todas las canciones. Y particularmente esa noche cantó como si fuera un mariachi más, junto a la mexicana Natalia Toledo y el poeta ecuatoriano Iván Oñate.“Sólo en la soledad”, escribió el poeta en uno de sus libros, “alcanzamos a vislumbrar la parte de nosotros que es transferible y acaso ésta sea la única que paradójicamente merece comunicarse a los otros”.
“La tierra giró para acercarnos” (1938)
Éste es el poema del cual Sean Penn recita un fragmento en 21 gramos
La tierra giró para acercarnos,
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño,
como fue escrito en el Simposio.
Pasaron noches, nieves y solsticios;
pasó el tiempo en minutos y milenios.
Una carreta que iba para Nínive
llegó a Nebraska.
Un gallo cantó lejos del mundo,
en la previda a menos mil de nuestros padres.
La tierra giró musicalmente llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor,
tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.

1 comentario:

Maria del Rosario dijo...

"Las letras son de Dios,
el alfabeto es nuestro".
Blas Coll

Quedamos en la orfandad:
Nos dejó el Maestro Eugenio Montejo: Nuestro Eugenio Montejo se marchó como anduvo entre nosotros: silencioso, sin estruendos, sin aspavientos. Maestro insigne, predicó con su obra y vida. Estudioso y escultor de la palabra. Venezuela, América, el mundo sintió esta voz que dibujó un horizonte definitivo en la poesía venezolana y latinoamericana. Se nos va un árbol de los fundamentales: "Si vuelvo alguna vez/ será por el canto de los pájaros. No por los árboles que han de partir conmigo/ o irán después a visitarme en el otoño,/ ni por los ríos que bajo tierra/ siguen hablándonos por sus voces más nítidas./ Si al fin regreso corpóreo o incorpóreo, / levitando en mi mismo/ aunque ya nada logre oir desde la ausencia,/ sé que mi voz se hallará al lado de sus coros/ y volveré, si he de volver, por ellos;/ lo que fue vida en mí no cesará de celebrarse,/ habitaré el más inocente de sus cantos" Inscribió su huella en la literatura universal de una forma tranquila, serena. Nos deja una proposición que se paseó desde la poesía hasta la narrativa incluso. La crítica artística también era parte de su preocupación. Amén de la dedicación a la difusión de la poesía en los diferentes Talleres dictados por el poeta, recordamos entre otros su Taller azul. El país que amaba y le amó le rinde hoy tributo. El sentimiento de orfandad es natural para todos los que seguimos al escritor.Se van con él sus amigos inolvidables: Su inseparable Blas Coll, Sergio Sandoval, Tomás Linden, Eduardo Polo, Lino Cervantes entre muchos que quedaron boceteados. En su poemario Paritura de la Cigarra leíamos ya una despedida metafóricamente ubicando a la cigarra=poeta “Está alumbrando ahora desde una estrella, lejos,/ está dormida fuera de su música,/ soñando que podemos cantar lo que cantaba,/ ella y su verde silencio compacto,/ ella y el grito que inventa su quimera,/ lo que canta en nosotros desde su ceniza.” Versos sencillos y con la profundidad del que se sabe firme, pero de paso. Igual que en el poemario anterior Adiós al Siglo XX Veamos estos versos: "Cruzo la calle Marx, la calle Freud; ando por una orilla de este siglo, /despacio insomne, caviloso/espía ad honorem de algún reino gótico, / recogiendo vocales caídas,/pequeños guijarros/ tatuados de rumor infinito. La línea de Mondrian frente a mis ojos/ va cortando la noche en sombras rectas/ ahora que ya no cae más soledad/en las paredes de vidrio/ Cruzo la calle Mao, la calle Stalin; miro el instante donde muere un milenio/ y otro despunta su terrestre dominio/ Mi siglo vertical y lleno de teorías./ Mi siglo con sus guerras y posguerras/ y su tambor de Hitler allá lejos,/entre sangre y abismo/ Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios/ por un trago, por un poco de jazz, / contemplando los dioses que duermen disueltos/en el serrín de los bares, /mientras descifro sus nombres al paso/ y sigo mi camino." Despedimos al poeta ayer en su Valencia querida y sentida, despedimos al poeta recordando sus versos del poema Caracas "Tan altos son sus edificios/ que ya no ve nada de mi infancia" Le ofrecimos nuestro adiós momentáneo hasta cuando nos corresponda hacernos compañía en la tertulia de los árboles. María del Rosario Chacón Ortega. Maracay, 07 de junio 2008